Víctor del Árbol construye Un millón de gotas como una gran novela de secretos familiares, pero sería injusto reducirla a la etiqueta de novela negra. Hay crímenes, investigación, mafias, muertes y venganzas, sí, pero todo eso actúa más bien como una puerta de entrada a algo bastante más ambicioso. Lo que de verdad interesa al autor es el peso del pasado, la fragilidad de los mitos familiares y esa peligrosa costumbre que tenemos de convertir a ciertas personas en héroes completos, sin fisuras, como si una biografía pública pudiera borrar automáticamente todo lo demás. Elías Gil es precisamente eso durante buena parte del libro: una figura enorme, un hombre marcado por la lucha política, por la persecución, por la resistencia y por una vida que parece situarlo moralmente muy por encima de quienes le rodean. Y, sin embargo, cuanto más sabemos de él, más se resquebraja la estatua.

La novela comienza con Gonzalo Gil, un abogado de vida gris y bastante desdibujada, atrapado entre un suegro poderoso, una familia compleja y una sensación permanente de no estar a la altura. La muerte de su hermana Laura abre una herida que, en principio, parece conducir hacia una historia de venganza relacionada con el asesinato de su hijo y con personajes del mundo criminal ruso. Pero Del Árbol no tarda en ensanchar el foco. Gonzalo cree estar investigando las circunstancias de la muerte de su hermana y termina investigando, en realidad, la vida de su padre. O quizá algo todavía más incómodo: la mentira sobre la que su familia había construido durante años la memoria de ese padre. Y ahí es donde la novela se vuelve verdaderamente interesante.

Elías Gil llega a la Unión Soviética en 1933 como un joven comunista convencido. No viaja con cinismo, ni como quien visita un régimen extranjero por curiosidad ideológica. Viaja creyendo sinceramente que está entrando en el futuro. Para un joven europeo formado en ambientes obreros y revolucionarios, la URSS podía representar entonces la materialización de una promesa gigantesca: una sociedad nueva, más justa, más igualitaria y capaz de dejar atrás las miserias del capitalismo y las humillaciones de clase. Esa fe inicial es fundamental para entender lo que ocurre después, porque Del Árbol no construye su crítica al comunismo soviético desde la caricatura, sino desde la decepción.

Elías descubre muy pronto que el paraíso tiene policías, expedientes, sospechosos, delatores, cárceles y una burocracia especializada en decidir quién merece seguir perteneciendo a la sociedad y quién puede ser apartado de ella. El discurso habla de emancipación, de trabajadores, de fraternidad y de progreso, pero la realidad cotidiana está atravesada por el miedo. Se vigila lo que se dice, se teme a quien escucha, se sospecha del vecino y se aprende que la adhesión política nunca es suficiente, porque siempre puede aparecer alguien más ortodoxo, más desconfiado o simplemente más interesado en salvar su propio pellejo.

Ahí está, a mi juicio, uno de los grandes aciertos de la novela. No presenta el estalinismo como una simple colección de horrores históricos, sino como el momento en el que una idea emancipadora termina construyendo una maquinaria de sometimiento. Elías no llega pensando que todo aquello es una farsa; llega creyendo en ello. Y por eso el golpe es mucho más fuerte. Una cosa es contemplar un régimen brutal desde fuera y otra muy distinta descubrir desde dentro que aquello en lo que habías depositado tu fe considera al individuo perfectamente sacrificable en nombre de un futuro mejor.

El futuro, como ocurre tantas veces en la Historia, siempre parece justificar demasiadas cosas. Y entonces aparece Nazino.

Nazino es el lugar donde la novela deja de necesitar exageraciones, porque la realidad histórica ya fue suficientemente monstruosa. En mayo de 1933, miles de deportados fueron abandonados en una isla del río Ob, en Siberia occidental, en el marco de las políticas soviéticas de deportación y colonización forzada. Allí llegaron personas consideradas delincuentes, marginales, indeseables o simplemente sospechosas, muchas de ellas detenidas por cuestiones tan absurdamente administrativas como no disponer de la documentación interna adecuada. Fueron trasladadas a un lugar sin infraestructura, sin alimentos suficientes, sin refugios dignos y sin una organización capaz de garantizar siquiera las condiciones mínimas de supervivencia. Lo que siguió fue hambre, enfermedad, violencia y muerte. También hubo canibalismo.

