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El alumbre, mineral crítico en el siglo XV

Un libro de Salvador Mirete Mayo editado por el Ilustre Colegio Oficial de Geólogos.

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Hay minerales que entran en la historia haciendo ruido. El oro, por ejemplo, siempre ha tenido vocación de fanfarria, de corona, de codicia y de guerra. La plata ha pagado imperios. El hierro ha levantado ejércitos, puentes y fábricas. El carbón ennegreció ciudades y alumbró revoluciones industriales. Y luego están los otros. Los discretos. Los que no suelen aparecer en los grandes relatos, pero sin los cuales una época entera habría funcionado peor, habría vestido peor o habría comerciado con más dificultad.

El alumbre pertenece a esa segunda familia: la de los minerales humildes que, cuando uno se descuida, descubre que sostenían medio mundo.

Eso es precisamente lo que cuenta Salvador Mirete en El alumbre, mineral crítico en el siglo XV, un libro que tiene la virtud de convertir una materia prima casi olvidada en una puerta de entrada a la historia económica, minera y geológica de la Baja Edad Media. Porque el alumbre, dicho así, suena a palabra antigua, a botica, a taller de tintorero, a mineral de esos que uno cree que sólo interesan a especialistas con lupa, martillo y paciencia franciscana. Pero en el siglo XV fue mucho más que eso. Fue un recurso estratégico. Un mineral crítico antes de que se pusiera de moda hablar de minerales críticos. Y eso, leído desde nuestro tiempo, tiene bastante miga.

Hoy nos pasamos el día hablando del litio, del cobalto, de las tierras raras, del cobre, de los semiconductores, de la dependencia de China, de las cadenas de suministro y de todos esos asuntos que parecen propios de una economía sofisticada, digital y modernísima. Pero la historia demuestra que cada época tuvo sus propios materiales imprescindibles. En el siglo XV, uno de ellos fue el alumbre. No alimentaba baterías ni fabricaba chips, desde luego. Servía para algo menos futurista, pero igual de decisivo en su mundo: fijar los tintes en los tejidos.

El alumbre era un mordiente. Dicho en cristiano, ayudaba a que los colores agarraran en las fibras textiles y no desaparecieran a la primera de cambio. Sin alumbre, teñir paños, lanas y telas era mucho más problemático. Y conviene recordar que en aquella Europa de mercaderes, gremios, talleres, ferias y rutas comerciales, el textil no era un detalle menor. Vestir, teñir y comerciar con telas era negocio serio. Muy serio. Tanto como para mover barcos, levantar fortunas, despertar ambiciones y provocar búsquedas mineras cuando el suministro empezaba a fallar.

El libro de Salvador Mirete tiene, a mi juicio, un gran acierto: no trata el alumbre como una rareza de gabinete, sino como un protagonista material de la historia. No se limita a decirnos qué es, cómo se clasifica o dónde aparece. Eso está, naturalmente, porque el autor sabe de mineralogía y se nota. Pero la obra va más allá. Nos lleva al momento en que el alumbre se convierte en problema europeo, en mercancía codiciada, en recurso necesario y en motivo para mirar al subsuelo con otros ojos.

El contexto es apasionante. Durante mucho tiempo, Europa se abasteció de alumbre procedente de Oriente, especialmente de zonas vinculadas al Mediterráneo oriental. Pero la caída de Constantinopla en 1453 y el avance otomano alteraron el equilibrio. De pronto, aquella materia prima de la que dependía buena parte de la industria textil europea quedó sometida a tensiones, controles, precios y rutas que ya no estaban tan cómodamente en manos de los viejos circuitos comerciales. Y cuando una materia prima imprescindible se encarece, escasea o depende de otros, los pueblos despiertan. A veces tarde, como suele ser costumbre.

Ahí empieza la parte que más me interesa del libro: la búsqueda del alumbre propio.

España, como no podía ser de otra manera, también miró a su geología. Y lo hizo en un momento en el que el conocimiento técnico no se parecía al nuestro. No había mapas geológicos modernos, ni laboratorios como los actuales, ni difractómetros, ni análisis químicos al alcance de cualquiera. Había experiencia, observación, ensayo, error, oficio y mucha necesidad. Los antiguos mineros y artesanos buscaban indicios en las rocas, en las aguas, en los sabores amargos, en las alteraciones del terreno y en las señales que dejaba la naturaleza. Y a veces acertaban.

Mirete reconstruye ese mundo con una mezcla muy atractiva de historia y geología. El libro tiene algo de investigación científica, algo de pesquisa detectivesca y algo de viaje por una España minera casi borrada del mapa. Aparecen castillos, archivos, yacimientos, pizarras, piritas, jarositas, natrojarositas, alunitas y restos de explotaciones antiguas. Aparece también la dificultad de interpretar lugares donde han pasado más de quinientos años, donde el mineral pudo disolverse, donde las huellas se han perdido o donde la documentación histórica no siempre permite pisar terreno firme.

