A las 12:33 del mediodía, el mundo, o al menos la parte que me toca, se apagó de golpe. Ni un aviso, ni un parpadeo previo. Sólo el repentino silencio de las máquinas, el gemido apagado de la nevera moribunda y la sensación absurda de estar asistiendo a algo propio de las novelas de postapocalipsis que uno leía de chaval.
En menos de cinco segundos, según un atribulado presidente del gobierno, el 60% de la demanda eléctrica nacional se esfumó como el humo de un habano en una tarde de agosto. Quince gigavatios, a la porra. Y allí me quedé yo, mirando incrédulo un interruptor que ya no servía ni para maldecir.
Enseguida saltó la noticia: España entera, y parte de Portugal, fundidas en negro. Lo que hasta entonces era patrimonio de países del tercer mundo, de esos que aún suenan a mapas coloniales y aventuras olvidadas, se plantaba en la moderna, digitalizada y autosatisfecha piel de toro. El palabro en la red, cuando volvió la red, sería blackout.
Red Eléctrica y su tiro en el pie
Hace menos de tres semanas, Red Eléctrica de España, en un alarde de suficiencia digna de quien no ha probado nunca una granizada en mitad del campo, proclamaba en Twitter que en España no existía «ningún riesgo de apagón». Lo garantizaban ellos, los de siempre, los de los despachos acolchados y los informes que no sirven para nada cuando truena de verdad.
Pues ya ven. La realidad, esa dama testaruda que ningún plan estratégico puede domar, vino a decir otra cosa. Y lo dijo a gritos, con las ciudades mudas, los trenes parados y las comunicaciones cortadas como si volviéramos al s. XIX.
La comunicación, esa gran ausente
Pasaron seis horas, seis, antes de que desde La Moncloa alguien se dignara a salir a decir algo. Y no, no fue el Cid Campeador quien habló. Fue un presidente aturdido, visiblemente superado, balbuceando que «aún no sabemos qué ha pasado». Una comunicación de esas que, en vez de calmar los ánimos, te da ganas de echarte al monte con una escopeta.
Porque una cosa es que lo urgente fuera resolver el desastre, cosa que, con más pena que gloria, se fue recomponiendo en unas diez horas. Otra, muy distinta, es que no tengas a alguien, aunque sea un bocazas, diciendo a la población una hora después del desastre, que hay un timonel al frente. Que no somos un barco a la deriva, vamos.
El regreso de las velas y los ecos de Bruselas
Así que, como en las historias de mis abuelos, toco volver al arcén de la memoria. Allí, al fondo del trastero, tras una caja de libros y un par de botas viejas, encontré mi pequeño tesoro: un paquete de velas, amarillentas ya por el tiempo, que compré hace veinticinco años «por si acaso».
Y que mi kit de emergencia, preparado desde mucho antes de que alguien tuviera la desfachatez de llamarlo «kit», no era sino simple sentido común. Linterna, radio de pilas, algo de efectivo —ríase usted del euro digital—, unas mantas, conservas. Lo básico para quien no se fía ni de los mapas ni de los optimistas.
¿Tendrá esto algo que ver con aquel «kit del miedo» que Bruselas recomendó hace poco? No lo sé. Lo que sí sé es que quizás no estábamos tan lejos de la Europa de las tinieblas que tanto nos gusta mirar por encima del hombro. Las crisis energéticas son utilizadas para moldear la opinión pública y mantener a la sociedad en un estado de alerta permanente, facilitando así políticas de control social.
No pude evitar acordarme, mientras encendía una vela como un monje medieval, de aquellas campañitas que empezaron a sonar en 2021 sobre el famoso “gran apagón”. Lo soltaron entonces en los medios, en foros internacionales de postín como el Foro Económico Mundial, y hasta algún político occidental con ínfulas de profeta se animó a advertirnos. Todo muy oportuno, todo muy bien hilado. No era casualidad: aquello formaba parte de una estrategia para ir preparando el terreno, justificando a golpe de miedo —apagones, pandemias, crisis de desabastecimiento— un creciente control estatal y, en última instancia, una transición hacia un modelo de gobernanza globalista. La vieja receta de siempre: asusta lo suficiente al personal y pedirán a gritos la mano dura. Pura ingeniería social de manual, pero eso sí, envuelta en celofán de buenas intenciones.
¿Cómo pretenden garantizarnos que mañana no caeremos otra vez en la oscuridad si hoy, con toda su tecnología, no saben ni explicarlo?
Nadie sabe nada: un retrato de la vulnerabilidad
Lo peor no fue el apagón. Ni siquiera las horas sin café, sin wifi, sin esa música de fondo que ya ni oímos. Lo peor fue, y sigue siendo, el no saber. Porque el propio presidente lo dijo: «No sabemos qué ha pasado» ¿Un ciberataque? ¿Un fallo humano? ¿Una avería monumental? ¿Un ataque de estupidez colectiva? Todo está sobre la mesa. Y mientras no lo sepamos, mientras no haya certezas, cada noche puede ser la próxima.
La presidenta de Red Eléctrica: una desaparición misteriosa
Por si fuera poco, 24 horas después del mayor desastre energético en nuestra historia reciente, la presidenta de Red Eléctrica sigue sin dar la cara. Ni rueda de prensa, ni declaraciones, ni siquiera un «estamos trabajando en ello».
