Hay una forma muy española de entender los desastres naturales: encogerse de hombros, mirar al cielo y decir aquello de “qué le vamos a hacer”. Como si una inundación, un deslizamiento de ladera, una subsidencia del terreno o un terremoto fueran siempre fatalidades caídas del firmamento, inevitables como la muerte, Hacienda o las juntas de vecinos. Y no. Muchas veces no lo son. O, al menos, no lo son del todo.

Por eso me parece tan oportuno recuperar esta Guía ciudadana de los riesgos geológicos, editada por el Ilustre Colegio Oficial de Geólogos como adaptación española de The Citizens’ Guide to Geologic Hazards, del American Institute of Professional Geologists. Un libro de 1997, sí, pero con una virtud que no envejece: explica al ciudadano común algo que debería enseñarse antes de firmar una hipoteca, comprar una parcela, recalificar un terreno o construir alegremente donde antes corría el agua, se movía la ladera o crujía el suelo.

El libro habla de riesgos geológicos sin solemnidad innecesaria, sin convertir cada página en una procesión de tecnicismos. Y eso es precisamente lo que lo hace valioso. Aquí se habla de suelos expansivos, asbestos, radón, terremotos, volcanes, deslizamientos, subsidencia, inundaciones, riesgos costeros y seguros. Dicho así puede parecer un catálogo de calamidades bíblicas, pero en realidad es una cartilla de supervivencia civilizada. Una forma de decirnos: mire usted debajo de sus pies antes de levantar paredes, carreteras, urbanizaciones, hospitales o ilusiones.

Me gusta especialmente que el enfoque no sea alarmista. No es un libro para asustar, sino para espabilar. Que falta nos hace. Porque la ignorancia geológica sale cara. Sale cara cuando se urbaniza una llanura de inundación y después nos sorprendemos de que el río vuelva a ocupar su sitio. Sale cara cuando se construye sobre terrenos inestables y luego aparecen grietas como cicatrices en las fachadas. Sale cara cuando se ignora el radón porque no se ve, no huele y no sale en tertulias. Sale cara cuando la planificación del territorio se hace mirando más al beneficio inmediato que al mapa geológico.

Y ahí está una de las grandes lecciones del libro: la geología no es una extravagancia de señores con martillo mirando piedras. La geología es seguridad, economía, salud pública, ordenación del territorio y sentido común. Es saber dónde se puede construir y dónde conviene no tentar a la suerte. Es entender que el terreno tiene memoria, aunque los políticos y los promotores a veces no la tengan. Es aceptar que una ciudad, un pueblo o una carretera no flotan en el aire, sino que se apoyan sobre una realidad física que conviene conocer antes de llenarla de cemento y discursos.

La guía tiene además un tono ciudadano muy bien elegido. No se dirige sólo a geólogos, ingenieros o arquitectos. Se dirige también a propietarios, compradores, estudiantes, profesores, periodistas, aseguradoras, legisladores y, sobre todo, a cualquier persona que quiera vivir en un lugar razonablemente seguro. Porque la prevención empieza por saber. Y saber, en este caso, significa preguntar por el terreno, exigir estudios serios, desconfiar de las soluciones improvisadas y entender que el “aquí nunca ha pasado nada” es una de las frases más peligrosas del repertorio nacional.

Uno de los aciertos del libro es que combina explicaciones con ejemplos. No se limita a decir que existen peligros; muestra cómo esos peligros afectan a casas, barrios, infraestructuras y vidas humanas. La imagen de los daños causados por cenizas volcánicas del Pinatubo, la referencia a Katia y Maurice Krafft o los ejemplos de colapsos estructurales y terrenos mal entendidos sirven para recordar que la geología no es una asignatura polvorienta, sino una fuerza activa, presente, testaruda y, cuando se la desprecia, implacable.

Leído hoy, el libro tiene incluso más sentido que cuando se publicó. Vivimos tiempos de urbanismo acelerado, cambio climático, fenómenos extremos, presión sobre la costa, infraestructuras críticas y una fe casi religiosa en que la tecnología lo arregla todo. Pero la tecnología no sirve de mucho si se utiliza tarde, mal o contra la evidencia. Un buen estudio geológico antes de actuar evita más disgustos que muchas ruedas de prensa después del desastre.

También me gusta que la obra tenga ese aroma de servicio público que a veces se echa en falta. El ICOG no aparece aquí como una institución encerrada en su mundo profesional, sino como lo que debe ser: una voz útil para la sociedad. Un colegio profesional explicando a la ciudadanía que los riesgos geológicos existen, que pueden reducirse y que la prevención no es un lujo, sino una obligación moral y práctica.

No estamos, por tanto, ante un libro para leer como quien se sienta con una novela. Es más bien un manual de defensa civil, una brújula para no caminar a ciegas sobre el territorio. Se consulta, se subraya, se guarda. Y conviene tenerlo cerca, especialmente si uno trabaja en administración pública, urbanismo, construcción, seguros, educación o comunicación.

Yo recomendaría esta guía a cualquiera que quiera entender por qué el suelo no es un simple decorado bajo nuestros zapatos. El suelo habla. A veces susurra. A veces avisa con grietas, filtraciones, laderas inestables o cauces que reclaman lo suyo. Y otras veces, cuando nadie ha querido escuchar, ruge.

Por eso este libro sigue siendo necesario. Porque enseña algo elemental y demasiado olvidado: la naturaleza no se enfada, no castiga y no improvisa. Simplemente cumple sus leyes. Los imprudentes somos nosotros cuando decidimos ignorarlas.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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