Hace poco más de quince años, un encuentro inesperado me devolvió a una pasión que había dejado de lado, pero que nunca olvidé. Elisa McCausland fue quien, sin saberlo, me hizo recordar aquellos cómics que devoraba en mis tiempos mozos. Me había alejado de las viñetas, quizá por esa necedad que a veces tenemos de creer que madurar significa dejar atrás lo que nos apasionaba en la juventud. Pero fue ella, con una recomendación bien apuntada, quien me reconectó con ese universo de historias que, como las grandes novelas, nos permiten explorar mundos con la intensidad de una tarde de tormenta.
Y así, hace unos días, mientras hojeaba la revista Profesiones, mis ojos se posaron sobre un título: Días de Arena. Algo en esas palabras me llamó, una reminiscencia quizá de esas novelas de Steinbeck que tanto me marcaron. El artículo elogiaba la obra, destacando su poder narrativo y su brillante recreación de un periodo histórico que, si algo nos enseña, es que la naturaleza puede ser tan despiadada como el hombre. Sin pensarlo dos veces, decidí que debía tenerlo. Y, a la primera oportunidad que tuve, me dirigí a Alcalá Cómic, una tienda en Alcalá de Henares que es un verdadero refugio para los amantes de la novela gráfica. Si alguna vez paseáis por Alcalá de Henares, no dejéis de visitarla; es un lugar donde los apasionados por este arte podemos perdernos y encontrarnos al mismo tiempo.
Ya con el cómic en mis manos, regresé a casa, encontrando una tarde apacible -y no excesivamente cálida- para adentrarme en sus páginas. Lo que encontré allí fue mucho más que una simple historia dibujada; fue un viaje al corazón de una tierra devastada, un retrato de la lucha por la supervivencia en medio de la adversidad. Aimée de Jongh, la autora, ha logrado captar en viñetas lo que tantos escritores han intentado con palabras: la desolación del Dust Bowl.
El Dust Bowl, aquel desastre ambiental que sacudió las Grandes Llanuras de Estados Unidos en los años 30, no fue un fenómeno natural que surgió de la nada. Fue, como tantas tragedias de la humanidad, el resultado de una combinación letal de ignorancia, codicia y circunstancias desafortunadas. A medida que los agricultores expandían sus cultivos sin preocuparse por la sostenibilidad del suelo, la tierra, agotada y desnuda, se convirtió en polvo. Luego vinieron los vientos, y con ellos, el polvo se elevó en grandes nubes que oscurecían el cielo y convertían el día en noche. Miles de familias quedaron atrapadas en un infierno de arena, sin poder sembrar, sin poder comer, sin poder escapar.
«Días de Arena» nos presenta esta realidad a través de los ojos de John Clark, un fotógrafo enviado por la Farm Security Administration (FSA) para documentar la vida en esa región devastada. A través de su lente, vemos no solo el polvo y la desolación, sino también la dignidad y la desesperanza de quienes no tienen otra opción más que resistir. Es un recordatorio brutal de cómo la naturaleza puede volverse contra nosotros cuando la explotamos sin pensar en las consecuencias. Pero hay algo más, algo que resuena profundamente en estas páginas: la importancia de la familia.

De Jongh nos recuerda que, en medio de la desolación, cuando todo lo demás falla, lo único que permanece es la familia. No hablo solo de padres e hijos, sino de esa gran familia que abarca abuelos, tíos, primos, toda una red de apoyo que se sostuvo con fuerza en aquellos tiempos difíciles. Aquellas personas que vivían en esos lugares desolados valoraban, por encima de todo, esa estructura familiar. Una gran familia que ofrecía refugio y fortaleza en medio de la tormenta de polvo. Hoy, esa familia extendida parece estar desapareciendo, una pérdida que, en mi opinión, es tan grande como la del propio Dust Bowl. Hemos cambiado el calor del hogar por la fría independencia, y en ese proceso, hemos perdido algo esencial.
Mientras leía, no pude evitar pensar en la obra de John Steinbeck, ese maestro indiscutible de la narrativa que supo retratar como nadie la América de la Gran Depresión. En particular, dos de sus obras me vinieron a la mente: Los vagabundos de la cosecha y Las uvas de la ira. Ambas son imprescindibles para entender no solo aquel periodo, sino también la capacidad del ser humano para aferrarse a la esperanza cuando todo lo demás parece perdido.
