Lo confieso desde la primera línea, como buen pecador reincidente que ya ni pide absolución: no puedo pasar junto a una librería sin detenerme. Soy peor que un perro de caza que olfatea rastro fresco. Me pasa incluso en ciudades que no conozco, en barrios a los que llego por casualidad o por error. Es ver un letrero de “Libros” o una vitrina con más lomo que escaparate y algo dentro de mí —llámalo alma, instinto o condena— me obliga a torcer el paso, como quien no quiere la cosa, y entrar en ese templo de los libros.
Es una dolencia sin cura, una dependencia cultivada con esmero desde la adolescencia. Un placer solitario que no pide permiso y, mucho menos, perdón. He conocido yonkis que se morían por una raya. A mí se me dilatan las pupilas ante una mesa de novedades bien colocada. El cerebro se me pone en ebullición como a otros la sangre. Cada quien con sus pasiones, y yo con las mías.

Hace unos días, empujado por esa otra debilidad mía que son las exposiciones bien montadas, me acerqué al Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid. El MARPA, para los amigos. Sabía que tenían en cartel una de esas muestras que, cuando uno tiene debilidad por Roma, no se deben dejar pasar. Y yo la tengo, qué demonios. He debido leerme todos los libros de Santiago Posteguillo, del primero al último, y aún me descubro buscando en las librerías alguna novela nueva, algún ensayo perdido, algún vestigio literario que me devuelva a las legiones, al Foro, al Senado, a ese mundo que cayó pero nunca murió del todo. Allá que fui. ¡HISPANO! Gladiadores en el Imperio Romano. El título ya es una declaración de intenciones, con esa exclamación que parece sacada de una arenga en el ludus, justo antes de que un tracio y un murmillo se despedacen en la arena.
La exposición merece cada uno de los pasos que te llevan hasta Alcalá de Henares, esa vieja Complutum que aún guarda un regusto romano en el aire. No me voy a detener mucho en la muestra —no es esta una crónica museográfica, aunque podría serlo—, pero sí diré que los organizadores han sabido presentar la épica y la brutalidad de la gladiatura sin convertirla en espectáculo Disney. Hay piezas extraordinarias, paneles didácticos sin ser pedantes, y un hilo narrativo bien urdido. No falta ni el sudor, ni el polvo, ni la sangre. Y eso, cuando uno va buscando Roma, es de agradecer.
Pero ya saben cómo funcionan estas cosas. En todos los museos del mundo, al final del recorrido te espera una tienda. Uno podría pensar que se trata de una encerrona capitalista, una emboscada moderna. Y lo es. Pero algunos emboscados vamos encantados a la celada, porque sabemos que, entre tazas con mosaicos y bolígrafos con bustos de emperador, puede haber oro. O al menos, buenas historias encuadernadas.
En el MARPA, la tienda del museo se llama “Los Viajeros del Tiempo”. Nombre sugerente, no exento de ironía ni de romanticismo, como debe ser. No es grande —más bien un rincón de altos anaqueles y espacio justo—, pero está surtida con criterio, y eso ya es decir mucho. Porque lo importante en una librería no es la cantidad, sino la intención. Y aquí, uno nota que alguien ha decidido qué libros deben estar y por qué. Historia antigua, arqueología, cultura material, recreación histórica, revistas de calidad… No hay relleno, sólo sustancia.
La primera vez que entré -hace unos cuantos años-, lo hice por inercia. La segunda, por costumbre. Y desde entonces ya no es visita al MARPA si no termina en ese templo del papel que guardan, como centinelas de otro tiempo, dos tipos que parecen salidos de una legión perdida. Jaime y Javier, se llaman. Suena casi a pareja de comedias de capa y espada, pero lo suyo es más serio. Son libreros, sí, pero también recreadores históricos, y eso se nota en la manera en la que hablan de cada libro, de cada exposición, de cada pequeño detalle de esa tienda que cuidan como si fuera parte esencial del museo, Porque lo es.
