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Presentación de la novela de ciencia-ficción «La dimensión intangible»

El futuro está escrito por el científico Jesús Martínez Frías

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Mi querido y venerado amigo, eximio profesor, eminente divulgador y escritor consagrado Jesús Martínez Frías presentó hace tres días en el Planetario de Madrid su última novela de ciencia-ficción, que para mí tiene tanta o más ciencia que ficción y además es una ficción verosímil. Su título no puede ser más futurista, misterioso e inquietante: «La dimensión intangible», de la que me cabe el honor de haber escrito el prólogo, por lo que agradezco al autor su confianza. También las alharacas que le dedicó en el estreno oficial, así como dejar estampado mi nombre en el túnel galáctico del frontispicio futurista de tan fantástica obra –fantástica en su doble contemplación, literal y metafórica–. Es una forma elegante de hacerme cómplice de lo perpetrado en sus páginas. Le agradezco, así mismo, el ejemplar que me dedicó con mucho cariño y un grácil aspaviento.

La presentación del libro fue un baño de multitudes del autor, lo que no ha de extrañar considerando la dimensión gigante del reputado científico, que atrajo a tanta gente que hasta se formó cola para acceder a la sala de proyecciones y se colonizó el más remoto hueco bajo la cúpula de 17,5 metros de diámetro donde se muestra el firmamento en toda su magna, brillante e infinita extensión, gracias a la calidad audiovisual del sistema «full-dome» que produce un efecto inmersivo único que empotra al espectador en las entrañas de la proyección. A ello colabora el grado de inclinación de las butacas, dispuestas en la sala como mullidas tumbonas de playa esparcidas de manera circular y orden concéntrico para que el espectador pueda contemplar en modo panorámico y con mayor perspectiva la bóveda celeste. Si se autorizara el trasiego de palomitas sería el colmo de los lujos.

Las 245 localidades del planetario se agotaron diez días antes. Tan notable registro de público se justifica por la fama del autor, que goza en los conciliábulos astrofísicos de un prestigio de emperador romano. Además de su familia, arropamos al insigne geólogo en el bautizo de la criatura literaria unos cuantos amiguetes, algunos alumnos aventajados suyos, conmilitones del CSIC, colegas del gremio espacial y notables seseras del mundo científico. También asistió público atraído como osos panda al bambú proteico con que alimenta su rica programación el planetario, gestionado con buen tino y mayor acierto por su director, el astrofísico Telmo Fernández Castro, amigo y compañero de andanzas astronómicas y metafísicas de Jesús Martínez Frías.

De la Tierra a la Luna

Fue precisamente Fernández Castro quien abrió la sesión doctoral presentando al público a Martínez Frías y resaltando sus cualidades más inmediatas con el fin de respaldar su solvencia de cara a la charla, pero se negó a leer el currículum del conferenciante porque tan luenga reseña hubiera agotado el tiempo disponible para el disfrute de la alocución, que fue muy amena e instructiva y duró una hora de peluco terrestre –más otra media del postrero coloquio–. Resultó una prédica extraordinaria, como era de esperar de la magna categoría intelectual de Martínez Frías, que subordinó su discurso al vasto conocimiento estibado en su molondra y apoyó su docencia en un sencillo atril en medio de la sala y en la proyección de datos, esquemas y figuras en movimiento en la cúpula del planetario.

Los presentes disfrutamos de una sesión cultural de muy alto nivel, sideral si consideramos la naturaleza del acto y la conferencia magistral que, antes de presentar el libro, pronunció el propio Martínez Frías, titulada: «El espacio cercano a la Tierra: del pasado al futuro», donde se explayó relatando la reciente historia de la astronáutica, comenzando por los antecedentes del iniciático vuelo espacial tripulado del cosmonauta ruso Yuri Gagarin, que en 1961 se convirtió en el primer ser humano en sacar los ojos fuera de sus órbitas contemplando extasiado el lento girar y la belleza de la Tierra cuando la orbitaba a velocidad de vértigo en su nave espacial Vostock I.