Los vagabundos de la cosecha es una serie de artículos periodísticos que Steinbeck escribió tras pasar tiempo con los trabajadores migrantes que se desplazaban por California en busca de trabajo. Estas personas, que lo habían perdido todo en el Dust Bowl, eran la viva imagen de la lucha por la supervivencia. Steinbeck, con su pluma aguda y su sensibilidad social, supo captar la miseria, pero también la humanidad de estos «Okies», como se les llamaba despectivamente. La lectura de estos artículos es esencial para cualquiera que quiera entender la magnitud del desastre que supuso el Dust Bowl y cómo afectó a millones de vidas.
Pero si hay una obra que realmente captura la esencia de esa época, es sin duda Las uvas de la ira. Esta novela, que sigue a la familia Joad mientras emigran de Oklahoma a California en busca de una vida mejor, es una de las grandes epopeyas de la literatura estadounidense. A través de la travesía de los Joad, Steinbeck nos muestra la brutalidad de un sistema económico que despoja a los más débiles de su dignidad y los obliga a luchar por las sobras. Es un libro que no solo debe leerse, sino que debe vivirse, porque nos enfrenta a la realidad cruda de una sociedad que, bajo la presión del desastre, revela sus peores y sus mejores caras.
La adaptación cinematográfica de Las uvas de la ira, dirigida por John Ford en 1940, es otra joya que merece ser revisitada. Ford, conocido por su habilidad para retratar la vida estadounidense con un realismo poético, capturó la esencia de la novela de Steinbeck con una fidelidad impresionante. Las interpretaciones, especialmente la de Henry Fonda como Tom Joad, son magistrales, transmitiendo toda la desesperación y la determinación de quienes, pese a todo, se niegan a rendirse.
Hoy, mientras reflexionamos sobre aquellos años oscuros, es imposible no pensar en el cambio climático. El Dust Bowl fue un desastre ambiental de proporciones épicas, pero fue causado principalmente por la mala gestión de los recursos naturales. En la actualidad, estamos viendo eventos climáticos extremos que, si bien tienen causas naturales, están siendo exacerbados por la acción humana. Si el Dust Bowl ocurriera hoy, estaríamos hablando de cambio climático, sin duda. Y aunque hemos aprendido mucho desde entonces, queda claro que seguimos siendo vulnerables a las fuerzas de la naturaleza cuando no las respetamos.
Es por eso que recomiendo encarecidamente la lectura de Días de Arena, no solo por su valor como novela gráfica, sino porque es un recordatorio oportuno de lo que puede suceder cuando olvidamos las lecciones del pasado. De Jongh ha creado una obra que no solo es visualmente impresionante, sino también profundamente conmovedora. Nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con la tierra, con los demás, y sobre la importancia de la familia como pilar de nuestra existencia. Y lo hace con una sutileza y un poder que pocas veces se encuentran en el mundo del cómic.
Del mismo modo, os animo a que leáis o releáis Los vagabundos de la cosecha y Las uvas de la ira de Steinbeck, y que veáis la película de John Ford. Estos trabajos son fundamentales para entender un capítulo crítico de la historia estadounidense, pero también son un espejo en el que podemos ver reflejadas nuestras propias sociedades y los desafíos a los que nos enfrentamos hoy. La historia, como la tierra, tiene capas, y cada una de ellas tiene algo que enseñarnos si estamos dispuestos a cavar lo suficiente.
En resumen, Días de Arena no es solo un cómic; es una obra de arte que merece ser leída y releída, una de esas historias que nos recuerdan que, aunque el polvo puede cubrir todo a nuestro alrededor, la esperanza siempre encuentra una manera de colarse entre las grietas. Como los personajes de Steinbeck, seguimos luchando, seguimos adelante, porque es lo único que sabemos hacer. Y mientras lo hacemos, estas historias nos acompañan, recordándonos de dónde venimos y hacia dónde podríamos ir si no aprendemos de nuestros errores.



















Próxima compra, Días de arena.
Objetivo seguir adelante, no hay otro remedio
Diga usted que sí Don Armando. No queda otra.