Hay despedidas que no hacen ruido. No tienen corneta, ni crespón negro, ni discursos con copa de vino templado al final. Ocurren en silencio, casi de puntillas, como esas decisiones que un día se toman porque el mundo ya lleva tiempo empujando en esa dirección y resistirse sería tan digno como inútil. Tierra y Tecnología, la revista del Colegio de Geólogos, deja el papel y pasa definitivamente a los bits. A ese territorio extraño, veloz, luminoso y a veces desalmado donde hoy vive casi todo: las noticias, los recuerdos, las fotografías, los archivos, las discusiones, las vanidades y hasta las hemerotecas que antes olían a polvo noble y a papel envejecido.
Y uno, qué quieren que les diga, lo mira con una mezcla rara de satisfacción, nostalgia y ese escepticismo profesional que se adquiere después de haber visto demasiadas veces cómo la modernidad llega con zapatos relucientes, promesas de eficiencia y una factura escondida en el bolsillo interior de la chaqueta.
Porque yo vi nacer Tierra y Tecnología. O, por decirlo sin ponerme demasiado solemne, estuve allí cuando empezó a respirar. Fui promotor de la revista, responsable de marketing, de publicidad, colaborador, webmaster y alguna cosa más que ya se me pierde en el trastero de la memoria, junto a carpetas, pruebas de imprenta, disquetes, llamadas de teléfono, anuncios que había que perseguir como si fueran jabalíes en monte cerrado y artículos que llegaban tarde, mal o nunca. La vi llegar en papel, con su peso físico, con su presencia sobre una mesa, con esa autoridad que tenían las revistas cuando se podían tocar. Y ahora la veo cruzar el puente hacia lo digital, ligera de equipaje, convertida en pantalla, enlace, archivo PDF, página web y promesa de mayor difusión.
No es poca cosa.
Tierra y Tecnología nació en 1991 y fue concebida como revista de información geológica del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, con periodicidad semestral e ISSN propio, según recogen repertorios bibliográficos como Dialnet. En 2016 cumplía veinticinco años, una edad más que respetable para una publicación especializada en España, país donde muchas revistas nacen con entusiasmo, crecen con anemia presupuestaria y mueren en silencio administrativo antes de aprender a andar solas. La propia memoria de aquel aniversario recordaba aquellos primeros meses de 1991 en los que la Junta de Gobierno decidió acometer el proyecto.
Veinticinco años. Se dice pronto. Pero detrás de esa cifra hay muchas horas que no salen en las fotos. Hay textos revisados, autores convencidos, anunciantes buscados, pruebas corregidas, sobres preparados, etiquetas pegadas, llamadas a imprenta, llamadas a colaboradores, llamadas a todo aquel que podía sostener, aunque fuera un poco, aquel artefacto de papel que quería contar la geología desde dentro, con rigor, con oficio y con dignidad.
El papel tenía algo de liturgia. Llegaba el número impreso y uno lo abría con cuidado, como quien comprueba si una criatura ha salido sana del parto. Estaban las páginas, el índice, los artículos, las fotografías, los anuncios, las erratas inevitables que aparecían siempre después de imprimir, porque la errata, como el topo, espera a que uno se confíe para sacar la cabeza. Estaba el olor de la tinta. El tacto. El peso. Esa sensación de que el trabajo, por fin, existía en el mundo real y no sólo en una carpeta de ordenador, en una maqueta o en una promesa.
Ahora todo eso cambia.
No desaparece la revista. Desaparece su cuerpo de papel. Que no es lo mismo, aunque a algunos nos duela parecido.
El papel obliga a una cierta solemnidad. Uno escribe, edita y publica sabiendo que aquello quedará fijo. Que no se podrá corregir con un clic. Que cada página cuesta dinero. Que cada espacio se pelea. Que cada número viaja por correo, se archiva en estanterías, se consulta años después con los dedos. El papel tiene límite y por eso enseña disciplina. Internet, en cambio, parece infinito. Caben más artículos, más imágenes, más enlaces, más actualizaciones. Cabe incluso la tentación de publicar antes de pensar, enfermedad moderna donde las haya. Pero también permite llegar más lejos, más rápido y a más gente. Permite que un artículo no se quede encerrado en el círculo habitual, sino que aparezca ante un estudiante, un investigador, un profesional o un curioso que llega desde un buscador a las tres de la madrugada, quizá buscando una respuesta y encontrando, de paso, el nombre de la geología profesional española.
