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Finalizó el curso sobre Marte

No fue un movimiento planetario a escala sideral, no, fue la realización del curso “Marte: geología evolución planetaria y vida”.

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No fue un movimiento planetario a escala sideral, no. Tampoco una conjunción de astros ni una maniobra orbital digna de los viejos mapas celestes. Fue algo más modesto en apariencia, pero no por ello menos hermoso para quienes seguimos mirando al cielo con la misma mezcla de curiosidad, respeto y terquedad con la que nuestros antepasados miraban las hogueras y las estrellas. Fue la realización del curso “Marte: geología, evolución planetaria y vida”, organizado por el Colegio de Geólogos y la Red Española de Planetología y Astrobiología, REDESPA, con la participación de 49 alumnos dispuestos a embarcarse, aunque fuera desde la Tierra y con los pies bien sujetos al suelo, en una travesía intelectual hacia el planeta rojo.

Marte fue, durante esos días, algo más que una esfera rojiza colgada en la noche o una vieja obsesión de astrónomos, escritores de ciencia ficción y agencias espaciales. Marte se convirtió en aula, frontera y desafío. El curso abordó su evolución, su exploración, su historia geológica, su investigación planetaria y astrobiológica, y también —porque la ciencia no vive encerrada en una urna de cristal— los aspectos sociales y de comunicación que acompañan a todo gran viaje del conocimiento. Porque hablar de Marte no es sólo hablar de cráteres, atmósfera o antiguos cauces por donde tal vez corrió el agua. Hablar de Marte es hablar de nuestra necesidad de comprender de dónde venimos, hasta dónde podemos llegar y qué demonios significa buscar vida más allá de esta roca azul donde seguimos tropezando con nuestras propias sombras.

Naturalmente, no era posible abordar con detalle todas las características, procesos y episodios pasados y actuales de un planeta que lleva millones de años guardando secretos bajo su piel oxidada. Marte no se deja despachar en cuatro lecciones ni en un puñado de diapositivas, por muy buenas que sean. Pero sí se intentó —y ahí estuvo buena parte del valor del curso— ofrecer una visión global, rigurosa y comprensible del estado actual del conocimiento, de algunos de los asuntos más candentes y de las grandes preguntas que siguen abiertas. Esas preguntas que, como buenos centinelas, permanecen ahí: incómodas, fascinantes, esperando a que la ciencia vuelva a llamar a su puerta.

Para ello se contó con un equipo multidisciplinar de profesores y expertos, cada uno armado con su especialidad y su mirada, cubriendo aspectos geológicos, físicos, químicos y biológicos, sin olvidar la divulgación y la comunicación. Porque la ciencia, si no se cuenta, se queda a medias. Y Marte, precisamente Marte, merece ser contado bien: con precisión, con prudencia, con pasión y sin convertirlo en feria de marcianos verdes ni en simple decorado de película barata.

Para los fanáticos de la medición y la calidad —entre los que me cuento—, lo más relevante llegó después, cuando tocó mirar los comentarios de los alumnos y la evaluación final del curso. Y ahí los números hablaron con bastante claridad: este curso marciano alcanzó una aceptación de 3,60 sobre 4, una nota más que digna, de esas que permiten levantar la vista del papel con razonable satisfacción. El curso fue bueno, sí. Funcionó. Interesó. Cumplió su misión.

Pero también conviene decirlo todo, porque la calidad no consiste en colgarse medallas y quedarse mirando cómo brillan. Los comentarios de los alumnos señalaron aspectos mejorables, detalles que habrá que revisar y ajustar en futuras ediciones. Y eso, lejos de ser una mala noticia, es exactamente lo que debe ocurrir cuando uno se toma en serio la formación: escuchar, medir, corregir y volver a intentarlo mejor.

Así que finalizó el curso sobre Marte. Pero, en realidad, lo que terminó fue sólo una etapa. Porque Marte sigue ahí, rojo, silencioso y desafiante, girando en la noche como una vieja promesa. Y nosotros, pobres terrestres obstinados, seguiremos estudiándolo, preguntándole, enviándole máquinas, mapas, hipótesis y sueños. Porque quizá no podamos mover planetas, pero sí podemos hacer algo casi igual de importante: aprender a mirarlos.

El 1 de diciembre se clausuró el curso con una charla interesante, charla que puedes ver en vídeo.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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