En tiempos de tribulación, como los actuales, es muy difícil vender cualquier tipo de producto o servicio, y la formación en una Escuela de Negocios no está exenta de esta dificultad. El caso es que hace un par de semanas me llamaron por teléfono a mi trabajo –supongo que debo estar en alguna base de datos- diciéndome que un agente de la Escuela X –prefiero no dar nombres- estaba por la zona, y me solicitaban diez minutos de tiempo para informarme sobre los MBA que disponía esta Escuela de Negocios, una de las cuatro grandes, a decir del comentario de la persona que estaba al otro lado del teléfono. Me encantan los buenos vendedores y acepté ceder diez minutos para escuchar cómo me intentarían vender un producto que yo no deseaba, a priori, comprar.

El agente se presentó en la fecha acordada y a la hora precisa. Atuendo correcto y maneras de buen hacer que demostraban oficio pero –siempre hay un pero- me comentó que le había costado llegar desde donde estaba pero que solo lo hacía para responder a mi interés por la realización de un MBA en su Escuela, de las cuatro grandes de España –algo que repetiría hasta la saciedad-. Le saqué de su error, le comenté que no tenía mucho interés en hacer un MBA pero en función del coste y la posibilidad que me apuntaba de reducir este mediante una ayuda de la Escuela, quizá podía interesar a alguna de las personas que integran la entidad para la que trabajo.

Resultó curioso cuando me dio el perfil del público objetivo al que se dirigía la Escuela, profesionales de entre 45 a 49 años que trabajaban en pymes. Tras esto dejó caer la pregunta de si consideraba que mi lugar de trabajo duraría más allá de un par de años y, tras la supuesta caída de la ilustre entidad para la que trabajo, donde iría yo, pobre labriego de la tecla, a emplearme con 50 años. Me esperaba el desastre, sería un paria y vería como mi mundo se desmoronaba alrededor ¡Dios mío! Como podía estar sentado en mi despacho sin temblar de pánico ante el negro futuro que se avecinaba sin remisión. Claro que para eso estaba su fantástico MBA, que me libraría del pisotón de la edad y la deficiente formación profesional ¡faltaría más! Todo esto lo dijo con otras palabras, ya digo, un tipo con oficio.

Le di una breve disertación de lo que es el desarrollo profesional, que en mi vida laboral jamás he dejado de aprender, de reinventar, de conocer personas, entidades, asociaciones (desde la comisión de innovación de CEIM a CCOO, por poner un par de ejemplos) y asumir retos. Que unas veces he ganado y otras he perdido (también en bolsa) que no he dejado de moverme, y que lo único que nunca me había movido, es el miedo. Tras fijar mi postura la conversación cambió, con habilidad quiso llevarla por los derroteros de un master enfocado a las TIC, me preguntó si sabía lo que significaba esto, craso error, ahí me vine arriba, y como dice mi amigo el argentino, me vi en la necesidad de darle hasta en el carné de identidad. Terminó por enseñarme un folleto del masterTIC y decirme si me “sonaba” alguno de los formadores que estaban allí, y sí, concretamente uno es hoy de los primeros integrantes del grupo en linkedin Governance2014 y hace unos años habíamos quedado para tomar un café en Madrid –él es de Barcelona- y departir sobre las nacientes redes sociales pero, al final, no pudo ser y no habíamos conseguido desvirtualizar.

La conversación termino con la cortesía que se nos supone a dos profesionales. La venta no se hizo y hoy sigo manteniendo a raya mis miedos, sin necesidad de hacer un MBA en una de las cuatro grandes.

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