La Guerra Fría impulsó la carrera espacial y llevó a la NASA a arbitrar el programa Apollo, cuya misión número XI puso a Armstrong y a Aldrin a bailar sobre el polvo lunar, en 1969. En los 80 vendrían los famosos transbordadores espaciales (el Columbia fue la primera misión que llevó hombres al espacio desde un transbordador, en 1981), y a finales de los 90 la Estación Espacial Internacional, que permanece colgada en la órbita terrestre, a 400 km de nuestras cabezas, con tripulación permanente a bordo y circulando a una velocidad de casi 28.000 km/h. Hoy, asistimos al no va más con las últimas misiones de Space X, cuyos cohetes impulsores Falcon 9 y Heavy retornan a sus bases de despegue para ser reutilizados, algo impensable hace pocos años. Martínez Frías puso unos vídeos de ejemplo sobre este milagroso menester.

Al origen de la Tierra y de la vida le dio el conferenciante un repaso general, y a los cuerpos celestes vecinos de nuestro planeta: la Luna, Marte y los asteroides del cinturón entre Marte y Júpiter, que forman las coordenadas siderales en las que se mueven los protagonistas de su novela y son objetivo de los proyectos espaciales actualmente en marcha, principalmente colonizar nuestro satélite y obtener de los asteroides próximos los recursos minerales que se necesitan en el planeta azul.

«Después vendrá la colonización del planeta rojo», advirtió el orador, en el que desde hace años hay sondas y róveres horadando su corteza y misiones internacionales en marcha que a medio plazo situarán al hombre en su regolito basáltico. Entre agencias espaciales y empresas privadas se reúne hoy suficiente ambición y potente fuste económico para financiar y emprender la aventura marciana. «Se sabe que Marte tuvo ríos, mares, océanos, desiertos, etc. –afirmó Martínez Frías–. Va a ser el escenario fundamental donde se va a desarrollar la actividad humana en el próximo medio siglo». Dejó el conferenciante otras perlas flotando en el límpido aire de la cúpula: «La ciencia no necesita una justificación para desarrollarse (…) Meter dinero en el espacio no es un gasto sino una inversión (…) La ciencia asociada con el espacio produce retornos crematísticos y cada euro invertido se multiplica por diez o por veinte».

Parámetros incomprensibles para la mente

En la bóveda del planetario se hizo patente la anchurosa sapiencia del conferenciante en cuanto a lo que acontece en el universo cuajado de estrellas que nos envuelve y se hace visible del ocaso al orto, cuya comprensión se escapa a las entendederas de esa insignificancia sideral llamada hombre, o terrícola, habitante desde hace un millón de años de un minúsculo planeta de 4.500 millones de años de antigüedad que gira sobre su eje trasladándose al albur de las estaciones en un vasto y negro vacío conocido como Sistema Solar, a su vez a la deriva en un océano infinito cuajado de galaxias. «Se calcula que el universo alberga unos 200.000 millones de galaxias, y sólo la nuestra contiene un trillón de planetas», dijo Martínez Frías, dejando congelada a la audiencia con tan colosal e inconcebible cantidad.

Hizo alarde el científico de maestría con las magnitudes astronómicas. Aparte de las velocidades y distancias medidas en años-luz, cifró en «un millón de dólares lo que cuesta enviar un kilo de material al espacio, sea alimentos o infraestructuras». De la riqueza obtenible de los asteroides que vuelan a ciegas cargados de minerales estratégicos como hierro, cobalto, oro, níquel, platino, zinc, iridio, rutenio, rodio, tierras raras… elementos fundamentales que se hallan en cuantos productos de última generación usamos a diario y cuya demanda aumenta vertiginosamente, calculó el ponente su valor dinerario en quintillones de dólares. «Se ha evaluado que hay entre medio y un millón de asteroides en el cinturón entre Marte y Júpiter cuyo valor ascendería a 700 quintillones de dólares». Resulta que un quintillón es un millón de cuatrillones; o dicho en guarismos, 10 elevado a la 30ª potencia. Esto no entra ni con presión neumática en cabeza humana, ni siquiera asistida por la IA (salvo en la de Martínez Frías y puede que en las de Einstein y Hawking).

