Hubo un tiempo en que los imperios conquistaban tierras con ejércitos y cañonazos. Ahora lo hacen con planes de reconstrucción, contratos blindados y discursos en la Casa Blanca. Aunque, para ser justos, hoy algún que otro país -Rusia, por ejemplo- también conquista a cañonazos. No con discursos almibarados ni promesas de reconstrucción, sino con la vieja receta de artillería, blindados y fuego a discreción. Distintos métodos, mismo resultado: una tierra arrasada y un pueblo sometido. Lo de Gaza no es nuevo. Solo es una versión más pulida del viejo expolio. Como cuando los romanos demolieron Cartago y sobre sus cenizas levantaron una provincia del Imperio. O como cuando los europeos se repartieron África con escuadra y cartabón, sin preguntar a los paisanos del lugar qué les parecía aquello de cambiar de dueño.
Esta vez, la maquinaria de demolición se ha disfrazado de inversión extranjera. El presidente estadounidense, con su sonrisa de vendedor de enciclopedias, ha soltado la bomba: Gaza será reconstruida, convertida en un paraíso de hoteles y centros comerciales, y —esto es lo mejor— directamente anexada a los intereses de Washington. Con la excusa de pacificar la región, la administración yanqui ha dado luz verde a un proyecto que haría sonrojarse al mismísimo Cecil Rhodes.
Los cadáveres aún están calientes. Los supervivientes, amontonados en campos de refugiados que cada día se parecen más a campos de concentración. Y en Washington ya están vendiendo apartamentos con vistas al mar. Porque los negocios no entienden de luto ni de vergüenza. Se han vendido ya terrenos, se han hecho planos, se han firmado contratos con firmas constructoras israelíes y norteamericanas. Empresas con experiencia en sacar tajada del dolor ajeno. Nada personal, solo negocios.
El plan es brillante, si uno tiene el estómago de una hiena. Se desalojan dos millones de palestinos —a la fuerza, por supuesto— y se les envía a Europa, porque algún incauto en Bruselas dirá que hay que acogerlos con solidaridad y derechos humanos. Luego, sobre la devastación, se levantan torres de cristal, puertos deportivos y centros de convenciones. Y el dinero, cómo no, va a parar a las mismas manos de siempre.
No se engañe nadie. No se trata de reconstrucción ni de ayuda humanitaria. Se trata de la vieja estrategia del botín de guerra. Israel ha reducido Gaza a escombros con la intención de castigar a Hamás, pero ya de paso se hace con más territorio. Espacio para negocios, espacio para colonos, espacio para intereses estratégicos. No hay mayor expolio que la expulsión de un pueblo entero. Y eso es lo que está ocurriendo, con la bendición de la Casa Blanca.
El derecho internacional se ha ido por el sumidero hace mucho tiempo. La Corte Penal Internacional, esa a la que ningún gobierno de Washington ha hecho caso en la vida, ya ha sido convenientemente neutralizada. Nada de sanciones. Nada de juicios por crímenes de guerra. En lugar de eso, el nuevo presidente ha decidido castigar a quienes se atrevan a investigar a sus aliados. Sanciones, prohibiciones de visado y presiones diplomáticas para asegurarse de que nadie moleste a los arquitectos de esta atrocidad.
Algunos ingenuos dirán que es un plan de desarrollo, que Gaza por fin tendrá estabilidad, que los palestinos podrán rehacer su vida en otra parte. Pero, ¿qué otra parte? No los quieren en Egipto. No los quieren en Jordania. No los queremos en Europa, aunque algunos políticos de despacho insistan en lo contrario. Son un estorbo, una molestia, una nota al pie en los libros de historia. Gaza será un proyecto de inversión, una colonia sin indígenas.
No se habla de esto en los foros internacionales, claro. La ONU emitirá sus condenas rutinarias y los líderes europeos harán un par de discursos indignados antes de volver a sus cumbres y cenas de gala. Los que controlan el tablero saben que el ruido mediático es pasajero. Un par de semanas de protestas y el mundo pasará página.
Es el saqueo de siempre. Con drones en lugar de caballos. Con discursos en inglés en vez de latín o francés. Con inversores en Wall Street en vez de corsarios con pata de palo. Pero la esencia sigue siendo la misma: un pueblo expulsado de su tierra y una banda de forajidos internacionales frotándose las manos ante el negocio del siglo.
Y mientras los palestinos son empujados a la nada, en Washington alguien alzará una copa de champán. Porque en la era de la globalización, el imperialismo no ha muerto. Solo ha aprendido a vestir de traje y corbata.
Pero no acaba aquí. La sombra de Washington se extiende más allá de Gaza. Al otro lado del mundo, Ucrania arde bajo otro tipo de ocupación, disfrazada esta vez de ayuda militar y resistencia heroica. Trump, como sus predecesores, ha convertido el conflicto en un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven según los intereses de la industria armamentística y los fondos de inversión. Como en Gaza, el objetivo no es la paz, sino el negocio. La guerra en Ucrania, alimentada con miles de millones en armamento, se ha convertido en otra mina de oro para Washington.
En el Donbás, mientras las bombas siguen cayendo, se decide el futuro de la geopolítica global. Empresas estadounidenses ya han puesto la vista en los recursos naturales de la región, desde las tierras raras hasta las infraestructuras estratégicas. Ucrania, como Gaza, es otra pieza en el rompecabezas de la dominación global. Y mientras los ciudadanos ucranianos pagan el precio con sangre, en Washington siguen brindando por sus victorias financieras.
Lo de Gaza es solo el principio. Lo de Ucrania es la confirmación. El saqueo sigue, y no tiene fronteras.
