No puedo hacer otra cosa que recomendar Tinta Invisible de Javier Peña. Me ha encantado y no se lo digo a la ligera, créanme. Este no es un libro para cualquiera; aquí no hay edulcorantes ni finales felices. Peña se nos muestra crudo, directo, sin filtros, como un hombre que se enfrenta a la muerte de su padre sin adornos ni palabras vacías. Es, en esencia, un viaje hacia lo más íntimo, hacia ese rincón de la vida donde uno se encuentra cara a cara con la pérdida y, de algún modo, intenta reconciliarse con ella a través de las historias.

Este libro se convierte, en realidad, en un tributo a esa complicidad forjada en la literatura, en el ensayo y en el memoir. Es una historia de amor y pérdida entre padre e hijo, y entre ambos y los libros que los han unido a lo largo de los años. Los silencios, las angustias y las esperanzas de escritores como Kafka, Toni Morrison, Margaret Atwood, Tolstói, Saramago y Dickens se transforman en compañeros de esta odisea emocional, conduciendo al lector a un punto de introspección que cala. Es a través de esos nombres que Peña nos recuerda que el ser humano necesita contarse historias, construirse una narrativa para entender quién es, navegando entre el mundo real y la imaginación. En su recorrido por las historias de estos grandes nombres de la literatura, él y su padre se acercan, cruzando ese puente de palabras que nos recuerda que la lectura, más que una afición, es un vínculo, una razón para seguir compartiendo cuando ya no queda mucho tiempo.
Y es que, en torno a ese padre agonizante en la cama de un hospital, Javier despliega un universo literario que resulta tan fascinante como desgarrador. Nos encontramos con historias que me han cautivado, como la del ayunador de Kafka, aquel «artista del hambre» que se convirtió en espectáculo en los circos de finales del XIX, un hombre que encontraba en el ayuno su forma de expresión, su modo de existir en un mundo que no terminaba de comprenderlo. Y luego está la historia del último hombre de la tribu yahi, el hombre que no podía dar su nombre. El último de su linaje, un hombre que, rodeado de silencio, había quedado huérfano de todo, salvo de sí mismo. Esas historias, como grietas en la narrativa de Peña, nos permiten ver la luz en medio de la sombra y nos recuerdan que cada relato es una herida compartida, una manera de resistir y de encontrar un poco de sentido en lo absurdo de la vida.
Creo, en mi fuero más íntimo, que Javier tuvo suerte de poder estar junto a su padre en esos días finales. Hubo tiempo para cerrar heridas, para abrir las tripas de esas matrioskas de historias y compartir, por última vez, la vida entre palabras. Para ellos, los libros fueron ese territorio común, ese lugar donde la historia familiar y la literatura se entrelazan, donde el amor y la memoria se sostienen mutuamente.
No fue mi caso. La muerte vino de improviso, sin aviso y sin tregua, y dejó una marca profunda, una herida en el alma que no se borra. Quizá por eso el libro me ha calado tan hondo. Porque en cada historia, en cada silencio compartido, en cada recuerdo, se encierra algo que nos devuelve a la propia pérdida, a ese espacio donde las palabras —esas que leímos y las que nunca dijimos— siguen resonando. Para quien haya sentido alguna vez esa ausencia, Tinta Invisible no es solo una lectura; es una travesía. Una travesía que vale la pena, aunque duela.
