«De ellos –dijo el orador–, unos 28.000 andan cerca de la Tierra». Y muchos, digo yo, a un tiro de piedra. Su sentencia al respecto del aprovechamiento como materia prima fue fulminante para quienes dudan de las bondades de gastarse el peculio en salir al exterior cuando tenemos tan graves problemas que resolver en casa: «Estamos contaminando los lagos, los ríos y los océanos. Si encontramos los minerales fuera, no estropearemos más nuestro planeta». Y señaló algunos datos que corroboran el aserto: «En 1950, éramos 2.500 millones de personas; en 2010, alrededor de 7.000 millones; 8.000 millones en 2022; y se estima que para el 2070 vamos a ser alrededor de 10.000 millones, tal vez más (…) Por tanto, se necesita buscar recursos fuera, o de lo contrario habrá que inventar algún tipo de reciclaje para no estar consumiendo y destrozando nuestro planeta».

Una generación privilegiada

Pero no sólo su valor y las ventajas medioambientales son el principal atractivo de estos cuerpos celestes minúsculos que deambulan sin ton ni son por los predios solares como cajas de caudales atiborradas de riquezas. «Hay que acudir al pasado y a los asteroides para ver el origen de la vida en la Tierra», afirmó el insigne doctor en geología. «Si queremos saber cómo era la materia primitiva a partir de la cual se formó nuestro planeta y surgió también la vida, tenemos que acudir a investigar la materia fuera de la Tierra, la que llega a través de los meteoritos. Y los asteroides son los cuerpos padres –y madres, dijo– de los meteoritos. Los asteroides son una especie de viaje en el tiempo a nuestro pasado más remoto, que nos permite conocer cómo era la materia de los planetesimales». En tres meteoritos de los recientemente estudiados, según Martínez Frías, se han encontrado bases nitrogenadas. «En el sistema solar es posible encontrar carbono, aminoácidos, fullerenos, ácidos carboxílicos… es decir, los compuestos orgánicos en material extraterrestre que constituyen los ladrillos fundamentales para la emergencia y el desarrollo de la vida», aseveró.

Hay que acudir al pasado y a los asteroides para ver el origen de la vida en la Tierra

El conferenciante dijo con orgullo que «somos la generación que está viviendo los primeros pasos científicos, tecnológicos y socioculturales que llevarán al ser humano de la Tierra al espacio, con todo lo que ello conlleva como desafío presente y futuro. Estamos siendo testigos excepcionales de un momento que en el futuro formará parte de las enciclopedias. Pronto tendremos una generación interplanetaria, cuando la vida dé el salto a otro planeta». Dijo que la humanidad se está abriendo al espacio con todas sus disciplinas y este va a ser el escenario en el que se van a desarrollar todas las actividades –tecnología, arquitectura, biología, geología, medicina, psicología, robótica, recursos naturales, comunicaciones, etc.–. Vino a decir también que la exploración del cosmos forma parte del afán del hombre por explorar otros territorios, como ha pasado a lo largo de la historia de los descubrimientos, en este caso encaminada al exterior del planeta.

Habló de la Luna como un gigantesco fósil a tres días de viaje que ha permanecido inalterable durante millones de años y nos permite comprender cómo se formó nuestro planeta. «Hay un proyecto con financiación para la implantación de bases en el polo sur de la Luna», dijo Martínez Frías, señalando el proyecto Artemisa, la misión que va a poner de nuevo al hombre en nuestro satélite y está en marcha en varias fases. «Hay 53 países suscritos y una tripulación prevista, y se está evaluando su financiación, sus posibles recursos y su reparto legal», dijo. Habrá que proveer que las infraestructuras en la superficie estén blindadas a la radiación solar, o excavar cuevas que sirvan de escudo a los asentamientos de los colonos para estar a resguardo de las peligrosas acometidas de la radiación ultravioleta del astro rey.