Porque ellos no venden libros, los recomiendan con el fervor de quien los ha leído y los ama. Hablan con pasión del último número de Desperta Ferro, de esa biografía del general romano que nadie recuerda pero que fue decisivo en la guerra de las Galias. Te avisan si viene reedición de algún volumen imposible de encontrar, o si van a traer novedades desde alguna editorial pequeña que aún se preocupa por las tapas duras y el papel de gramaje digno. Mientras tanto, tú brujuleas a gusto entre títulos que te miran desde los estantes como tentaciones sin pecado. Es el paraíso. Pero sin necesidad de morir para disfrutarlo.
El otro día, mientras hojeaba un volumen sobre la Historia de los Dinosaurios del gran Pakozoico —que, por supuesto, acabé comprando—, me contaron que estarán pronto en “Complutum Renacida”, esa cita con la historia que en Alcalá de Henares ya es tradición y rito, donde los fantasmas de Roma vuelven a pasearse, airosos y sin pedir permiso, por las calles de la vieja Complutum. Allí, entre columnas y graderíos improvisados, Jaime y Javier volverán a vestir la túnica y el cuero endurecido del legionario, a colocarse el yelmo con la naturalidad de quien ha nacido en otra época y sólo está de paso por esta. No es la primera vez, ni será la última. Lo suyo no es disfraz ni pasatiempo de fin de semana: es una forma de vida. Recrean la historia como se debe hacer: con fidelidad, con respeto y, sobre todo, con pasión.
Pero no termina ahí la cosa. Porque mientras otros planean vacaciones a la playa o al chiringuito de turno, ellos preparan su próxima campaña de verano en Pompeya. Sí, has leído bien. Pompeya, la verdadera, la que duerme bajo la ceniza del Vesubio y aún respira en piedra y mármol. Allí, en territorio sagrado para cualquier amante de la Antigüedad, Jaime y Javier formarán parte de una recreación histórica internacional que llevará a Italia lo mejor de esta legión de locos cuerdos que desde España están resucitando Roma, no ya en los libros —que también— sino en carne, sudor y disciplina.

Y uno, al escucharlos, no puede evitar sentir algo parecido al orgullo. Porque mientras el mundo se hunde entre pantallas y banalidades, todavía hay hombres que visten el cingulum como si el Imperio no hubiera caído, que afilan su gladius con la meticulosidad de un centurión veterano, y que cruzan fronteras para recordar al mundo que hubo una civilización que inventó la ley, las calzadas y la gloria. Y no lo olvidemos: nosotros también fuimos romanos.
En definitiva, es reconfortante comprobar que aún hay gente dispuesta a vivir la historia, no sólo a leerla. Y más reconfortante aún es ver que esas mismas personas están al frente de una tienda que ofrece conocimiento envasado en libros. En un mundo donde lo digital parece haber condenado al papel a la resistencia, lugares como “Los Viajeros del Tiempo” son fortalezas que no deben caer. Porque una civilización que pierde a sus libreros está condenada a la ignorancia. Y la ignorancia, como bien sabía cualquier romano, lleva al caos. ¡Por Cástor y Pólux, y por todos los dioses tutelares de Roma, que nunca falten templos de papel como el de Los Viajeros del Tiempo!
Así que, lector, hazte un favor. Vete al MARPA. Pasea entre gladiadores y ánforas, entre mosaicos y armas de otro tiempo. Pero no salgas sin detenerte en esa tienda donde te esperan Jaime y Javier, con su charla amena, su saber histórico, y esa complicidad de quien también es adicto al conocimiento. Déjate tentar por un par de libros, o por tres. No pongas límites a lo que puedas aprender. Y si te cruzas conmigo, hojeando en silencio junto a la estantería de Roma, ya sabes: no molestes. Estoy en mi templo. Porque hay quien reza en iglesias y quien medita en soledad. Yo me salvo cada vez que entro en una librería. Y “Los Viajeros del Tiempo” es, créeme, un lugar donde uno puede redimirse con una biografía de Trajano bajo el brazo.


