Y eso importa.
Porque si algo ha necesitado siempre la geología es ser contada mejor. Con más frecuencia, con más claridad y con menos complejo. La geología está debajo de nuestras casas, en las carreteras, en los túneles, en el agua que bebemos, en los riesgos naturales que nos amenazan, en los minerales que sostienen la tecnología, en los paisajes que admiramos y en las catástrofes que luego algunos fingen no haber visto venir. Sin embargo, suele aparecer tarde en el debate público, cuando ya se ha caído un talud, se ha inundado una rambla o alguien descubre que el suelo no era una alfombra mágica sobre la que construir cualquier cosa.
Tierra y Tecnología nació para ayudar a cubrir ese hueco. Para divulgar, explicar, documentar y mostrar el trabajo de los geólogos. Para decir, con la sobriedad propia de la profesión, que la Tierra no es un decorado, sino un sistema complejo, antiguo, activo y bastante indiferente a nuestras ocurrencias. La propia revista mantiene hoy esa vocación de divulgación e investigación en geociencias, con artículos de divulgación y trabajos de investigación revisados por pares.
Por eso este salto digital no debe entenderse como una claudicación. Más bien al contrario. Si el mundo se ha ido a las pantallas, allí habrá que estar. Con botas si hace falta. Con martillo de geólogo en una mano y gestor de contenidos en la otra. Con la misma seriedad de siempre, pero sabiendo que las reglas han cambiado. Antes había que conquistar buzones. Ahora hay que conquistar atención. Antes el reto era imprimir y distribuir. Ahora el reto es no desaparecer entre millones de páginas, notificaciones, vídeos de gatos, tertulianos con sobredosis de cafeína y esa chatarra informativa que cada mañana nos cae encima como una escombrera mal estabilizada.
El papel era caro, lento y limitado. Lo digital es barato sólo en apariencia, rápido hasta el vértigo y limitado por algo mucho más peligroso: la atención humana. En papel, el lector recibía la revista y, al menos durante unos minutos, la tenía delante. En digital, hay que ganárselo todo. El clic, la permanencia, la lectura, la confianza. Nadie regala nada. Internet no es una biblioteca universal atendida por monjes sabios. Es un mercado persa con megafonía, humo, espejos y vendedores de crecepelo en cada esquina. Estar ahí exige más oficio, no menos.
Y ahí está la clave. Pasar a digital no puede significar hacerse más pequeño, más pobre o más improvisado. No basta con colgar documentos en una web como quien deja cajas en un trastero. Una revista digital tiene que respirar digitalmente. Tiene que ser encontrable, legible, compartible, bien archivada, bien diseñada, bien pensada. Tiene que entender que el lector ya no llega siempre por la puerta principal. A veces entra por una ventana, por un buscador, por una red social, por un enlace enviado en un correo o por una cita en otro artículo. Y cuando entra, debe encontrar orden, claridad y calidad. Lo contrario sería vestir de modernidad la misma dejadez de siempre, pero con contraseña.
No conviene engañarse: el papel daba prestigio. O, al menos, una apariencia de prestigio. Ver una revista impresa sobre una mesa imponía cierto respeto. Pero el prestigio verdadero nunca estuvo en la celulosa. Estaba en los contenidos, en los autores, en el criterio editorial, en la continuidad, en el esfuerzo de mantener viva una publicación especializada durante años. El soporte era importante, sí, pero no era el alma. El alma estaba en contar bien la geología. En mantener un espacio propio. En dar voz a una profesión que demasiadas veces trabaja bajo tierra, en todos los sentidos.
Por eso, aunque me duela un poco despedir el papel, no puedo llorarlo como si aquí se acabara todo. Sería injusto. Y, sobre todo, sería falso. Los tiempos cambian. También cambiaron cuando empezamos a trabajar con ordenadores, cuando apareció internet, cuando las webs dejaron de parecer tablones de anuncios hechos con martillo y paciencia, cuando el correo electrónico empezó a sustituir sobres, sellos y esperas. Cada cambio trajo sus apocalípticos de guardia. Y casi todos sobrevivimos. Algunos incluso aprendimos.