Mano a mano en el Colegio de Geólogos

Mientras contemplaba extasiado su disertación desde mi reclinatorio del patio de butacas, una cosa me llamó de nuevo la atención de Martínez Frías. Y digo de nuevo porque siempre que he asistido a sus discursos me he llevado la misma e inmejorable impresión, pero en esta ocasión especialmente, quizás por el fastuoso escenario y el concurrido auditorio: su relajada apostura, su dominio de la escena, su firmeza ante el auditorio, su perorar sin papeles, su ceremonial oratoria, su confianza en sí mismo. Se dirige a 250 personas con el mismo aplomo y sencillez que si estuviera en una mesa con media docena o con 80.000 espectadores en un estadio de fútbol. Sólo pensar en ponerme en su epidermis… se me eriza la melanina, se echan a temblar mis canillas, entran en acción las glándulas sudoríparas de los huecos poplíteos y asoma con ganas la hiperhidrosis facial.

Sé muy bien lo que digo porque las pasé canutas una vez que tuve el privilegio, en 2016, gracias a las artes anfitrionas del ángel de la guarda del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, nuestro común y simpar amigo Enrique Pampliega Higueras, de compartir estrado con él en sendas conferencias impartidas en el «Foro sobre Geología y Minería Espacial», encuadrado en la XVI Semana de la Ciencia de Madrid y el II Curso de Planetología y Astrobiología. En aquel mano a mano sufrí una derrota moral en toda regla, pues Martínez Frías dio una conferencia breve, ilustrada, contundente y brillantísima, mientras yo leí un tocho de papel denso e infumable. Tuve la ocurrencia de adormilar a la concurrencia, conformada por medio centenar de profesionales, mientras el maestro los levantó de la silla.

Puedo decir, por tanto, con sobrada autoridad empírica y mi pericial ojo clínico para descubrir sabios que pasean por la calle sin luenga barba blanca ni retortas de vidrio y alambiques de cobre, que Jesús Martínez Frías es un druida postmoderno ante cuyo magisterio no cabe sino descubrirse. No en vano es doctor en ciencias geológicas, experto en geología planetaria y astrobiología, jefe de investigación de meteoritos y geociencias planetarias del CSIC, presidente de la Red Española de Planetología, académico de la Real Academia de Doctores de España y de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, científico de la ESA y de las misiones actuales de la NASA en Marte –róveres Curiosity y Perseverance–. Además, es colaborador de diarios como «ABC», «La Razón» y «El Mundo», y de publicaciones científicas como las prestigiosas revistas «Science», «Nature» y «Muy Interesante».

Ha participado en medio centenar de proyectos de investigación, nacionales e internacionales, destacando sus estudios sobre meteoritos, cráteres de impacto y megacriometeoros. Destacable es su afiliación a la misión de la NASA/SETI para el estudio de las Leónidas (lluvia de meteoros provocada por el paso del cometa Tempel-Tuttle, grosso modo). También la realización de campañas científicas para el estudio de ambientes extremos planetarios en la Antártida, Islandia, Mauritania y Costa Rica. O la dirección científica relacionada con la fabricación de simulantes regolíticos para la Luna, Marte y asteroides. Y la dirección científica de la puesta en órbita de un picosatélite en un cohete Falcon 9 de Space X portando basalto de Lanzarote, proyecto relacionado con la habitabilidad lunar. Como guinda del pastel curricular –algo que a mí me tiene fascinado–, es adiestrador de astronautas de la ESA (europeos), de la NASA (americanos) y de la JAXA (japoneses), y lleva ya 15 pilotos espaciales entrenados en su cuartel general del laboratorio de geociencias de Canarias, en el parque nacional de Timanfaya, en Lanzarote, donde se destierra para esta labor cada dos por tres.

