Uno llega a Córdoba con el alma predispuesta para la belleza, pero aun así, la ciudad te desarma a traición. No importa cuántas veces hayas visto sus fotos en libros de historia o documentales: la realidad es más honda, más grave, más definitiva. Córdoba no se presenta; se impone. Te recibe con la luz dorada del otoño filtrándose entre naranjos, el rumor del Guadalquivir acompañando como un viejo laúd, y esa mezcla de piedra milenaria y susurros de mercado que sólo puede ofrecer una ciudad que fue corazón de imperios.

Veníamos a caminarla a conciencia, a perder horas en la penumbra solemne de la Mezquita-Catedral, a dejarnos enredar por sus callejas como quien se adentra en un laberinto persa. Y fue en el hotel, entre un plano de la ciudad y la sonrisa de un recepcionista sabio, donde nos dieron el consejo que marcaría la semana: “Vayan a Bodegas Mezquita, junto al río. Allí comerán como Dios manda, y sin que la cuenta les quite el sueño”.

No hizo falta insistir. Aquella misma noche cruzamos la ciudad y dimos con el local. En la entrada ya se notaba que allí dentro había oficio: luz cálida, olor a guiso hecho con paciencia, y ese murmullo de mesas felices que sólo existe donde el producto es bueno y el cocinero sabe lo que se trae entre manos.

Nos sentamos, pedimos vino, y comenzó la campaña. Berenjenas Califales, suaves y tentadoras como un secreto de alcoba de algún emir de otros siglos. Mazamorra blanca, fría, de textura antigua, que sabe a cocina pobre y sabia, esa que resiste siglos sin manuales de cocina. Atún con salsa de mojito, fresco y descarado, capaz de robarle protagonismo al Mediterráneo en su propio terreno. Salmorejo espeso, que se comía a cucharadas cortas, como quien administra un tesoro.

Y luego, otro día, el rabo de toro cordobés, guisado hasta el límite de lo humano, la carne cediendo con un suspiro ante el tenedor, la salsa oscura y profunda como un pasillo de la historia. Tortilla de camarones, ligera y crujiente como una tarde de feria; calamares a la andaluza, dorados como moneda recién acuñada; flamenquín cordobés, largo y jugoso, un estandarte de carne y jamón dispuesto a conquistar cualquier mesa. Naranja a la antigua para rematar, sencilla y aromática, el postre humilde que redondea un festín sin pedir permiso.

Pero más allá de las viandas, hubo algo que terminó de sellar nuestra fidelidad a la casa: el servicio. Correcto sin ser distante, simpático sin empalagar. Camareros que no sólo llevan platos, sino que orientan al forastero perdido entre nombres y recetas que, para el que llega de fuera, pueden sonar a jeroglífico culinario. Te explicaban la historia de cada plato como si fuera una pequeña leyenda local, te recomendaban el orden de los bocados, y hasta te sonreían con esa hospitalidad andaluza que mezcla orgullo y generosidad a partes iguales.

La semana siguió así: comer, pasear, volver a comer, como si quisiéramos dejar grabada en el cuerpo la memoria de Córdoba. Fue un ciclo perfecto, pantagruélico, del que no me arrepiento ni un gramo.

Pero hubo otro alto en el camino. La Casa de Pedro Ximénez, con su amplia azotea, desde donde la ciudad se ofrecía en silencio a quien supiera mirarla. Allí el precio no era tan complaciente como en Bodegas Mezquita, pero las viandas… otro lujo, otra manera de rendir culto a las papilas gustativas. Allí llegó la tarta de queso, soberbia, hecha para reconciliarse con todos los pecados cometidos en esta vida y en la anterior. Cremosa, voluptuosa, con un punto de acidez que equilibraba la dulzura como el acero equilibra la seda. Una obra maestra que merecía ser recordada tanto como un buen verso.

En Bodegas Mezquita, además, había un ritual final. Cuando creías que el combate había terminado, la camarera se acercaba con una sonrisa cómplice y depositaba en la mesa un fitifit, mezcla de vinos, para que la tertulia se prolongara un poco más. Era un gesto pequeño, pero con la fuerza de un saludo entre viejos amigos.

Córdoba, eterna y orgullosa, seguirá esperando a quien tenga valor para recorrerla. Sus patios, su río, su historia… y sus mesas. Pero yo, cada vez que vuelva, sé que acabaré otra vez junto al Guadalquivir, brindando en Bodegas Mezquita, porque allí, entre plato y copa, se sirve algo más que comida: se sirve la esencia misma de esta ciudad que nunca se da del todo… salvo a quien sabe ganársela.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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