En el ocaso de mis vacaciones anuales me sorprendo a mí mismo pensando en cosas rarunas como lo irreflexivo de Twitter, el “Me gusta” de Facebook o el +1 de Google. Me viene a la mente «infosatuación», curioso palabro que quizá no existe.

Hace unos años entrabas en un blog, leías con detenimiento y, si tenías algo que decir, utilizabas el apartado de comentarios para hacerlo y allí se daba un intercambio de impresiones entre el autor y otros lectores ciertamente interesante y enriquecedor, todo un proceso que constituía el alma del blog. El advenimiento de Twitter y el “Me gusta” de Facebook automatizaron la interacción y aceleraron el proceso convirtiéndolo en vertiginoso, en muchos casos irreflexivo y quitando el alma al blog. A lo más que llegamos hoy es a un escueto “interesante” o “imprescindible” al enviar una noticia a nuestra red de contactos apenas la hemos leído. Es tal la velocidad a la que se suceden las novedades que dejamos lo importante en beneficio de lo urgente. Perdemos la posibilidad de, como decía mi abuelo, cavilar sobre un interesante tema y contribuir a generar un debate, para dejar paso a la propagación de una noticia sin prácticamente haberle prestado atención.

¿Cuántos tweet envías al día? ¿Alguna vez has enviado algo a tu red de contactos sin apenas haberlo leído? ¿Cuándo fue la última vez que escribiste un comentario de más de 40 palabras?

Comienza un nuevo año –yo comienzo y finalizo los años tras las vacaciones estivales- y dado que no fumo, hago deporte y llevo una dieta aceptable que no me permite tener sobrepeso, me empeñaré en reflexionar sobre lo que leo y aportar en la medida de mis posibilidades, dejando a un lado lo visceral de la automatización y volviendo a los orígenes de la comunicación de persona a persona.

Si transitas por el camino equivocado de la aceleración de la comunicación, para en el área de servicio más próxima, descansa y reflexiona.

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