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El orador en su laberinto

Un conferenciante profesional debe dedicar algún tiempo a entrenarse para mirar directamente a los componentes de su audiencia en lugar de hacerlo hacia el techo, el atril, los lados o el fondo de la sala. Aunque se encuentra en una situación dominante, son tantas las personas que le miran (desde la seguridad de sus asientos), que experimenta un miedo elemental, e inicialmente incontrolable, de ellos. El hecho, sencillo, físico y violento de ser observado atentamente por un gran número de personas constituye también la causa de ese “nudo en el estómago” que sienten los actores antes de salir a escena. Por supuesto, el actor sufre una preocupación intelectual por la calidad de su representación y por la recepción de ésta por parte del público, pero su nerviosismo se acrecenta sobre todo por la sensación de amenaza que le produce la muchedumbre.

Desmond MorrisEl mono desnudo

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3 Responses

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  1. José Luis del Campo Villares says

    Cuanta razón encierran estas palabras.

    Un gran orador, sin dominar al 100% un tema tiene el éxito asegurado.

    Por lo contrario un no tan buen orador, que domine a la perfección la materia, no lo tiene tan fácil.

    Un saludo

  2. E. Pampliega says

    Hola José Luis,

    No lo había pensado de esa manera pero, tengo que convenir que es cierto.

    Un saludo,

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  1. Dos buenas historias para cerrar una charla - Un mundo complejo linked to this post on 6 Noviembre 2009

    [...] una magnifica tarde de primavera -imagínate el cuadro de bostezos-, es aquella en la que te pones delante del público, buscas un rostro amable (a ser posible morena y con ojos negros) y mirando fijamente a tu “victima” le dices [...]



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