El cierre de la trilogía de la magnetita

Fruto de la destilación minuciosa de tan vasto conocimiento y experiencias en tantas y dispares materias («¡No te pido que me lo superes –decía José Mota–, sólo iguálamelo!»), junto a la arúspice visión a largo plazo del cacumen lubricado de ciencia del autor, nace la novela que se presentó en el planetario el jueves 6 de febrero de 2025, a continuación de la conferencia antedicha y sin solución de continuidad. «La dimensión intangible», que ha sido editada soberbiamente por la editorial tinerfeña Kinnamon, remata la trilogía dedicada a la literatura fantástica de Martínez Frías, cuya primera incursión fue «El mensaje Darwin» (2018), prologada por el conocido escritor e investigador Javier Sierra Albert («Premio Planeta 2017»), que se presentó en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid; y la segunda, «La clave de Birmingham» (2021), presentada en el planetario capitalino y prologada por el divulgador científico Javier Cacho Gómez, astrofísico que tiene una isla a su nombre al sur del continente americano, en Tierra del Fuego –«la isla Cacho», dijo Martínez Frías–, por sus servicios prestados como explorador polar, comandante de la base Juan Carlos I y por su contribución a la promoción de la Antártida. Cacho estuvo presente arropando a Martínez Frías en el estreno de esta tercera criatura literaria de ficción.

Le llegó el turno de hablar de su libro al propio autor, que dio paso a una representación sonora de la conversación mantenida entre la pareja protagonista con que se inicia la obra, introducida por un narrador. Las tres voces retumbaron en la cúpula del planetario con acariciadora sonoridad, enmarcadas con una música tántrico-sideral de fondo y con la portada del libro flotando en el espacio. Por el fascinante escenario, la temática tan peculiar y la idiosincrasia del autor, debo decir que es una de las fórmula más originales y llamativas empleadas para comenzar la presentación de un libro que yo haya visto jamás.

Más allá de la ciencia hay ficción y más allá de la ficción hay ciencia

Cuando acabó el breve audio de la ficción, dos de los tres actores de doblaje que hicieron la alocución y estaban presentes en la sala (Míriam Cordón y Quique Martínez; el ausente era Fer Guillén) se pusieron en pie a petición del autor de la novela para recibir el aplauso del público por tan acertada dramatización, que fue un regalo sorpresa que grabaron a propósito para esta presentación. Algo comprensible si desvelamos que uno de ellos, el narrador omnisciente, Jesús Enrique Martínez Martín, es precisamente el hijo de Jesús Martínez Frías, que además de geólogo como su padre es máster en locución y doblaje, en comunicación científica y acaba de recibir la titulación de un doctorado en educación. Ya se sabe que de tal palo…

Viajar al futuro para volver y contarlo

El autor de «La dimensión intangible» facilitó a la expectante concurrencia unas pildorillas sustanciosas de su contenido, sin desvelar la chicha del meollo que ha previsto en sus páginas, lógicamente. Dijo que la acción de la novela «transcurre en el año 2100». ¿Por qué centrar la acción en ese año precisamente?, se preguntaría el público. El mismo autor confesó su debilidad ante la notable audiencia: «He limitado el ámbito de la trilogía a 2100 porque me siento incapaz de “ver” lo que seremos capaces de hacer dentro de mil años».

Apuesta un servidor en el prólogo del libro a que el autor ha viajado a ese futuro –bien mirado, no tan lejano–, para darse un garbeo triangulando el espacio cercano a la Tierra y, desde los albores del siglo XXII, ha vuelto a nuestros días en su cápsula del tiempo para contarnos en el presente lo que algún día verá y hará la humanidad, lo que se encontrarán nuestros deudos dentro de 75 años. Tanta es su imaginación como su virtud cabalística… y a saber qué otros poderes ocultos.

El argumento de la obra gira en torno al «Mensaje Darwin», unas señales legadas a la humanidad por una supuesta civilización extraterrestre en forma de cristales de magnetita puestos en rocas y minerales ubicados en la Luna, Marte, la Tierra y un asteroide que tienen en común su nombre: Darwin. Estos cristales de magnetita colonizan nuestro cerebro a razón de millones por gramo –esto no es ficción sino una verdad empírica– y su activación desencadenaría un sorprendente cambio evolutivo en el ser humano.

