El sábado 11 de agosto de 2012, a las dos de la tarde, Daroca hervía como una sartén olvidada al fuego. El aire, inmóvil, podía cortarse con un cuchillo y freír un huevo en la hoja. Más de cuarenta y dos grados a la sombra, y yo, buscador de refugios improbables, atravesaba sus calles como un soldado sediento en retirada. Fue entonces cuando, como una aparición bendita en medio del calor africano, vi el rótulo: Mesón “Carmen Mandiles”.
No fue la fachada ni el nombre lo que me atrapó, sino dos promesas escritas con letras humildes pero rotundas: aire acondicionado y wifi gratis. Y, créanme, a esas temperaturas no hay bandera ni patria por la que un hombre no se rinda a semejantes reclamos.
Entré. El frescor del interior me golpeó como un abrazo salvador. En la barra, seis paisanos, veteranos de mil sobremesas, se distribuían en dos grupos: cada bando atrincherado en su esquina, como si el territorio intermedio fuese tierra de nadie. Tras la barra, Carmen —o la mujer que en ese instante decidí que era Carmen— interrumpió su conversación con el grupo del fondo para recibirme con una sonrisa franca, de las que no se ensayan.
—¿Qué va a ser, con la que está cayendo? —preguntó.
Pedí una Murphy. Al segundo trago, el calor comenzó a huir de mi cuerpo como las ratas de un barco en llamas. Fue entonces cuando reparé en el local: la madera cuidada, las paredes con historia, y solo un detalle que chirriaba, allá arriba, en lo que debía de ser el comedor: una televisión encendida. Nadie le prestaba atención. Y, en eso, Daroca se parecía a las ciudades que aún saben vivir: donde un buen vino y una conversación valen infinitamente más que quedarse embobado mirando una caja que escupe imágenes huecas.
Éramos tres ahora en el centro de la barra, un nuevo grupo improvisado, soldados de la misma trinchera líquida. Entre sorbos y anécdotas, decidimos que aquello merecía escalar al siguiente nivel: subir al mesón, sentarnos a la mesa y dar buena cuenta de unas viandas como Dios manda. Pero había un problema. Arriba, la penumbra y el silencio parecían los de una casa abandonada. Preguntamos.
—Ya no abrimos el mesón… no hay comensales. La crisis —respondió Carmen, sin dramatismos, como quien ya ha aprendido a convivir con la derrota.
Nos quedamos un segundo callados, sintiendo que algo se había perdido. Apuramos la segunda y última Murphy, y salimos a buscar otro lugar donde comer. Lo encontramos, sí, pero era uno de esos sitios sin alma ni historia, un lugar correcto, limpio, anodino. Tanto que ni siquiera recuerdo su nombre.
Sé que volveré a Daroca. No sé cuándo, ni con quién, ni en qué circunstancias. Pero sé que nada me hará más feliz que encontrar el Mesón de Carmen Mandiles con su comedor abierto, el frescor esperándome y Carmen sonriendo detrás de la barra. Porque hay lugares que, como ciertas personas, deberían sobrevivir a cualquier crisis.



















