Hay sitios que no se olvidan, templos levantados no con piedra sino con historias y cachivaches de ultramar. El The Geographic Club, en pleno Madrid, es uno de esos lugares. Allí he ido más de una vez con familia y amigos, para almorzar como Dios manda o para apretarnos un buen cóctel después de cenar, entre tertulias que se alargan hasta bien entrada la noche.
Tentado estuve de alquilarles el pub de la planta baja para celebrar el fin de curso de un grupo en el que participaba; al final la fiesta no llegó a hacerse, pero les aseguro que hubiese sido memorable. Porque aquello no era un simple bar: era un refugio de exploradores. Sofás amplios, luz tenue, y en la carta un arsenal de coctelería capaz de hacer palidecer al mismísimo Hemingway: Cosmopolitan, Mojito, Bloody Mary, y toda esa gama de venenos deliciosos que convierten la vida en algo soportable y, a veces, glorioso.

Nada más franquear la puerta, lo primero que se encuentra uno es un globo aerostático plantado en la entrada, presidiendo el local como un estandarte de viaje y exploración. No es un adorno cualquiera, sino un símbolo: evoca aquellas travesías imposibles de los pioneros que se lanzaron al aire en busca de lo desconocido. Entre la madera oscura, los mapas y las vitrinas, ese globo recuerda que, al cruzar este umbral, se deja atrás la rutina madrileña para adentrarse en un mundo de aventuras sin necesidad de pasaporte.
El comedor de arriba no se queda atrás. Un menú especial con huevos rotos para abrir boca y una pieza de seiscientos gramos de carne de buey, cocinada al gusto del cliente. “Vuelta y vuelta para mí, por favor”, pedí en una ocasión, y aquello fue un disparo directo al corazón del estómago, una gloria carnívora que recordaba a los festines de cazadores al volver de la sabana africana.
Pero más allá de la mesa, lo que atrapa es la atmósfera. La decoración imita la sede del Geographic Club londinense, aquella donde los caballeros de la Reina Victoria bebían whisky con hielo mientras planificaban expediciones hacia territorios inexplorados del África central o los hielos eternos del Ártico. Madera oscura, vitrales de tonos solemnes, butacas de cuero que crujen bajo el peso de las conversaciones, lámparas que filtran una luz cálida como la de los clubs británicos del siglo XIX.
Cada rincón guarda un secreto: máscaras tribales, mapas desvaídos, fotografías amarillentas, cacharros y reliquias traídos de expediciones lejanas. Algunos de esos objetos no llegaron allí por azar, sino porque hombres como Miguel de la Quadra-Salcedo o Ramón Larramendi, exploradores de raza y de verdad, quisieron dejar en sus vitrinas testimonio de un mundo que ya no existe, pero que todavía late en la memoria de quienes han sabido mirar más allá del horizonte.
Así, entre la cabeza disecada de un antílope, una brújula antigua y la maqueta de un globo aerostático, uno se siente parte de esa hermandad secreta de viajeros que nunca dejaron de creer que la vida se mide en millas, aventuras y cicatrices. El doctor Livingstone, de haber pasado por Madrid, se habría encontrado a gusto en esas paredes.
En ese ambiente, el viajero se siente en casa. Se habla de rutas pasadas y de locuras por venir. Se trazan planes de viaje sobre servilletas manchadas de vino y se comparten recuerdos como si fueran trofeos. Es un todo en uno, un concepto diferente en el que se puede almorzar, cenar o simplemente beber, bajo el embrujo de un local que parece concebido para recordar que la vida, al fin y al cabo, es aventura.
Así es el The Geographic Club, un lugar único en Madrid. Y lo digo con la certeza de quien ha vivido allí buenas sobremesas, tertulias interminables y brindis que, como las viejas expediciones, siempre acaban con promesas de volver a zarpar.



















