Es curioso cómo funcionan las etiquetas. Uno cree que ya lo han llamado de todo en esta vida —consultor, contable, programador, incluso “creativo” en alguna tarjeta de visita que aún guardo como advertencia de lo que no debo volver a ser— y de repente aparece un término nuevo, con ese brillo académico que tanto gusta a los gurús de la nada, y te lo clavan en la frente: intraemprendedor. La escena fue casi cómica. Estaba yo en un curso sobre redes sociales, hablando de emprendimiento, de esas locuras que uno se echa a la espalda cuando decide no esperar sentado a que otro le pague las lentejas. Los alumnos escuchaban, algunos con cara de sospecha, otros con el entusiasmo ingenuo del que todavía no ha visto un recibo de la Seguridad Social en su vida. Y en eso, uno de ellos, con los ojos vivos, y un tono un poco de coña, que reconocí enseguida —porque era el mismo que yo tenía a su edad cuando preguntaba cosas solo para tocar las narices— me suelta: “Tú no eres emprendedor. Tú eres un intraemprendedor”.

Me quedé mirándole como se mira al que acaba de decir una blasfemia en misa. “Curioso palabro”, pensé, “suena a bicho raro de laboratorio”. Pero después, dándole vueltas, tuve que concederle que no iba desencaminado. Porque resulta que el intraemprendedor no es otra cosa que ese tipo —o tipa, no se me enfaden— que, en lugar de montar su chiringuito desde cero, lo hace dentro de la empresa de otro. El que, en vez de tirarse de cabeza a un negocio propio con todo el riesgo y la gloria que eso supone, decide pelear sus batallas entre las paredes de una compañía ya montada, buscando huecos, sacudiendo inercias y rompiendo moldes sin romper la nómina. Un mercenario con contrato fijo, si quieren verlo así.

Lo primero que pensé es que la palabra parecía inventada en una de esas reuniones de consultores con exceso de PowerPoint y poco roce con la realidad. Pero lo cierto es que la figura existe, y más aún, es imprescindible. Porque si los emprendedores —los de verdad, los que se tiran al barro con una idea y poco más— son los que abren caminos nuevos, los intraemprendedores son los que evitan que las grandes compañías se conviertan en dinosaurios burocráticos condenados a extinguirse. Es ese empleado que, en lugar de limitarse a fichar, calentar la silla y obedecer órdenes, se dedica a buscar la forma de mejorar las cosas. El que cuestiona procesos, inventa soluciones, propone productos, arriesga su prestigio interno y se gana enemigos en la misma medida en que logra avances. El que, sin dejar de ser soldado raso, piensa como general de campaña.

Y lo confieso: sin darme cuenta, he hecho de eso mi forma de vida. He sido el pesado que proponía cambiar procedimientos porque me parecían absurdos, el que levantaba la mano en reuniones donde todos asentían, el que montaba un blog corporativo cuando aún no sabíamos si eso iba a servir para algo, el que decía que había que estar en redes sociales cuando la mayoría pensaba que Twitter era cosa de frikis con mucho tiempo libre. Nunca he sido el empleado modelo, ni lo pretendí. Si el manual decía “A”, yo preguntaba por qué no “B” o incluso “Z”. No porque me creyera más listo, sino porque me aburría seguir la corriente. Eso, con los años, me ha granjeado broncas, desaires y hasta un par de portazos en la cara. Pero también me ha dado satisfacciones, porque alguna de esas locuras terminó funcionando.

Los intraemprendedores son los que evitan que las grandes compañías se conviertan en dinosaurios burocráticos condenados a extinguirse

Claro que dicho así suena bonito, pero la realidad es otra. La mayoría de las empresas no quieren intraemprendedores: quieren obedientes. Prefieren al que asiente en silencio y cumple, antes que al que cuestiona y arriesga. El intraemprendedor incomoda. Rompe la paz de los mediocres, esa paz de oficina donde cada cual se limita a sobrevivir hasta la jubilación. Y en España, que somos maestros en castigar la excelencia y premiar la docilidad, ser intraemprendedor es casi un suicidio laboral. Pero ojo, también es necesario. Porque sin esos locos de dentro, las empresas se oxidan. Los mercados cambian, las tecnologías vuelan, los consumidores se vuelven infieles. Y si no hay alguien dispuesto a agitar el avispero, todo se va al carajo.

