Suelo mirar a mi alrededor en el metro, en el autobús o en cualquier sala de espera de esas donde antes la gente hojeaba una revista manoseada, miraba al techo o se entregaba con dignidad al noble arte de aburrirse. Y lo que veo ya no son exactamente homo sapiens. No, señor. Aquella especie que presumía de pensar, leer, conversar y levantar imperios parece haber mutado discretamente en otra cosa: el Homo smartphonus. Un bicho curioso.
Camina todavía sobre dos piernas, aunque cada vez menos erguido. Mantiene cierta apariencia humana, eso sí, pero vive inclinado sobre una pequeña caja luminosa a la que contempla con una mezcla de devoción religiosa, ansiedad adolescente y obediencia perruna. De vez en cuando, de esa caja sale un cable que se bifurca como serpiente tecnológica y se introduce por ambas orejas, conectando el aparato directamente con el cerebro, o con lo que quede de él tras varias horas de vídeos cortos, notificaciones absurdas y conversaciones escritas con faltas de ortografía que harían llorar a un maestro de escuela de los de antes.
El smartphonus golpea la caja con los dedos con frenesí de pianista epiléptico. La acaricia, la desliza, la desbloquea, la vuelve a bloquear y, a los tres segundos, la desbloquea otra vez, no vaya a ser que el mundo haya cambiado sin pedirle permiso. A veces sonríe. Otras frunce el ceño. En ocasiones suelta una carcajada solitaria que inquieta bastante al resto del vagón, sobre todo si uno no sabe si se ríe de un meme, de una desgracia ajena o de un mensaje de Hacienda.
Hay variantes, naturalmente. Una de las más conocidas es el homo sapiens iPhonediensis, especie muy parecida al smartphonus vulgaris, aunque con un rasgo alimenticio diferencial: sólo se nutre de manzanas. Manzanas caras, eso sí. Manzanas brillantes, minimalistas, con diseño de California y precio de cirugía menor. Este ejemplar suele mirar al resto de la fauna tecnológica con cierta superioridad sacerdotal, como quien no lleva un teléfono, sino un relicario con pantalla táctil.
Ambos sujetos han dejado atrás el periódico, la revista, el libro en papel y, en general, cualquier objeto que requiera pasar páginas sin que medie una batería de litio. Buena parte de su vida fluye ya a través del smartphone: se relacionan, se informan, compran, venden, ligan, se indignan, se reconcilian, se bloquean, se desbloquean, se espían, se etiquetan y hasta se enfadan con el aparatejo de marras cuando no les da la razón, cobertura o autoestima suficiente.
Antes uno leía una novela, un reportaje, una columna o, en casos extremos, hasta las instrucciones de la lavadora. Ahora el tiempo de atención del smartphonus no llega mucho más allá de los famosos 140 caracteres. Son los tiempos que vivimos y la fauna que puebla el lugar.
Y no conviene encariñarse demasiado con el smartphonus, porque su reinado, como todos los imperios, será breve. En breve se demostrará que su existencia era apenas una estación intermedia en la gran cadena evolutiva de la tontería conectada. Dentro de unos meses, quizá de unos días, nuevos sujetos con capacidades superiores —o al menos con más sensores, más batería y menos vergüenza— acabarán desplazando a los que no sepan adaptarse.
Se aproxima ya, con paso vibrante y muñeca levantada, el homo iWatchapplensis.
Una criatura aún más inquietante, porque ya ni siquiera necesita sacar la caja luminosa del bolsillo. Le basta con mirar la muñeca como quien consulta el oráculo de Delfos. Allí recibe órdenes, mide sus pasos, vigila sus pulsaciones, comprueba si ha dormido bien, si ha respirado lo suficiente, si debe levantarse, sentarse, andar, beber agua o seguir viviendo bajo supervisión digital.
El viejo homo sapiens miraba las estrellas para orientarse. El smartphonus miraba el móvil para no perderse. El iWatchapplensis, directamente, espera que el reloj le diga cuándo debe ponerse en pie.
Y luego dicen que hemos evolucionado.




















[…] que actualmente vivimos en la época del homo smartphonus, se hace muy necesario que seamos conscientes de que el aparatejo que llevamos junto a nosotros las […]
[…] “la verdad” que nos dicen -machaconamente- única y consensuada, prescindir de todos esos aparatejos que nos acompañan y, en definitiva, ponérselo difícil a los que pretenden controlarnos pensando […]