Yo mismo he vivido ese tránsito desde hace décadas. Del papel al disquete. Del disquete al CD. Del CD a la web. De la web artesanal a los gestores de contenidos. De los boletines enviados con más ilusión que medios a las redes sociales. He visto cómo lo que un día parecía vanguardia al día siguiente olía a naftalina tecnológica. Y he aprendido una cosa: lo importante no es la herramienta. Lo importante es quién la usa, para qué la usa y con qué criterio.
Tierra y Tecnología se marcha ahora al territorio digital, pero no debería irse como quien abandona una casa vieja dejando las persianas torcidas. Debería hacerlo como quien muda una biblioteca entera a un edificio nuevo: con respeto por lo anterior, con cuidado por el archivo, con ambición por el futuro y con la prudencia de no confundir modernizar con borrar. Porque esa es otra enfermedad muy de nuestro tiempo: creer que para mirar hacia delante hay que prender fuego a todo lo que queda detrás.
No. El pasado no estorba. El pasado sostiene.
Cada número en papel de Tierra y Tecnología forma parte de una historia profesional y colegial que merece ser conservada. No como reliquia muerta, sino como cimiento. Porque hubo un tiempo en que sacar adelante una revista especializada exigía mucho más que pulsar “publicar”. Exigía presupuesto, llamadas, acuerdos, publicidad, coordinación, imprenta y una fe casi mineral en que aquello tenía sentido. Y lo tenía. Vaya si lo tenía.
Hoy, en abril de 2016, la revista da un paso que era inevitable. Tal vez incluso necesario. El papel se retira, como esos veteranos que dejan el uniforme en el armario pero siguen mirando el mundo con la misma disciplina. Quedan los bits. Queda la pantalla. Queda la posibilidad de llegar más lejos. Queda también la obligación de hacerlo bien.
Y queda, al menos para quienes la vimos nacer, una pequeña punzada. No una tristeza amarga, sino ese pellizco que deja ver crecer a una criatura y comprender que ya no necesita la misma cuna. Yo la vi llegar en papel. Participé en sus primeros pasos. La defendí, la vendí, la promocioné, la alimenté como pude y la acompañé en más oficios de los que mi memoria alcanza ya a ordenar. La traje al mundo, si se me permite la licencia sentimental. Y ahora la veo cambiar de piel.
No está mal. Al fin y al cabo, la geología enseña que nada permanece inmóvil. Ni las montañas, aunque lo parezca. Ni los continentes. Ni las profesiones. Ni las revistas. Todo se transforma, se pliega, se erosiona, se sedimenta y vuelve a emerger de otra manera. El papel fue una era. Hermosa, trabajosa, imperfecta y nuestra. Los bits son la siguiente capa estratigráfica.
Habrá quien diga que se pierde algo. Y tendrá razón.
Habrá quien diga que se gana mucho. Y también tendrá razón.
Yo, por mi parte, prefiero quedarme en ese punto intermedio donde suelen vivir las cosas verdaderas. Me despido del papel con gratitud, sin aspavientos y sin ponerme estupendo. Y saludo lo digital con esperanza, pero también con una ceja levantada, que es como conviene saludar siempre a las promesas del progreso.
Porque Tierra y Tecnología no deja de ser revista por abandonar el papel. Dejará de serlo el día que olvide para qué nació. Mientras siga contando la geología con rigor, mientras siga dando espacio a quienes conocen la Tierra no por ocurrencia sino por estudio y oficio, mientras siga sirviendo para divulgar, debatir y dejar memoria, seguirá viva.
Sólo que ahora, en vez de mancharse los dedos de tinta, habrá que mancharse un poco el alma de píxeles.
Y tampoco pasa nada.
Los viejos papeles descansan. Los bits toman el relevo. La revista continúa.
Que no es poco en estos tiempos de tanto ruido y tan poca sustancia.



















