Durante un tiempo he tenido el privilegio, sí, el privilegio, de sentarme a una mesa distinta. No mejor ni peor, simplemente distinta. Una mesa donde no abundaban los sellos oficiales ni los informes interminables, sino la conversación directa, el contraste de ideas y, sobre todo, la mirada práctica de quienes se juegan su dinero, su tiempo y, muchas veces, su prestigio personal. Mi llegada a CEIM fue casi natural, consecuencia directa de trabajar en una entidad que forma parte de la confederación, pero lo que comenzó como una derivada lógica del cargo acabó convirtiéndose en una experiencia mucho más profunda y enriquecedora de lo que esperaba.

Viniendo, aunque sea de forma lejana, del mundo de la administración, escuchar y aportar en un entorno empresarial resulta tan saludable como necesario. La innovación, esa palabra que todavía entonces no estaba tan gastada ni convertida en eslogan vacío, cambia radicalmente de significado según quién la pronuncie y desde dónde se haga. En la Comisión de Innovación de CEIM no se hablaba de futuribles grandilocuentes ni de planes estratégicos pensados para adornar un dossier, sino de cómo innovar de verdad, de cómo crear valor real y de cómo convertir una idea en algo que funcione fuera del papel.

Allí se hablaba de digitalización, de nuevos modelos de negocio, de tecnología aplicada, de talento y de competitividad. Pero siempre con los pies en el suelo. La innovación no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta imprescindible para sobrevivir y crecer en un entorno cada vez más exigente. Nada de fuegos artificiales. Números, tiempos, riesgos y decisiones que hay que tomar sabiendo que equivocarse cuesta dinero.

Uno de los debates más interesantes y reveladores ha sido siempre la diferencia entre el gasto en innovación de la administración y el de la empresa privada. En la empresa, innovar significa invertir recursos propios. Cada euro tiene nombre y apellidos. Cada retraso duele. Cada error se paga. La innovación es una apuesta calculada, pero apuesta al fin y al cabo. Si sale mal, no hay presupuestos extraordinarios ni prórrogas salvadoras.

En la administración, en cambio, el concepto se diluye con facilidad. Innovar suele convertirse en ejecutar una partida presupuestaria. El riesgo se socializa, el error se amortigua y el incentivo para rectificar es escaso. El problema no es solo gastar mal, sino no saber cuándo dejar de gastar. Seguir adelante aunque el proyecto haya perdido todo su sentido original.

Hemos hablado mucho de esos proyectos que, en el mundo empresarial, se abandonan en cuanto alguien llega antes y mejor. Si una empresa detecta que un producto o servicio ya ha sido desarrollado con éxito por otro, lo sensato es retirar velas y cambiar de rumbo. No hay épica en eso, solo supervivencia. La administración, sin embargo, tiende a continuar. Aunque lo que estaba desarrollando ya no tenga nada de innovador. Aunque el mercado lo haya superado. Aunque el resultado final sea irrelevante. Se sigue porque hay un expediente abierto, un contrato firmado y una inercia difícil de frenar.

También hemos contrastado la diferencia entre la necesidad y la pasividad. Las empresas innovan porque no tienen alternativa. Si no lo hacen, desaparecen. No hay más relato que ese. La administración, por el contrario, puede permitirse la lentitud sin consecuencias inmediatas. La urgencia no es la misma y eso se nota en el ritmo, en la ambición y en los resultados.

Y quizá lo más gratificante de todo haya sido desmontar, una vez más, la caricatura del empresario. Ese personaje de chistera, puro y látigo preparado para atizar al empleado es una simplificación cómoda y profundamente injusta. He visto preocupación por las personas, interés genuino por mejorar condiciones, miedo a equivocarse y responsabilidad ante decisiones difíciles. He visto empresarios que saben que sin equipos comprometidos no hay innovación posible ni proyecto que aguante.

Salir del despacho, escuchar otras voces y confrontar certezas propias es siempre un ejercicio saludable. Mi paso por CEIM y por su Comisión de Innovación ha sido, en ese sentido, profundamente enriquecedor. No porque haya descubierto verdades reveladas, sino porque he confirmado algo esencial. La innovación no nace de los eslóganes ni de los presupuestos inflados, sino de la necesidad, del riesgo y de la inteligencia aplicada con sentido común. Y de eso, en ocasiones, la administración tiene todavía mucho que aprender.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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