«El tema no surgió por casualidad –señaló Martínez Frías– sino que tiene un fundamento científico real basado en datos de investigaciones geológicas y astrobiológicas sobre las magnetitas descubiertas en nuestro cerebro y las descubiertas en el meteorito de Marte ALH84001. Esto es lo que a mí me permitió realizar esa conexión y pensar que aquí había materia para una obra de ficción». Los millones de microcristales de magnetita que portamos en la nuez craneal fueron descubiertos en el año 1992 y aún no se sabe cuál es su misión en nuestro cacumen, pues, según el artífice de la novela, «se está cartografiando ahora, al igual que las magnetitas del meteorito marciano para ver si son biogénicas o no».

Se reparten los papeles protagonistas una treintena de personajes capitaneados por dos astronautas principales, Anna Williams y David Martín, que han sufrido una transmutación cuyo origen está en los cristales de magnetita y esto les facilita cambiar de dimensión a voluntad. Ellos son humanos, como tantos otros astronautas, geólogos planetarios, microbiólogos, ingenieros, astrofísicos, etc., que desfilan por las páginas de la novela, pero también hay robots, «humanitones» –los SER– y androides tan avanzados que son capaces de replicar formas humanas o animales a voluntad. «¿Un guiño del autor a la saga “Terminator”?», me pregunto en el prólogo. A ellos se añade la aparición de referencias a grandes próceres de la ciencia como Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, o James Hutton, uno de los padres de la geología moderna, ambos pertenecientes a la Sociedad Lunar de Birmingham; así como Benjamin Flanklin, Williams Herschel, Joseph Banks, David Hilbert, Albert Einstein y otros más.

Adelantarse al tiempo sin saberlo

En cuanto al intríngulis de la obra, Martínez Frías debió comer setas en mal estado cuando se puso a pergeñar la trama. Sólo así se explica la inspiración que le llevó a adelantarse a la ciencia moderna y describir en su novela la sintomatología de la magnetita y sus posibles alcances en el organismo humano, territorio inexplorado en el que, sin saberlo el autor cuando perpetró la primera novela hace ocho o nueve años, se iban a adentrar posteriormente los investigadores tratando de encontrar respuestas a uno de los mayores misterios de la humanidad: el cerebro.

Los avances recientes aventuran que la magnetita podría actuar como mediador o transmisor neuronal de información y alterar las capacidades cerebrales cuando se expone a frecuencias electromagnéticas determinadas. Ese mineral magnético natural que puebla nuestra masa encefálica es un óxido de hierro –Fe₃O₄– que podría actuar sobre la conciencia, es decir, más allá de los confines físicos de nuestra cavidad craneal. Esta nueva hipótesis está provocando debates en la neurociencia y la biología cuántica, invitándonos a repensar la naturaleza de la mente humana y su interacción con el universo. Martínez Frías viene a sugerir en su novela que la magnetita influye en la comprensión de la cognición, la percepción y la esencia de la conciencia, cuyo primer síntoma se manifiesta en la telepatía tecnológica con la que se comunican los protagonistas de la novela desde distancias planetarias.

No diré más del armazón de la obra ni de la bien cimentada trama para no reventar la curiosidad de los futuros lectores y que puedan, como me he permitido señalar en la conclusión del prólogo, «disfrutar de esta sorprendente e interesantísima maquinación de Jesús Martínez Frías, el científico, el escritor, el nigromante, el amigo que con encomiable trabajo, imaginación a raudales y notable esfuerzo documental ha escrito una obra impactante, imprescindible, imperecedera, en la que se nos muestra la posible evolución de la vida y en la que se concentra todo el espíritu y la razón de la ciencia-ficción».

