Hay mañanas que se quedan grabadas en la memoria de un pueblo, mañanas que tienen algo de rito y de promesa. El 22 de diciembre fue una de ellas. Mientras los bombos del Sorteo de Navidad repartían sueños por toda España, Meco celebraba los suyos propios: los nacidos del talento y la imaginación en el III Concurso de Microrrelatos MicroMeco.
Fue una jornada luminosa, fría y alegre, de esas en las que el aliento se convierte en vaho y las palabras, en abrigo. Bajo el techo acogedor del Restaurante El Cobijo, y con el aroma a café recién hecho y a entusiasmo vecinal, nos reunimos para premiar a quienes mejor supieron convertir en literatura el alma de nuestras Fiestas Populares, tema central de esta edición.
Los microrrelatos olían a pólvora y a nostalgia, a churros, farolillos y charanga. Hubo textos que hablaron del reencuentro, del amor en la verbena, del eco de los cohetes que se apagan mientras el corazón sigue latiendo. Fue difícil elegir, porque todos tenían algo de ese espíritu mequero que no se enseña ni se imita.

La gran ganadora fue Gema Delgado, con su obra “Tiempo de volver”, que obtuvo 26 puntos y emocionó al jurado con su hondura y sencillez. A solo un punto, Castor Madruga, con “Mundos paralelos”, y Jesús Martínez-Frías, con “Sinfonía de la Tierra”, empataron con 25 puntos, demostrando que el talento no entiende de empates ni de jerarquías: solo de pasión por escribir.
Terminada la entrega, la mañana se llenó de risas, anécdotas y brindis. El Cobijo volvió a ser lo que su nombre promete: un refugio. Entre tazas de café y copas de sangría tempranera —porque en Meco la alegría no espera al mediodía—, se habló de literatura, de pueblo y de la vida misma.
Y entonces ocurrió algo que elevó el encuentro por encima de lo previsto. Entre los premiados se encontraba Jesús Martínez-Frías, un hombre cuya trayectoria científica es, sencillamente, admirable. Académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, de la Real Academia de Doctores de España, e instructor de astronautas en el Geoparque Mundial UNESCO de Lanzarote, Jesús es, además, un buen amigo mío. Su sola presencia habría bastado para dar lustre al certamen, pero quiso ir más allá: anunció que presentará su próximo libro en Meco y que ofrecerá una charla sobre astrobiología, planetología y espacio en El Cobijo.
Dijo que no hacía falta un auditorio ni un escenario solemne, que bastaba con “un grupo de mequeros con ganas de mirar hacia las estrellas”. Y créanme, en ese momento supe que estábamos viviendo algo que trasciende el ámbito literario: una de esas promesas que honran a quien la hace y al pueblo que la recibe.
El MicroMeco tiene esa virtud: empieza como un concurso y acaba siendo una fiesta patronal de la palabra. Gema Delgado nos recordó que siempre hay un hogar al que volver. Castor Madruga nos hizo viajar entre mundos imaginarios con la ternura de quien ha vivido muchos. Y Jesús Martínez-Frías, con su “Sinfonía de la Tierra”, nos devolvió la música de un planeta que también celebra sus propias fiestas.
Nada de esto habría sido posible sin los que tiran del carro con fe y constancia. La NaVe (Navidades Vecinales) y El Cobijo hicieron posible la jornada, igual que los grupos de Facebook de la localidad, que actuaron como altavoces del evento. A todos ellos, mi gratitud más sincera.
Cuando la mañana se fue desvaneciendo y el sol de diciembre empezó a caer sobre las calles frías de Meco, quedó flotando esa sensación de plenitud que solo deja lo bien hecho: el orgullo de un pueblo que escribe su historia a mano, sin perder la sonrisa.
El III MicroMeco terminó como terminan las mejores fiestas: entre abrazos, promesas de volver y un rumor de alegría que se niega a apagarse. Porque aquí, en Meco, las fiestas no solo se bailan. También se escriben.






