Nazino terminó siendo conocida como la isla de los caníbales, un nombre que parece extraído de una novela de horror y que, precisamente por eso, resulta aún más incómodo cuando uno descubre que no es una invención. Del Árbol utiliza ese episodio como punto de ruptura de Elías, y lo hace con una idea que recorre toda la obra: el ser humano puede tener convicciones muy elevadas mientras las circunstancias le permiten conservarlas, pero cuando todo se reduce a comer o morir, la moral empieza a tambalearse. La civilización tiene una capa bastante fina.

En Nazino, Elías aprende que sobrevivir puede exigir desconfianza, dureza, renuncias y decisiones que el joven idealista llegado desde Asturias jamás habría imaginado. Aprende que el hambre convierte al otro en competidor, que el miedo destruye vínculos y que la violencia puede convertirse en una forma de organización tan eficaz como repugnante. Del Árbol lleva al personaje hasta ese límite sin convertirlo en una figura ejemplar. Elías sobrevive, pero paga un precio enorme. El muchacho que había llegado a la URSS buscando la sociedad del futuro ya no existe cuando sale de la isla. Aquí aparece, para mí, la idea central de toda la novela: Elías consigue salir de Nazino, pero Nazino no sale de Elías.

Ese matiz es esencial porque la obra no pretende decir únicamente que un hombre ha sido traumatizado por una experiencia extrema. Va mucho más lejos. Lo que plantea es que determinadas formas de violencia pueden instalarse dentro de alguien y deformar progresivamente su relación con los demás. Elías aprende en Nazino una determinada lógica del poder, del miedo, de la supervivencia y del control. Y aunque después tenga una vida, una familia, una reputación y hasta una dimensión heroica, aquello permanece.

Por eso Igor Stern tiene tanta importancia. Stern es, de alguna forma, la expresión más descarnada de ese universo donde la moral deja de servir. Representa al hombre que entiende perfectamente que, cuando las reglas desaparecen, sobrevive quien acepta antes que nadie que todo vale. Elías lo desprecia, pero también lo observa, convive con él y termina aprendiendo algunas de sus reglas. Y ahí Del Árbol introduce otra idea bastante incómoda: el sufrimiento no ennoblece necesariamente. Nos gusta pensar lo contrario. Nos resulta tranquilizador creer que quien ha sufrido será más compasivo, que quien ha conocido el abuso será incapaz de abusar y que quien ha padecido la injusticia quedará vacunado para siempre contra ella. Pero no siempre funciona así. A veces el dolor genera empatía. Otras veces genera miedo, resentimiento, necesidad de dominar y una relación enfermiza con el poder. Haber sido víctima no convierte automáticamente a nadie en una buena persona. Y eso nos lleva a Laura.

Cuando la novela revela lo que Elías hizo con su propia hija, todo lo anterior adquiere una dimensión mucho más negra. Porque ya no estamos hablando del estalinismo, de la violencia política o de una experiencia extrema de supervivencia. Estamos hablando de una casa. De una familia. De una niña. Y de un padre. Ahí se produce la demolición definitiva del héroe.

La grandeza pública de Elías, sus sufrimientos, su militancia, su lucha y su trayectoria dejan de funcionar como coartada moral. Del Árbol obliga al lector a asumir algo desagradable: un hombre puede haber combatido una dictadura, haber sobrevivido a un sistema monstruoso, haber sido perseguido y haber sufrido enormemente y, al mismo tiempo, ser capaz de cometer actos miserables en la intimidad.

Las categorías cómodas dejan de servir. Víctima y verdugo pueden coexistir en la misma persona. Héroe y monstruo también. Y esa ambigüedad es, probablemente, lo mejor de la novela.

Nazino explica muchas cosas de Elías, pero no lo absuelve. Esa diferencia me parece fundamental. Sería demasiado sencillo convertir toda su conducta posterior en una consecuencia mecánica del trauma, como si la experiencia sufrida le hubiera arrebatado para siempre cualquier capacidad de decisión. No. El sufrimiento ayuda a comprender, pero no borra la responsabilidad. Y la novela es muy poderosa precisamente cuando obliga a mantener ambas ideas a la vez.

Elías fue víctima. Laura también. La diferencia es que Laura fue víctima de su propio padre.

