Hablar en público es ciertamente complicado. Si lo que se desea no solo es hablar sino “enamorar” a la audiencia, la cosa se torna especialmente difícil.
Pilar Jericó escribía estos días un interesante post sobre el tema y dado que la escuché hace poco, hoy -para no olvidarlo- subo la historia que nos contó como cierre a su contribución en el pasado Manager Forum 2009.
Un anciano de una tribu sioux estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida.
Les dijo: Una gran pelea está ocurriendo en mi interior y es entre dos lobos. Uno de los lobos representa la maldad, el temor, la ira, la envidia, el dolor, el rencor, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad, la mentira, el orgullo, la competencia, la superioridad y la egolatría. El otro la bondad, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la dulzura, la generosidad, la benevolencia, la amistad, la empatía, la verdad, la compasión y la fe.
Esta misma pelea está ocurriendo dentro de vosotros, y dentro de todos los seres de la tierra.
Lo pensaron por un minuto y uno de los niños le preguntó a su abuelo: Abuelo, dime… ¿Cuál de los lobos ganará?”.
Y el anciano sioux respondió simplemente… El que alimentes.
Otro speaker monstruo con los que me he topado en los últimos tiempos es Gustavo Piera y su historia de cierre tampoco tiene desperdicio.
Cuentan que había un hombre muy sabio y anciano en la cumbre de un “monte”. La gente de la aldea al corregir a sus hijos siempre les decían: no griten, porque el anciano sabio que mora en lo alto del monte dice que: ¡Quién grita pierde la razón y ofusca el corazón! No peleen, porque el anciano enseña: ¡Quién emplea la fuerza oculta su vulnerabilidad, al no ser fuerte como hombre, libera un monstruoso animal que lleva dentro de sí! No falten a sus mayores, ya que el sabio de la montaña instruye: ¡Quién ignora las canas, ignora el futuro y quien no respeta el mañana, irrespetara el ahora! Todos los minutos, a cada acción de los jóvenes y niños rebeldes, le sucedía una enseñanza de los padres, de lo que decía el anciano sabio que moraba el monte. Como era de esperarse, ellos estaban artos de tanta enseñanza, y un día, dos de ellos se decidieron poner fin a la fama de sabio del viejo del monte. Salieron con esa intención muy temprano y buscaban la manera de consumar su plan. De pronto dos pajarillos que ensayaban sus débiles alitas cayeron ante ellos de la copa de un álamo. El mayor de los dos jóvenes exclamó: ¡Ya lo tengo! ¿Qué cosa? Preguntó el otro. La manera de acabar con la fama de sabio del viejito.
- Esto es lo que haremos: nos acercaremos a él con las manos ocultas y le preguntaremos: Anciano sabio: ¿A qué hemos venido? Si nos dice algo parecido como: a preguntar algo, creo…, le diremos: sí. Dinos: aparte de las preguntas ¿traemos algo más? Si nos dice que llevamos los pajaritos, porque tal vez nos vio y no nos dimos cuenta, le diremos ¿Y cómo están esos pajaritos?
- Si nos dice que están vivos, los apretamos y sofocamos y se los enseñamos muertos.
- Si nos dice que están muertos, abrimos las manos y los dejamos volar. Y se acabó su fama y la necedad de nuestros padres, y ya.
Así subían el monte cuando llegaron donde el sabio y le dijeron:
- Dinos sabio ¿A qué hemos venido?
El anciano con sus ojos cerrados, les respondió:
- Supongo que han venido a buscar respuestas.
- Mas o menos, dijeron los jóvenes. ¿Sabes si traemos algo más?
- Si, respondió el anciano suspirando profundamente.
- ¿Dinos que traemos?
- Traen sus vidas y unos pajaritos en sus manos.
- Palideciendo, los dos jóvenes replican: ¿Dinos como están esos pajaritos?
- Ya se los he dicho, pero no supieron escuchar. Abriendo los ojos y clavándolos en los de los jóvenes les dijo: Traen sus vidas y unos pajaritos entre sus manos. Esos pajaritos representan su juventud y sus vidas, ellas están como ellos: en sus manos. Si los quieren vivos, vivirán, si los quieren muertos, morirán”.
Sin duda los dos cierres son dignos de cualquier speaker que se precie.
Otro día traeré de mi libreta unas entradas útiles para cualquier charla, que no sólo los cierres son importantes. De momento, la primera que me viene a la mente fue una que utilicé para despertar y buscar la complicidad del auditorio a las 16:00 h. en una magnífica tarde de primavera -imagínate el cuadro de bostezos-, es aquella en la que te pones delante del público, buscas un rostro amable (a ser posible morena y con ojos negros) y mirando fijamente a tu “víctima” le dices aquello de: Como decía Enrique VIII a sus esposas, “cariño, no te entretendré mucho tiempo”.




