
Confieso que empecé Eureka 2086 con ese respeto que se reserva a las primeras obras de los nuestros, esos que se han dejado la piel en algo más que en escribir tuits. Manuel Gil Parro, mi sobri, no ha escrito una novela cualquiera. Ha levantado, con método de científico y alma de narrador, una historia de las que huelen a espacio real, a silencio orbital, a motores de antimateria bien descritos y no a lucecitas de feria.
La cosa arranca con un desastre. En 2036, el asteroide Apophis impacta contra la Tierra. Y no, no es uno de esos comienzos para crear espectáculo. Es el tipo de evento que parte la historia en dos, como la caída de Roma o el descubrimiento del Nuevo Mundo. El cataclismo no acaba con la humanidad, pero sí con sus certezas. A partir de ahí, en 2086, arranca la verdadera historia: la del Proyecto Eureka.
Miguel, el protagonista, no es un tipo con abdominales de catálogo ni un aventurero de cómic. Es un profesor de astrobiología. Es decir, alguien que entiende lo que significa estar solo en el universo y que sabe que, si queremos sobrevivir, hay que mirar más allá de la atmósfera, al frío inmenso donde flotan las verdaderas respuestas. Se suma a una misión científica con destino a lugares aún por imaginar, cargada de tecnología plausible, diálogos que no insultan la inteligencia y una ambición narrativa que, juro por mis huesos, no esperaba encontrar en un primer libro.

Eureka 2086 no es complaciente. No busca halagos fáciles. Apuesta por lo que muchos autores ya no se atreven: ciencia ficción seria, bien documentada, sin atajos ni concesiones. Manuel bebe de los grandes: Asimov, Clarke, Bradbury… pero sin fusilar a ninguno. Ha sabido recoger esa herencia para hacerla suya. No se limita a entretener, sino que plantea cuestiones jodidas: ¿qué sentido tiene seguir aquí después del desastre? ¿A qué debemos agarrarnos cuando el planeta ya no es suficiente?
Hay algo en la escritura de mi sobri que me ha hecho reconciliarme con ese género al que tantos han mancillado con criaturas estúpidas y tramas de supermercado. Aquí no hay truco. Todo está construido con un rigor que recuerda a los ingenieros de la NASA, a los escritores de los años dorados de la ciencia ficción que sabían lo que era una órbita geoestacionaria y no confundían Marte con un parque temático.
Y sí, hay personajes. Humanos. Fallidos. Vulnerables. Científicos de carne y hueso que cargan con culpas, con pérdidas, con la sensación de que el conocimiento no siempre basta. La Eureka, la nave, no es una nave heroica: es un arca científica, un refugio y una apuesta. Un cacharro con alma.
Claro que hay momentos densos. No esperéis diálogos Disney ni aventuras con pausa para besos. Pero si eres de los que alguna vez miraron al cielo de noche preguntándose qué diablos hay ahí fuera, este libro te va a gustar. Te va a exigir, sí, pero también te va a recompensar. Como los buenos libros. Como los buenos vinos.
Y ahora, permítanme una confesión. Cuando terminé la novela, le dije al autor —al sobri, se entiende— que le faltaba un toque de sexo, algo de droga y, si no es mucho pedir, una guitarra eléctrica reventando compuertas estelares. En fin, la cabra siempre tira al monte. Uno es de otra escuela, lo reconozco, más dada a los excesos. Pero Manuel va por otro camino: el del rigor, la construcción seria, la ciencia como herramienta de ficción sin hacerle perder el alma.
Lo digo sin rubor: Eureka 2086 es de esas novelas que no esperas encontrar en un catálogo cualquiera. Que está escrita por alguien que no solo conoce la ciencia, sino que la ama. Y que, pese a ser mi sobri —o quizá por eso—, me ha hecho sentirme orgulloso. Porque en tiempos de ruido, ha tenido el coraje de escribir una historia sin trampa ni cartón. Y eso, amigos míos, ya es ciencia ficción de la buena.


















