Hubo un tiempo no tan lejano en que una portada de El Jueves se permitía decir lo que otros apenas susurraban: “¡Ahorre energía, para que otros la gasten con alegría!”. No vio la luz, claro. Demasiado certera, demasiado incómoda. En este país la verdad, cuando escuece, se guarda en un cajón o se disfraza con palabras bonitas para que no moleste.

Porque ahora resulta que no tenemos crisis ni problema estructural alguno, sino una cosa mucho más elegante, casi etérea: una “desaceleración energética”. Así, dicho con voz de despacho ministerial, parece hasta que uno debería asentir y seguir a lo suyo. Pero no. El otro día, el ministro de Industria, Miguel Sebastián, anunció con gesto serio que antes de agosto tendremos un plan nacional de ahorro energético urgente. Urgente, sí, pero con margen suficiente para cuadrar agendas.

El objetivo es recortar hasta un 10% el consumo de petróleo. Traducido a números gordos, 44 millones de barriles menos al año y unos 5.000 millones de euros que, según dicen, se quedarían en casa. Así, sin despeinarse. Como quien promete adelgazar sin moverse del sillón. Y claro, surge la pregunta inevitable, la que nunca aparece en la nota de prensa: ¿cómo?

Al parecer, la revolución energética empieza en el armario. Subir la temperatura en los ministerios y fomentar la ropa informal. Business casual, que diría mi amigo el argentino. Es decir, quitarnos la corbata y arremangarnos la camisa como solución estratégica. No sé si eso reducirá la dependencia del petróleo, pero desde luego rebaja el nivel del debate a caricatura.

El nuevo plan, ese del business casual, viene a revisar el que ya estaba en vigor desde enero, el solemne Plan de Acción de Ahorro y Eficiencia Energética. Un documento que promete fomentar el crecimiento económico y el bienestar social consumiendo menos energía. Y aquí es donde uno levanta la ceja. Si alguien logra hacer crecer una economía gastando menos energía, que me lo expliquen despacio, porque estaremos ante el descubrimiento del siglo. El Santo Grial o, más probablemente, un eslogan bien afinado.

También cabe otra posibilidad, menos poética y más real. Que alguien esté empezando a pronunciar en voz baja palabras incómodas como nuclear. Que la vieja moratoria deje de parecer intocable cuando la factura aprieta. Y que llegado el momento nos lo vendan con ese lenguaje que convierte lo incómodo en aceptable, hablando de soluciones sostenibles mientras todos asentimos.

Porque la realidad no admite maquillaje. España importa cada año cerca de 450 millones de barriles de petróleo. Ese es el auténtico talón de Aquiles de nuestra economía. Y mientras tanto, según recogía El País, el anuncio del plan ha sido recibido con una mezcla de temor y escepticismo. Hay quien piensa que al final será el precio, y solo el precio, el que nos obligue a consumir menos. Por su parte, Convergència i Unió habla de improvisación. Tampoco sorprende.

No olvidemos que España sigue siendo uno de los países que más se aleja del Protocolo de Kioto. Pero ahí seguimos, confiando en las tres ces que nos venden: confianza, competitividad y coraje. Palabras hermosas, sin coste energético y de consumo inmediato.

Por mi parte, hoy he decidido colaborar. He ido a trabajar sin corbata, en plan business casual, en solidaridad con el ministro. Y ya puestos, he empezado a practicar las tres ces que sospecho nos aplicarán de verdad. La primera, cinturón, bien apretado. La segunda, ceguera, porque tocará apagar luces y acostumbrarse a la penumbra. Y la tercera no venía en el plan, pero salió sola, casi inevitable: “cago en la leche, ya estamos”, que diría mi amigo el vasco.

Mientras tanto, uno sigue preguntándose si todo esto es estrategia o simplemente una forma elegante de ganar tiempo. Porque el petróleo, ese viejo tirano silencioso, no entiende de corbatas ni de discursos. Solo entiende de dependencia. Y de facturas.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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