La media hora del debate

Cuando se extinguió la ovación del entregado público al insigne orador, fue el director del planetario quien dio paso al interesante coloquio que se estableció entre el autor y su multidisciplinar audiencia, que quiso saber más cosas del espacio exterior y del futuro relatado por Martínez Frías en su novela. La duración de los viajes tripulados a Marte fue una de las inquietudes despertadas en el debate. «Entre seis y diez meses por trayecto», contestó el científico. Efectivamente, dependiendo de las condiciones de alineamiento planetario, la distancia más cercana de la Tierra al cuarto planeta del sistema solar es de 54 millones de kilómetros, y de 400 millones en su posición más alejada en la elíptica. «Aunque es posible hallar las condiciones que permitan abreviar la travesía a cuatro meses», afirmó.

Otra cuestión de actualidad planteada fue la posibilidad de que alcance la Tierra el meteorito 2024 YR4, una roca de 40 a 90 metros de largo que, según anuncian los periódicos estos días, puede impactar en algún lugar de nuestro planeta el 22 de diciembre de 2032. Martínez Frías le quitó hierro al asunto y habló de las mínimas posibilidades de que esto ocurra, aunque aún es pronto para sacar conclusiones.

Se inquirió al ponente sobre si el regolito marciano se analizará en Marte o en la Tierra, sugiriendo el riesgo de que pudiera haber alguna amenaza oculta –«Alien» ha hecho mucho daño–. La contestación fue: «Se analizará aquí; hay un programa sanitario para prevenir que algo vivo pudiera llegar a la tierra; y a la inversa, que llevemos nosotros algo que suponga un riesgo contaminante para otros cuerpos celestes». Volvió a insistir Martínez Frías sobre que «en los meteoritos lunares y marcianos se han encontrado compuestos orgánicos, pero nada vivo en ninguna parte. Ni planeta, ni satélite, ni meteorito, ni cometa, ni nada».

Enviar objetos al espacio

Alguien preguntó si en las actuales misiones se envían al espacio objetos como se llevó un disco con música en un viaje del Apollo. Dijo Martínez Frías que «los astronautas portan objetos personales, incluso uno dejó en la Luna una fotografía de su familia, pero ahora no se lanza nada parecido a los discos de oro de las sondas Voyager que preparó Carl Sagan en la NASA para enviar un mensaje al cosmos que fuera capaz de sobrevivir millones de años (…) Además, se ha debatido si era inteligente enviar información al espacio para que otros mundos puedan saber quiénes somos, dónde estamos y cuál es nuestro nivel de progreso, etc.». Bromeó Martínez Frías, y el público respondió con una carcajada, al afirmar: «Ya sabemos lo que pasa cuando una civilización más avanzada se encuentra con otra menos avanzada».

Es posible que en 2035 o 2040 haya una expedición para viajar a Marte, pero la misión tripulada será de ida y vuelta. Nadie querrá quedarse allí para morir

Al respecto, intervino el director del museo para contar que dos años después de la muerte de Stephen Hawking se lanzó al espacio, desde la estación espacial de Cebreros (Ávila), un mensaje de paz grabado por el malogrado astrofísico. Telmo Fernández aprovechó para revelar que la Agencia Espacial Europea celebra este año su 50º aniversario, que también lo es de la estación de Cebreros, y además se cumple el 200º aniversario del nacimiento de Johann Strauss, cuya música se utilizó en la película de Stanley Kubrick «2001, una odisea del espacio» (1968). «Pues bien –afirmó Fernández Castro–, el próximo 25 de mayo habrá un concierto de música de Strauss en el planetario para celebrar sendas onomásticas. Pero, el concierto, a cargo de la Orquesta Filarmónica de Viena, no tocará en el planetario madrileño sino desde la capital austríaca, y se oirá aquí y en Nueva York, y la señal se transmitirá al espacio desde la estación española».

