En tiempos de tribulación y crisis, cuando los negocios naufragan y la gente se aferra a su nómina como un náufrago a una tabla, vender cualquier cosa es un deporte de alto riesgo. Y la formación en una Escuela de Negocios no es la excepción. Hace un par de semanas, me llamaron al trabajo. Un número desconocido, voz profesional, tono amable, ese deje ensayado de quien ha aprendido a sonar convincente sin levantar sospechas. «Tenemos por la zona a un agente de nuestra Escuela de Negocios –una de las cuatro grandes, ojo, que se note la pompa– y querríamos concertar una reunión de diez minutos para informarle sobre nuestros programas de MBA».
Diez minutos. Un vendedor con tablas. Me gustan los buenos vendedores, los que saben que la seducción es la clave de su oficio, así que acepté. No tenía el menor interés en hacer un MBA, pero me intrigaba ver cómo intentaban vendérmelo.
El tipo llegó puntual. Vestía correctamente, traje oscuro, reloj discreto, sonrisa de manual. Hablaba bien, con esa seguridad estudiada que pretende inspirar confianza. Pero –siempre hay un pero– cometió el error de venir con el guion aprendido y sin espacio para la improvisación. Me soltó la cantinela de que había venido expresamente porque yo estaba interesado en un MBA. Lo corrigí enseguida. No, amigo, yo no estoy interesado en lo más mínimo. Pero quizás algún compañero de mi empresa pueda estarlo, dependiendo del precio y de las ayudas que mencionabas.
Entonces vino la parte curiosa. Me explicó que su target eran profesionales de entre 45 y 49 años que trabajaban en pymes. Acto seguido, lanzó la pregunta trampa: «¿Cree usted que su empresa seguirá existiendo en dos años?». A ver, alma de cántaro, ya sabemos a dónde quieres llegar. ¿Qué será de mí cuando todo esto se hunda? ¿Dónde buscaré empleo con 50 años, sin un MBA de los cuatro grandes? Pintó un futuro apocalíptico: yo, un pobre labriego de la tecla, viendo mi mundo derrumbarse, condenado a vagar por los páramos del desempleo. Pero –y aquí viene la solución milagrosa– su MBA sería el salvavidas que me evitaría el naufragio. Porque, claro, sin su bendito título, ¿cómo iba a sobrevivir un hombre hecho y derecho en el despiadado mundo moderno?
No pude evitar sonreír. Llevaba demasiados años en este juego para tragarme semejante camelo. Le expliqué con paciencia que mi desarrollo profesional no dependía de un título sino de una trayectoria, de reinventarme constantemente, de conocer gente, de asumir retos, de ganar y perder, incluso en bolsa. Que en mi vida he aprendido muchas cosas, pero jamás he tomado una decisión basada en el miedo. Y ahí, claro, la charla cambió de rumbo. Con reflejos bien entrenados, el vendedor intentó otro enfoque: los másters en TIC. Y, en su intento por reconducir la conversación, cometió otro error de bulto: me preguntó si sabía lo que significaban las siglas TIC.
Mala idea, muy mala idea. Me vine arriba. Como diría un amigo argentino, ahí sí que le di hasta en el carné de identidad. Concluyó sacando un folleto de su máster en TIC, intentando impresionar con los nombres de los formadores. Y, para su infortunio, reconocí a uno de ellos. Un viejo conocido de LinkedIn con quien estuve a punto de tomar un café en Madrid hace años. Vamos, que el intento de deslumbrarme se le volvió en contra.
Al final, la charla terminó con la cortesía que se nos supone a dos profesionales. La venta no se hizo. Y aquí sigo, sin MBA, sin miedos y con la certeza de que, a estas alturas, pocos vendedores pueden colarme una moto sin que le vea la matrícula.


