Y eso introduce otro de los grandes temas del libro: la capacidad de las familias para proteger sus mitos incluso a costa de destruir a quienes los cuestionan. Laura tiene que convivir no solo con lo que le ocurrió, sino con la imposibilidad de competir contra la imagen pública de Elías. ¿Cómo se denuncia a un hombre convertido en héroe? ¿Cómo se explica que la persona admirada por todos haya sido capaz de algo así? ¿Qué ocurre cuando preservar la reputación familiar parece más importante que escuchar a la víctima?

La respuesta de la madre añade todavía más dureza. El silencio, la negación y la necesidad de conservar la imagen de Elías terminan convirtiendo la familia en otro espacio de violencia. No hace falta Siberia. No hacen falta guardias armados. A veces basta con no querer ver.

Por eso Laura termina siendo uno de los personajes más trágicos de la obra. Su rabia, su dureza y su relación posterior con determinadas formas de violencia no surgen de la nada. Del Árbol construye en ella una víctima que arrastra una infancia destruida y que, además, ha tenido que ver cómo el hombre responsable de esa destrucción ocupa el lugar del héroe. Hay algo particularmente cruel en esa inversión: mientras ella carga con la vergüenza, él conserva el prestigio.

Gonzalo, por su parte, necesita recorrer toda esa historia para descubrir que su padre no era el gigante que había imaginado. Durante años se ha sentido mediocre frente a él. Elías tenía una biografía enorme; Gonzalo, una existencia gris. Pero cuanto más conoce la verdad, más evidente resulta que se estaba comparando no con un hombre real, sino con una versión cuidadosamente editada.

Las familias hacen mucho eso. También los países. Construyen relatos. Eliminan lo incómodo. Conservan lo admirable. Y después llaman memoria a lo que queda.

La novela también funciona como una reflexión muy dura sobre el comunismo soviético. No porque se limite a decir que Stalin fue un dictador, algo que a estas alturas no necesita demasiada demostración, sino porque contrapone de forma muy eficaz la promesa y el resultado. El joven Elías cree en la igualdad, en la justicia social y en la emancipación del trabajador. Lo que encuentra es un régimen que utiliza ese lenguaje mientras clasifica a las personas, las deporta y decide cuáles pueden ser sacrificadas.

Ese es quizá uno de los mecanismos más perversos de cualquier totalitarismo: la capacidad de convertir la violencia en administración.

Primero se crea una categoría. Después se introduce a alguien dentro. Luego aparece un expediente. Más tarde un tren. Y finalmente una isla. Todo perfectamente justificado. Todo en nombre de algo superior.

Nazino representa el punto final de ese proceso. Una utopía que supuestamente pretendía dignificar al ser humano termina abandonando a miles de ellos como si fueran material sobrante. Y ahí la novela alcanza una potencia política que trasciende la propia URSS: cada vez que una ideología considera que el fin es tan noble que permite convertir a determinadas personas en simples obstáculos, el camino hacia la barbarie ya está bastante avanzado.

Un millón de gotas tiene, eso sí, un punto excesivo. Víctor del Árbol no es un autor especialmente interesado en la moderación. Acumula tragedias, secretos, abusos, venganzas, mafias, muertes, traiciones y sufrimiento hasta niveles que en ocasiones rozan el folletín. Hay momentos en los que parece que el siglo XX entero se ha puesto de acuerdo para cebarse con una sola familia. Y, sin embargo, funciona. Quizá porque la Historia tampoco ha sido nunca demasiado sobria.

Cuando uno conoce Nazino, cuando lee lo que ocurrió realmente allí, resulta difícil reprochar a un novelista que haya exagerado demasiado. La realidad ya había cruzado antes esa frontera. Por eso, al terminar el libro, la sensación no es exactamente de tristeza. Tampoco de horror. Es algo más pegajoso. Un desasosiego que permanece.

Uno cierra la novela y sigue pensando en Elías. En el muchacho que llegó a la Unión Soviética creyendo en un mundo mejor. En el hombre que descubrió que ese mundo podía convertirse en una máquina de triturar personas. En el superviviente que regresó. En el héroe que otros admiraron. Y en el padre que acabó siendo capaz de llevar su propia oscuridad hasta el lugar donde menos debería haber llegado. Su hija.

Quizá eso sea lo que más incomoda de Un millón de gotas. Nazino queda muy lejos. Siberia, 1933, Stalin. Todo parece pertenecer a otro tiempo y a otro mundo. Pero Del Árbol termina demostrando que los infiernos no siempre se quedan donde fueron construidos. A veces alguien logra salir de ellos. Y se los lleva puestos.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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