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Siete días, un huracán y el arte de viajar sin pedir permiso

Hay viajes que duran lo que marca el billete de vuelta y otros que, sin avisar, se te quedan a vivir dentro. El de la República Dominicana, en aquel verano de 2005, pertenece a esta segunda estirpe. Siete días apenas, siete, en los que el Caribe, un huracán con nombre propio y un turismo de pulsera incluido terminaron de enseñarme que viajar no es moverse: es mirar, recordar y escribirlo después con la verdad por delante.

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Corría el año 1992 cuando, en un viaje a Rusia y Ucrania, conocí al Zar Carías. Zacarías para los amigos. Un gran hombre, ya en el ocaso de su existencia, que me inició sin saberlo en el noble y cada vez más escaso arte de escribir sobre los viajes. No de contarlos como un folleto, sino de narrarlos como se narran las derrotas, los excesos y las pequeñas victorias: con ironía, con memoria y sin pedir permiso.

Carías decía que un viaje que no se escribe se pierde dos veces. Quizá por eso, trece años después, al releer aquella vieja crónica del verano de 2005, entendí que no hablaba solo de la República Dominicana. Hablaba de nosotros y de un verano muy concreto: un verano de guiri, de esos con todo incluido, pulsera en la muñeca y cierto remordimiento de conciencia, de los que un pobre labriego de la tecla solo puede permitirse, con suerte, muy de vez en cuando.

Veníamos de México con el listón alto y el ánimo torcido. O repetíamos Caribe o nos resignábamos a un destino cercano y barato. Y entonces tomamos la decisión más sensata que puede tomar un viajero: mandar el ahorro al carajo. República Dominicana nos esperaba al otro lado del Atlántico con la promesa de playas infinitas, arena blanca y música incluso en los silencios.

El viaje empezó como empiezan todos los viajes memorables: con prisas, sudor y la sensación de que todo puede salir mal. El taxista de Meco, ya una institución vacacional, nos dejó en Barajas. Corrimos como posesos por el aeropuerto y subimos al avión por los pelos. Ocho horas después, Punta Cana nos recibió con una palapa gigante, calor sin misericordia y treinta dólares por cabeza para poder entrar en el país. Bienvenidos al paraíso, previo pago.

El hotel era exactamente lo que uno espera cuando cruza medio mundo y decide darse el capricho. Cinco estrellas, lujo colonial, piscinas, playa perfecta y una cama donde podían dormir Napoleón, Josefina y la artillería pesada sin rozarse. Jacuzzi, aire acondicionado y minibar dispuesto a anestesiar cualquier resto de vida real. Aquello no era viajar, era descansar del mundo, que también es una forma legítima de huida.

Y luego estaba la música. En la República Dominicana la música no suena: manda. En autobuses, tiendas, hoteles y gargantas. Merengue, bachata y un grito que se nos quedó tatuado en el oído: “¡Marrón, marrón, más ron!”. El Caribe no pregunta si te apetece, simplemente entra.

Los días se sucedieron entre paseos al amanecer, playas barridas de algas por empleados silenciosos, pelícanos glotones y planes que siempre acababan torciéndose un poco. Reservamos excursiones, jugamos a ser exploradores con guía y seguro incluido, nos bañamos cuando la bandera lo permitía y aprendimos que allí el tiempo funciona a otra velocidad. Más lenta, más indulgente.

El safari por el interior del país fue una lección acelerada de realidad. Plantaciones de caña cortadas por manos haitianas, museos de tabaco, casas donde el café se tuesta como hace cien años y gallos que se juegan el honor bajo una lluvia tropical implacable. Allí entendimos que el dominicano no se estresa, que el “ya se hará, papito” no es una frase sino una filosofía de vida, y que tres personas en una moto no son exceso, sino mala gestión del espacio.

Luego llegó Dennis, el huracán. Nombre corto, mala leche larga. No nos golpeó de lleno, pero convirtió excursiones en charcos, carreteras en spas de barro y el cielo en una amenaza constante. Campo de golf inundado, playas a medio cerrar, lluvia como banda sonora y la certeza de que el Caribe también muerde cuando quiere.

Y aun así, disfrutamos. Siempre se disfruta cuando se viaja sin dramatizar. Golf entre chaparrones, piscinas cuando el mar se enfadaba, espectáculos nocturnos, restaurantes acertados y otros para olvidar, y esa sensación de estar lejos de todo, incluso de uno mismo.

El snorkel fue una tregua. Coral, peces de colores, pan lanzado al agua y el silencio submarino como única verdad. Tiburones gato vistos de lejos, un petrolero partido frente al hotel y la certeza de que el mar guarda memoria de todos los golpes.

El colofón llegó con Samaná y el Salto del Limón. Madrugón indecente, historias de Haití contadas por un guía con más vida que fe, manglares, cuevas con pinturas ancestrales y una cascada que justificaba cada paso embarrado. Caballos cansados, escuderos demasiado jóvenes, agua helada y una gruta bajo la caída donde uno se siente pequeño y agradecido. Allí no había resort ni pulsera. Solo agua, roca y verdad.

El último día llegó sin pedir permiso, como llegan siempre. Maletas, recuerdos, discos de música que aún hoy devuelven a ese verano, fotos rescatadas del olvido y un vuelo largo de regreso. Madrid, tren, Meco. Luna. La vida.

Nunca habíamos previsto aquel segundo verano caribeño. Ni en sueños. Pero ocurrió. Y quedó escrito. Porque, como decía el Zar Carías, un viaje que se escribe no termina nunca.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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