Comienza a ponerse el sol y estoy en la atalaya más hermosa para contemplarlo. Hace unos años, al solitario banco sobre un acantilado llegaban personas de todos los lugares para disfrutar de la magnifica vista. Hoy no hay nadie, los turistas desaparecieron con la tercera ola del coronavirus. La tercera fue durísima, se difuminaron estados y empresas, el trabajo, sustento de las personas, desapareció. Afortunadamente esto supuso un notable incremento en mi quehacer y solo comenzó un deterioro apreciable del mismo con la cuarta. Hoy, al final de la quinta, mi labor finaliza tras eones de desempeño.

Oigo un ruido, es María, la última persona en el mundo sube a ver ponerse el sol, se acercará al borde del acantilado y saltará, en el instante de su último aliento me la llevaré y mi trabajo habrá terminado. Pensé que no tendría fin, que sería inabarcable. Tengo miedo.


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5 COMENTARIOS

    • Desgraciadamente si. No da para más la única neurona que me queda, eso si, gorda, muy gorda. No me pidas continuidad, esto es un punto y final. La Parca ante su pérdida de trabajo? Imposible que la humanidad marche al garete? Quizá María no salte y de para una ucronía… veremos.

  1. Extraordinario relato, Enrique. Un microcuento de mucho empaque y un punto poético y tenebroso a la vez. La idea es muy original y el desarrollo del texto no podía estar mejor bordado, con ese final sorprendente y sobrecogedor, que no se atisba hasta el renglón postrero. Encima ajustado al límite de las 150 palabras. ¡Enhorabuena por esa pulsión literaria y suerte!

    • Gracias don Primi. Viniendo estas palabras del maestro me siento feliz como una perdiz que se dice en la España rural. Ahora le toca aportar esas 150 palabras suyas aquí, para que nos sirvan de guía y muestra de su saber hacer. Ansioso ando esperando su microrrelato. Un abrazo.

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