Ser intraemprendedor tiene un coste, lo digo con conocimiento de causa. El primero es la incomprensión: te ven como un raro, un ambicioso, incluso un traidor. Tus compañeros te miran mal porque, al cuestionar lo establecido, dejas en evidencia la comodidad de los demás. El segundo es el desgaste: no hay nada más cansado que luchar contra la burocracia interna, contra jefes que prefieren no mover un dedo y contra estructuras hechas para perpetuarse. Y el tercero, el más doloroso, es que muchas veces tu trabajo lo aprovechan otros. Tú propones, diseñas, pruebas, demuestras… y cuando empieza a funcionar, alguien con más rango lo presenta como propio. Te quedas con la satisfacción, sí, pero sin los aplausos. Y, sin embargo, pese a todo, uno sigue haciéndolo. Porque hay algo en el ADN del intraemprendedor que lo empuja a intentarlo, aunque sepa que va a salir trasquilado.

La diferencia con el emprendedor clásico es clara. El emprendedor arriesga su dinero, su prestigio y su futuro en una idea propia. El intraemprendedor arriesga su reputación interna y, si la cosa se tuerce, su puesto. El emprendedor construye desde cero, el intraemprendedor remodela desde dentro. El emprendedor quiere crear su empresa, el intraemprendedor quiere que la empresa donde está no se convierta en un cementerio de elefantes. Ambos comparten la misma esencia: inconformismo, creatividad, valentía. Lo que cambia es el escenario.

Y para los que creen que esto son tonterías modernas, basta recordar que muchos inventos y avances históricos nacieron gracias a intraemprendedores. El Post-it, por ejemplo, no lo inventó un empresario independiente, sino un empleado de 3M que andaba experimentando con adhesivos. Gmail nació en Google gracias a un equipo interno que se salió del guion. Incluso el iPhone, esa máquina de esclavizar dedos, fue posible porque dentro de Apple hubo quien se empeñó en arriesgar dentro de una estructura ya enorme. Sin esos locos de dentro, probablemente seguiríamos pegando notas con celo, enviando cartas en lugar de correos electrónicos y usando teléfonos con teclado físico.

En España la cosa es más complicada. Aquí al intraemprendedor se le suele ver como un estorbo. Molesta al jefe, incomoda al sindicato, desordena los pasillos. Y como el miedo a perder la silla es religión nacional, pocos se atreven a intentarlo. He conocido intraemprendedores en instituciones públicas, en empresas y hasta en asociaciones culturales. Siempre con los mismos rasgos: pasión, cabezonería y una cierta dosis de masoquismo. Porque saben que el sistema los va a triturar, pero aun así empujan. Yo mismo, en más de una ocasión, he tenido que decidir entre callar o pelear. Y confieso que no siempre escogí bien. Pero de lo que nunca me arrepentí fue de intentarlo.

Si tengo que resumirlo, diría que un intraemprendedor es un inconformista con nómina. Un loco con contrato fijo. Un rebelde con cuenta de correo corporativa. Es el que se atreve a pensar diferente dentro de un sistema que lo quiere uniforme. El que arriesga su paz laboral por una idea que merece la pena. El que sabe que, si se queda quieto, la empresa muere. Y sí, amigos, al final aquel alumno tenía razón: yo soy uno de esos bichos. No porque me lo propusiera, sino porque no sé ser de otra manera.

Hoy, cuando me preguntan qué es un intraemprendedor, ya no me suena a palabro inventado. Suena a retrato. Al retrato de todos los que, desde dentro, se niegan a ser piezas pasivas de una maquinaria absurda. No todos pueden ser emprendedores. No todos tienen la pasta, las agallas o la suerte. Pero todos, dentro de una empresa, pueden decidir si quieren ser parte del engranaje o el que lo hace girar un poco más rápido. Ser intraemprendedor no garantiza medallas ni ascensos. Pero garantiza, al menos, que uno no se muere de aburrimiento en la oficina. Y créanme: eso ya es mucho decir.

Quizá la mayor enseñanza de todo esto es que el intraemprendedor no busca gloria. Busca sentido. Quiere que su trabajo valga para algo más que justificar un sueldo. Quiere dejar un pequeño rastro, aunque sea dentro de un organigrama hostil. Y eso, en un mundo donde demasiados se conforman con sobrevivir, ya es un acto de heroísmo. Así que, si me preguntan, sí: soy intraemprendedor. Y a mucha honra.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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