Si se contempla mandar gente a Marte para que se quede o para que vuelva, fue otra pregunta lanzada al ponente, innecesaria por la lógica aplastante de la respuesta. «Es posible que en 2035 o 2040 –dijo Martínez Frías– haya una expedición preparada para viajar a Marte, pero la misión tripulada será de ida y vuelta. Nadie querrá quedarse allí para morir». Otra cuestión se enfocó a las expectativas de encontrar vida en la exploración de las lunas de Júpiter y Saturno. «Hay varios objetivos biológicos en esos satélites, pero debemos huir de los sensacionalismos de la prensa porque no hay ninguna evidencia de vida hasta ahora en ninguna parte», insistió, tajante, Martínez Frías.

Otras preguntas impertinentes, como la teoría de cuerdas y el posible salto a un multiverso que formara parte de otro universo –échale hilo a la cometa–, redondearon el entretenido coloquio, que se alargó por lo interesante de las respuestas del conferenciante. Menos mal que a nadie le dio por preguntar por el meteorito que metió en la parrilla a los diplodocus, pterodáctilos y tiranosaurios hace 65 millones de años, que si no se hubiera alargado el cierre hasta el toque de retreta en el parque que lleva el nombre del viejo profesor Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid en la Transición y famoso por posar con la ubre macilenta de la vedete y actriz del destape Susana Estrada.

Seguir en la senda abierta

«Más allá de la ciencia hay ficción y más allá de la ficción hay ciencia», dijo el escritor para concluir el acto. Se despidió bajo una lluvia de aplausos retumbando en la cúpula, a la vez que daba las gracias a todos cuantos han contribuido a que este nuevo libro vea la luz. Sólo le faltó componer la figura, ajustarse los caireles y salir a hombros de los feligreses por la puerta grande del planetario.

El director Telmo Fernández invitó a quien quisiera a llevarse un ejemplar de la obra dedicada, y por la cola que se formó en la tienda de suvenires del planetario, lo más probable es que el autor se dislocara la muñeca en el empeño de firmarlos, igual que yo perdí las cutículas tomando notas durante la sesión para dejar constancia escrita de este hecho extraordinario, que no irrepetible porque estoy convencido de que el autor no abandonará la senda emprendida.

Brindo porque así sea y persevere en ese camino abierto machete en mano en la jungla insondable de la ciencia-ficción. Y me alegro del triunfo literario sin paliativos del científico y amigo Jesús Martínez Frías.

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PRIMITIVO FAJARDO nació en La Roda (Albacete) y es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Lleva ejerciendo el oficio cuatro décadas en distintos medios de comunicación y diferentes sectores, donde ha desarrollado muy diversos empeños en casi todas las ramas relacionadas con la información y la comunicación impresa y audiovisual: fotografía, diseño, ilustración, maquetación, redacción, edición y dirección. Ha escrito tres libros propios y centenares de artículos y reportajes, guiones para audiovisuales y vídeos de empresa, memorias y documentos de toda índole y para distintos medios, empresas y agencias de publicidad, y ha editado una veintena de libros de gran formato de distintos autores y materias. Trabajó durante un lustro en el diario deportivo AS y, sucesivamente hasta la actualidad, ha sido director de las revistas Carreteras, Potencia, Canteras y Explotaciones, Equipos & Obras y OP Machinery, destinadas al mundo de la maquinaria de carreteras, obras públicas, minería y construcción. Ha colaborado en publicaciones institucionales como: Fomento, CEIM, Aldeas Infantiles, AECC, AERCO, IRIS y Especial Mandos; en revistas de automoción: Top Auto, Top Moto, Motor16, Cuadernos de Logística, Todotransporte y Transporte Profesional; en el sector militar y aeronáutico: La Coronelía, Avion Revue, Fuerza Terrestre, Fuerza Aérea y en la web AviaciónDigital.com; y en las revistas rodenses «La Miliaria» y «Plaza Mayor». Ha sido miembro del Comité Organizador del Salón Internacional de Maquinaria de Obras Públicas, Construcción y Minería (SMOPYC), que organiza la Feria de Zaragoza. En 2010 fue galardonado con el premio de poesía Sancho Panza, en la Casa de Castilla- La Mancha, y se haya en posesión de la Medalla de Honor de la Carretera, concedida por la Asociación Española de la Carretera ese mismo año.

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