Si hace unos años me hubieran dicho que un tal López estaría exigiendo que España pidiera perdón por el descubrimiento de América, probablemente habría soltado una carcajada. No porque la petición no me sorprenda —al final, en política uno ya no se sorprende de nada—, sino por lo surrealista del asunto. Un López exigiendo disculpas a la España de hoy, en lugar de solicitarla a sus ancestros. Es como si yo, un Pampliega, exigiera que alguien pidiera perdón por lo que hicieron los toltecas o los olmecas, cuando mis antepasados no cruzaron esas tierras hasta hace menos de un siglo.

Pero claro, ahí está la clave. Si alguien tiene que pedir disculpas, no debería ser España. López Obrador, con todos sus rimbombantes apellidos hispanos, podría pedir cuentas a sus propios antepasados. Porque, ¿quién es el que realmente construyó el México que hoy conocemos? Seguramente no fueron ni Cortés ni los Reyes Católicos solamente, han pasado 500 años y mucha historia. La ironía está servida. Si nos ponemos en ese plan de pedir disculpas por lo que hicieron los muertos, podríamos los españoles exigirle perdón a medio mundo. Aquí han pasado romanos, visigodos, musulmanes, franceses, etcétera., y no nos despacharon amor ni cariño precisamente -poco debe quedar de aquel pueblo íbero-, pero hasta la fecha no hemos visto a ningún político patrio exigiendo a Giorgia Meloni o Emmanuel Macron que nos envíen una carta de disculpa formal. Claro, en España aún nos queda algo de sentido común, aunque con los políticos que tenemos hoy en día en este país cainita, quién sabe si mañana cambiarán de idea y solicitarán perdones por las invasiones de César o Napoleón, que aquí hoy nace un crío sin cabeza, se le coloca un adoquín y lo hacemos mañana ministro de hacienda, como poco. Algo que debe pasar, por lo que veo, en México.

Lo que más me choca de todo esto es el desconcierto histórico que subyace. No se trata de negar los abusos de la conquista, eso está claro, ahora, no lo vean en el contexto actual, véanlo en el contexto de hace cinco siglos. Pero exigir a España que se disculpe por algo que ocurrió hace cinco siglos, mientras se hace la vista gorda sobre los propios errores del pasado reciente de México, es algo que roza el cinismo. Y esto me lleva a un libro que hace años devoré con voracidad: El militarismo mejicano, de Vicente Blasco Ibáñez. Un relato crudo y sin filtros de un país sumido en el caos, donde los verdaderos enemigos no eran los conquistadores, sino los propios generales mejicanos que se repartían el poder como si fuera botín de guerra.

Blasco Ibáñez llegó a México en 1920 con la intención de documentarse para escribir una novela, El águila y la serpiente, pero lo que encontró fue un país devastado por el militarismo, donde cada revolución no traía más que traición y muerte. Decidió entonces poner su pluma al servicio de una crónica de la situación, que acabaría publicada en distintos artículos en el New York Times o el Chicago Tribune. Esa serie de artículos acabarían recopilados en El militarismo mejicano. En esos textos, Blasco Ibáñez retrata un México donde los generales se levantan contra el gobierno solo para sentarse en la poltrona, donde el pueblo es una víctima eterna de una comedia trágica que nunca termina.

Y no solo eso. Blasco Ibáñez deja claro que México no solo tenía un problema interno de revoluciones, sino que también se había convertido en un cementerio para los españoles. «Como español, también debo ser enemigo de los bandoleros de la falsa revolución mejicana. Villa, Obregón, González, etcétera, etc., han fusilado españoles á centenares. Cuando estuve en Méjico hubo pobres compatriotas míos que, por error, me insultaron en sus cartas, imaginándose que yo iba á defender á tales individuos, que son enemigos de España por tradición y por brutalidad nativa. Méjico es el único país hispanoamericano cuyas revoluciones empiezan por matanzas de extranjeros. Y como allá la mayoría de los extranjeros son españoles que tienen mostrador y cajón con dinero, su exterminio á tiros ó en la horca figura siempre como el primer acto inevitable de toda revuelta.»

