Corría el día 26 del mes de diciembre del año de Nuestro Señor de 2013 cuando, tras cruzar las calles empedradas de la vieja villa de Madrid, di con mis huesos y mis asentaderas en la Taberna del Capitán Alatriste, antaño conocida como la Taberna del Turco. Venía acompañado, que no es poca ventura, de mi mujer y de mi hija: dos damas cuya hermosura y porte harían enmudecer a cualquier soldado veterano, y que, como faroles en noche cerrada, daban luz a cada paso que dábamos.
La Taberna se esconde —aunque no tanto como para que un hombre decidido no la halle— entre la Cava Alta y la Cava Baja, calles de mesones veteranos, de fondas que huelen a siglos, frecuentadas por viajeros de toda condición: comerciantes de paso, curiosos de provincias, y extranjeros con más monedas que juicio, prestos siempre al buen yantar y a la charla. Allí, quien sabe mirar, encuentra historia en cada piedra y memoria en cada puerta.
Atravesamos el umbral, y el cambio fue inmediato. La luz mortecina de las lámparas, el olor de madera envejecida, cuero, y pan recién horneado nos envolvieron como un abrazo de viejos camaradas. Sentí, lo juro, que los vellos del brazo se erguían como picas de coselete, y que en algún rincón, entre las sombras, podía asomar la figura enjuta del mismísimo capitán, capa al hombro y mano en la empuñadura.
Nos recibió un personal atento y discreto, con esa rara virtud de estar cuando se les necesita y desaparecer cuando uno desea conversar. Nos acomodaron en mesa amplia, con espacio suficiente para las viandas que se avecinaban y para que mis damas se sentaran a su gusto, irradiando esa belleza tranquila que ennoblece cualquier estancia. Pocos placeres hay mayores que ver a una mujer y a una hija sonreír con los ojos brillantes, y creedme si os digo que ese día, en aquella taberna, las dos parecían parte de la decoración más noble.
Comenzó el festín con Migas de la Lebrijana, croquetas de bechamel suave y empanada de perdiz que olía a monte y caza. Luego vinieron fideos al horno y un lomo de buey cuya carne sangraba lo justo, como soldado bien herido que aún tiene arrestos para seguir combatiendo. Para rematar, la celebrada tarta de Flandes, dulce y consistente como promesa cumplida.
El vino de la casa, aviso a navegantes, es de los que invitan a conversar y a reír. Al tercer trago afloja la lengua y al cuarto hace olvidar agravios, como buen caldo que es. El precio, al estar avisados, lo encontramos justo y acorde con la calidad, la abundancia y el esmero que allí se sirven.
Salimos con paso tranquilo, como quien abandona una plaza que ha defendido y ganado. Y, mientras mi mujer e hija caminaban a mi lado, pensé que hay lugares a los que uno debe volver, aunque sea solo para asegurarse de que siguen en pie. La Taberna del Capitán Alatriste es uno de ellos. Y que Dios me falte si no cumplo mi palabra.



