Uno de los puntos centrales es el castillo de Cornago, en La Rioja. Allí comenzó una investigación que demuestra hasta qué punto la geología se esconde muchas veces detrás de la política, la guerra o el control del territorio. Un castillo no vigilaba únicamente caminos, villas o fronteras. A veces vigilaba también recursos. Y cuando bajo una ladera había una materia prima valiosa, la fortaleza dejaba de ser sólo piedra militar para convertirse también en atalaya económica.

Ese cruce entre castillo y yacimiento, entre poder y geología, es una de las grandes enseñanzas del libro. La historia no se entiende del todo si no miramos el suelo que pisan sus protagonistas. Detrás de muchos hechos hay agua, cereal, sal, hierro, carbón, arcilla, cobre o, como en este caso, alumbre. Los grandes relatos suelen preferir coronas, batallas y tratados, porque lucen más. Pero la vida real, la que permite comer, vestir, construir y comerciar, depende de materiales mucho más modestos.

El libro nos recuerda que la dependencia de materias primas no es un invento del siglo XXI

El trabajo de Mirete se extiende también a otros enclaves, como Ademuz, Muniesa, Alcaraz, Paracuellos de Jiloca y distintas zonas del levante y el sureste peninsular. En algunos casos, las evidencias son más sólidas; en otros, el autor se mueve con prudencia entre indicios, mapas, documentos y posibilidades razonables. Esa prudencia le da valor al libro. No estamos ante una obra que fuerce conclusiones para que todo encaje. Al contrario. Se nota que el autor distingue entre lo demostrado, lo probable y lo que queda como hipótesis abierta.

También me parece especialmente valiosa la dimensión humana de la investigación. El libro no nace de un despacho cómodo ni de una ocurrencia rápida. Es fruto de años de trabajo, de visitas de campo, de análisis, de lecturas y de colaboración interdisciplinar. En su origen está también la figura de Edward Cooper, hispanista británico y gran estudioso de los castillos españoles, cuya mirada histórica resultó decisiva. Cooper aportó el archivo, la paleografía, el conocimiento del poder señorial y de las fortalezas. Mirete aportó la geología, la mineralogía y la lectura de las rocas. Entre ambos tejieron una investigación donde los documentos hablan con las piedras y las piedras corrigen, matizan o iluminan los documentos.

Esa combinación es, probablemente, lo mejor de la obra. Porque cuando la historia y la geología se dan la mano, el pasado deja de ser decorado y se convierte en territorio. No hablamos sólo de fechas, nombres y reyes, sino de materiales concretos, de explotaciones reales, de procesos productivos y de necesidades económicas. El alumbre no fue una nota al pie. Fue una pieza en el engranaje de una Europa que necesitaba color, comercio y producción textil.

Hay, además, una lectura contemporánea inevitable. El libro nos recuerda que la dependencia de materias primas no es un invento del siglo XXI. Cada época ha tenido su vulnerabilidad. La nuestra puede estar en los microchips, en los minerales para baterías o en determinados recursos energéticos. La del siglo XV estuvo, entre otras cosas, en el alumbre. Cambian los nombres, cambian las rutas, cambian los imperios que controlan el suministro, pero la lógica sigue siendo muy parecida: quien depende por completo de otros para obtener lo que necesita, acaba pagando el precio. Y ese precio no siempre se paga sólo en dinero. También se paga en soberanía, en capacidad industrial, en comercio y en margen de maniobra.

Por eso El alumbre, mineral crítico en el siglo XV es un libro más actual de lo que parece. Bajo su apariencia de estudio histórico-mineralógico late una pregunta plenamente vigente: ¿sabemos de qué materiales depende nuestra vida diaria? Normalmente no. Usamos ropa, móviles, coches, medicamentos, edificios y herramientas sin pensar en las materias primas que los hacen posibles. Sólo nos acordamos del subsuelo cuando falta algo, cuando sube el precio o cuando una crisis internacional nos recuerda que el mundo no flota en el aire, sino sobre minerales, energía, agua y logística.

El alumbre fue una de esas lecciones antiguas. Una piedra poco vistosa que sostuvo colores, talleres y comercios. Un mineral que obligó a mirar minas, castillos y archivos. Una materia prima que demuestra que la geología no es una ciencia encerrada en vitrinas, sino una parte esencial de la historia humana.

Salvador Mirete ha escrito un libro necesario porque devuelve dignidad a un mineral olvidado y, de paso, nos recuerda algo que conviene no perder de vista: la civilización también se construye con sustancias discretas. Con sales, arcillas, sulfuros, aguas ácidas, pizarras y procesos que no suelen ocupar portadas. El mundo no sólo lo cambiaron los reyes y los ejércitos. También lo cambiaron los tintoreros, los mineros, los comerciantes y quienes supieron encontrar en una roca la solución a un problema económico.

Al cerrar el libro, uno mira el alumbre de otra manera. Ya no como una curiosidad mineralógica, sino como una pequeña llave para entender una época. Y ésa es la mejor virtud de una obra así: hacer visible lo que estaba oculto. Mostrar que detrás del color de una tela medieval podía haber una ruta mediterránea, una crisis de suministro, un castillo riojano, una explotación minera, una pizarra con pirita y un geólogo dispuesto a seguir el rastro.

A veces la historia se escribe con oro. Otras, con sangre. Y algunas, más humildes pero no menos importantes, con alumbre.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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