Este es el México que Blasco Ibáñez encontró, uno donde las revoluciones se iniciaban con fusilamientos de extranjeros, mayoritariamente españoles. Pero claro, esto parece no interesarle a López Obrador, que prefiere mirar cinco siglos atrás y culpar a España de todos sus males. Quizás debería centrarse más en lo que sucedió unos cuantos siglos después, cuando su país sufrió el despojo territorial más grande de su historia.

Hablemos del Tratado de Guadalupe Hidalgo, ese momento en 1848 en el que México, tras ser derrotado en la guerra con Estados Unidos, cedió más del 55% de su territorio. Estados ricos en recursos como California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, Colorado… todos esos territorios, que en otro tiempo pertenecieron al Virreinato de Nueva España (posteriormente México), pasaron a formar parte de los Estados Unidos. México renunció a Texas y reconoció el Río Grande como la nueva frontera. Imagínense, medio país despojado en un tratado. ¿Dónde está el clamor de disculpas por eso? No hay cartas, no hay exigencias de perdón a Washington –ahora su nueva presidenta tiende lazos fraternales con Estados Unidos-. Porque en lugar de enfrentarse a su historia más cercana, algunos prefieren tirar la piedra hacia otro lado y pedirle cuentas al rey; al de España 500 años después, claro.

Y esa es la gran paradoja. Mientras López Obrador se lanza a exigir disculpas a España por la Conquista, ¿por qué no le pide cuentas a los Estados Unidos por arrebatarle la mitad del país? -malos administradores habéis sido del Virreinato de Nueva España- ¿Acaso la pérdida de California, Texas o Arizona no merece más atención que lo que hizo Cortés hace 500 años? Parece que hay una amnesia selectiva cuando se trata de estos temas.

Volviendo al libro de Blasco Ibáñez, la pregunta que surge en sus páginas es clara: ¿cómo es posible que México, un país tan rico en recursos y cultura, haya sido destruido por sus propios gobernantes? Carranza, Villa, Obregón… todos estos caudillos no luchaban por un ideal revolucionario, sino por el poder. Y lo peor de todo es que los que más sufrían, aparte del pueblo mexicano, eran los extranjeros, los españoles, que acababan fusilados o colgados.

Es irónico, casi doloroso, ver cómo López Obrador clama por un perdón mientras ignora la verdadera tragedia de su país. Blasco Ibáñez lo dejó claro: el problema de México no fue la conquista, sino el militarismo que lo destruyó por dentro, y la mala cabeza de sus dirigentes posteriores. Un país donde cada revolución no hacía más que poner a un nuevo general al mando, un país que perdió más de la mitad de su territorio por la incompetencia de sus gobernantes.

Así que, cuando escucho a López Obrador exigir disculpas, no puedo evitar pensar en el cinismo de la situación. Mientras él busca culpables a miles de kilómetros y cientos de años de distancia, su propio país sigue lidiando con los fantasmas de su historia reciente: revoluciones que nunca trajeron justicia, generales que solo querían poder, territorios perdidos por incompetencia y la corrupción y la violencia que sigue asolando su país. Quizás, en lugar de exigir el perdón a España, debería reflexionar sobre el verdadero legado que ha dejado el militarismo en México, un legado que Vicente Blasco Ibáñez retrató con una crudeza que todavía resuena hoy en día; y claro, señor López, pida cuentas a su abuelo, a su bisabuelo, etc.

Al final, la historia no se escribe con disculpas ni con exigencias vacías. La historia se entiende y se estudia, y si algo nos enseña El militarismo mejicano es que el verdadero problema no está en lo que hicieron los conquistadores hace cinco siglos, sino en lo que no hicieron los que vinieron después. Y esa es una lección que algunos, como López Obrador, todavía no han aprendido.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anterior12 de octubre de 1492: El grito que cambió el mundo y la huella inmortal de España en el Nuevo Mundo
Artículo siguienteEl enigma de los tres cuerpos y el eco de la humanidad
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí