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Los carteles de la huelga

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Esta mañana de aspecto otoñal se ha levantado la calle de Alcalá con un buen tramo decorado por carteles sindicales que te dicen que sí, que ellos –los de los sindicatos- van a la huelga y que no, que así no.

Mientras caminaba veía esos carteles a dos o tres metros de altura, ensuciando las paredes o lunas de todos los establecimientos que los cartelistas han encontrado a su paso. Me figuro a cuatro fulanos, de noche, con un par de escaleras, venga cola, venga cartel y dale con la mano Mariano que ya verás mañana  cómo se enteran los compañeros de que hay que hacer huelga. Mañana, el dueño de la tienda o el bar, -un jodido empresario- tendrá que quitar, o a lo peor, ordenar a algún abnegado trabajador que limpie el escaparate o se va a la “puta calle” –que diría Mariano-.

Me viene a la mente Jorge, un amigo, impresor –jodido empresario para algunos- desde que tengo uso de razón, tiene una pequeña imprenta con seis trabajadores -Laura, Juan Manuel, Domitilo, Alberto, Luis y “el Bravo-, que les da a todos para vivir, sin posibilidad de cruceros de lujo, pero para vivir. El sábado me comentó que echará el cierre a fin de año, que ya no puede aguantar más, que vende las máquinas para repartir el dinero entre todos y aún así, cree que tendrá que endeudarse algo más –si puede- para pagar a los trabajadores que, en algún caso, han estado con él desde hace más de veinte años. Dice Jorge que lo único que le falta es que un piquete informativo les acogote el día de la huelga, como en los ochenta, cuando tuvieron que salir a ostias. Ya no le quedan ni ganas, ni fuerza. Ya digo, Jorge, un jodido empresario.

Sigo bajando la calle y pienso si servirá de algo denunciar a los sindicatos por pegar carteles a troche y moche, o si Mariano vendrá, tras la huelga, a limpiar con sus compañeros la suciedad que ha dejado su sistema de información, lo más en tecnología y respetuoso con el entorno.  Desecho el pensamiento dado que tengo de inmediato la respuesta, no. Al poco caigo en la cuenta.  También han pegado carteles en comercios que han cerrado por la crisis, ¡tócate el ciruelo!, parece de coña el asunto. A la altura de lo que fue el cine Aragón, en un alarde de voluptuosidad pegadora han aprovechado para poner en la fachada 15 o 20 carteles seguidos –será que cuantos más veas, más ganas te entran  de no acudir al trabajo- y esto es lo que ya me decide a dedicar un rato de mi tiempo de almuerzo para hacer este post.

Algunos llevamos años diciendo que esto se caía, que el mundo y España tenían la economía herida y sólo unos años más tarde, cuando la herida se convierte en hemorragia –de empleos también- el gobierno de turno reconoce que esto se cae y toma las medidas que le salen de la punta del ciruelo para contener la hemorragia. Los sindicatos en este tiempo han estado encantados de conocerse, quererse y abrazarse al gobierno. Ahora dicen los sindicatos que así, no. A buenas horas mangas verdes.

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