¿Estaba en el extranjero? ¿Se había metido en un búnker? ¿La había abducido el mismo agujero negro que se tragó nuestros gigavatios? Misterio.
El precio de la soberbia y las falsas seguridades
Hace años, en nombre del progreso, nos embarcamos en una cruzada contra todo lo que oliera a pasado: nucleares, combustibles fósiles, hasta el dinero en efectivo. Todo sería limpio, resiliente, ecológico, maravillosamente digital y con perspectiva de genero. Y aquí estamos. Con velas, sin energía, con los molinillos al viento parados porque también necesitan una red estable para funcionar. ¿Cómo pretenden garantizarnos que mañana no caeremos otra vez en la oscuridad si hoy, con toda su tecnología, no saben ni explicarlo?
Más allá de la anécdota técnica o de la búsqueda de responsables, este episodio nos obliga a reflexionar sobre la verdadera importancia de las infraestructuras críticas, la sensación de abandono que emerge en estos contextos y la necesidad, tantas veces postergada, de contar con planes de contingencia robustos y realistas. De repente, nada funciona, y la sensación es que lo único que puedes hacer es rescatar la radio a pilas del abuelo que dejaste en un olvidado cajón y sentarte en un sofá a escucharla, mientras ves cómo todo se detiene a tu alrededor. Joder, me vino a la mente mi abuela escuchando «el parte».
Ya no es cuestión de si puede pasar. Es cuestión de cuándo volverá a pasar
Aunque los detalles sobre su origen siguen bajo investigación, con informes hipotéticos iniciales apuntando a un posible ciberataque dirigido a sistemas de interconexión eléctrica —lo que parece acomodarse a los intereses del gobierno—, lo realmente importante no es la causa, sino la clarísima evidencia de nuestra brutal vulnerabilidad estructural.
Las infraestructuras críticas —electricidad, agua, transporte, comunicaciones, sanidad— son el soporte esencial sobre el que se construye la vida contemporánea. Su interrupción, aunque sea por unas horas, revela hasta qué punto dependemos de sistemas complejos e invisibles. Cuando la luz se apaga, no solo se detienen trenes y semáforos: colapsa el comercio, se interrumpen transacciones financieras, se suspenden cirugías y tratamientos médicos, y la información deja de fluir.
Cada hora sin luz supone millones en pérdidas económicas y un daño incalculable en términos de confianza y bienestar. La economía, la seguridad y la salud pública quedan en suspenso. Y Ahora, la pregunta del millón ¿puede volver a pasar? Si, el sistema sigue siendo vulnerable. Los apagones pueden repetirse porque:
- Las fuentes renovables no aseguran estabilidad ni previsibilidad.
- Se han desmantelado fuentes de generación firmes.
- La red eléctrica no se ha modernizado acorde a la expansión de renovables.
- No existe una estrategia nacional de seguridad energética actualizada.
- Se ha incentivado un modelo energético frágil y dependiente de las condiciones climáticas.
Cuando cayó la noche: la España de las estrellas y los murmullos
Cuando cayó la noche y la oscuridad empezó a hacerse dueña de calles y plazas, mientras pensaba si España entera sucumbiría al pillaje y a la barbarie como en las películas malas, decidí salir a mirar las estrellas. El cielo, por primera vez en años, estaba limpio de contaminación lumínica: un manto negro tachonado de luces que me reconectó, aunque fuera por un instante, con algo primitivo y hermoso. No fui el único. Allí, en otro jardín, distinguí a un vecino que, mientras encendía un pitillo, sentenció al viento: «Esto con Franco no pasaba». No pude por menos que sonreír. Y seguir mirando hacia arriba, hacia un cielo que, de puro limpio, daba hasta miedo.
Luces fuera, dudas encendidas
El error más peligroso es pensar que los sistemas actuales son intrínsecamente seguros o que los fallos son excepcionales. No basta con confiar en la improbabilidad de un fallo sistémico: la resiliencia —esa capacidad de absorber el golpe y seguir adelante— debe ser un objetivo prioritario.
Este apagón de abril de 2025 no es solo un incidente técnico: es un aviso brutal de la vulnerabilidad de nuestras sociedades hiperconectadas. Las infraestructuras críticas no pueden darse por supuestas. Requieren inversión, vigilancia, mantenimiento constante y, sobre todo, capacidad de anticipar y gestionar lo inesperado.
Al final, la enseña que queda entre tanta penumbra no es correr a refugiarse bajo la cama, sino hacer justo lo contrario: prepararse, pero con la cabeza fría. Nada de tragarse el pánico que te inoculan a diario desde las pantallas. Hay que buscar información por vías alternativas, no limitarse al menú precocinado de los medios oficiales que sólo sirven lo que interesa. Toca defender con uñas y dientes la soberanía energética —esa que algunos se afanan en desmontar— y exigir responsabilidades, que para eso los que mandan cobran y no poco. Porque si algo ha quedado claro en todo este embrollo es que el miedo, bien agitado, es el arma más eficaz para domesticar sociedades enteras. Y la única vacuna real que tenemos contra eso es estar informados, estar preparados y, sobre todo, no dejar que nos dobleguen la cabeza.
















