Siempre me ha gustado la ciencia ficción, lo confieso. Pero la buena. Y en los últimos treinta años, esa clase de ficción me la he administrado en pequeñas dosis, como se toma un buen whisky: lento, pausado y con la sospecha de que lo auténtico ya no se destila como antes. Por eso, cuando abrí Los Ojos de Kairós, lo hice con la ceja arqueada y el escepticismo en ristre. A las pocas páginas, ya sabía que no iba a cerrarlo sin llegar al final. Y así ha sido.

Daniel Bermejo ha escrito una novela que entra en el club de la ciencia ficción con carnet de socio fundador. Nada de juguetes espaciales ni batallitas interestelares sin sentido. Aquí hay sustancia, hay tierra, hay ciencia dura. Ciencia ficción «hard», como la llama mi sobrino, que también le ha dado por escribir novelas de este palo. Y es que en Los Ojos de Kairós no sólo hay imaginación: hay conocimiento. Conocimiento geológico, especulación fundamentada, y una conciencia ecológica que no predica desde el pulpito, sino que se insinúa desde el fango del relato.

El lenguaje, eso sí, a veces me ha costado. No lo niego. Cuenca sedimentaria por aquí, afloramiento por allá, diapiros, sinclinales, fallas… Uno, que viene algo alobao de los números, pero muy curtido en otras batallas, ha tenido que pararse de vez en cuando, googlear términos, consultar el viejo diccionario de geología que heredé hace años y que, confieso, no pensaba volver a abrir. Pero —y aquí viene lo importante— no ha sido un freno, sino un aliciente. Porque hay libros que te hacen perder el tiempo, y otros que te obligan a aprender. Y Bermejo, ha conseguido que aprenda.

La historia se sitúa en un futuro donde el planeta, exprimido hasta el tuétano, se enfrenta a una escasez brutal de recursos minerales. Cabe destacar que la obra fue galardonada con el I Premio del Certamen Español de Literatura Geológica 2023 del Colegio Oficial de Geólogos, en su modalidad de Novela y Ensayo, lo que no solo confirma su calidad literaria, sino también el rigor con el que aborda los fundamentos geocientíficos que atraviesan toda la narración. Nada nuevo en el horizonte, podría pensar el lector impaciente. Pero lo novedoso aquí no es el escenario, sino el modo en que se construye. No hay trucos baratos, ni distopías de cartón piedra: hay un mundo coherente, hilado con rigor, donde cada elemento del paisaje tiene su razón de ser. En este sentido, Los Ojos de Kairós recuerda más a Kim Stanley Robinson que a Asimov. No hay robots con alma, sino humanos buscando un mineral que les salve el cuello.

Los personajes están bien perfilados, aunque a veces —como pasa en buena parte de la ciencia ficción de calidad— lo importante no son ellos, sino el mundo que habitan. Se agradece, eso sí, que no estén hechos con moldes de serie B: no hay héroes impolutos ni villanos de opereta. Hay tipos que dudan, que se equivocan, que luchan con las miserias de su tiempo y que cargan, como todos, con su buena dosis de contradicciones. Me recuerda, solo en parte, a la novela de mi sobrino.

Pero si algo me ha fascinado del libro es su capacidad para hacer visible lo invisible. Porque, seamos honestos, pocos piensan en la geología cuando se habla del colapso del mundo. Todos mencionan el cambio climático, los plásticos en los océanos, el deshielo de los polos… pero pocos se detienen a pensar en que sin tierras raras no hay baterías, sin cobre no hay cableado, sin litio no hay futuro eléctrico. Y aquí entra Bermejo con su martillo geológico y nos golpea donde duele: en la ignorancia.

El título del libro también merece su parte. «Los Ojos de Kairós». Kairós, el dios griego del momento oportuno. No del tiempo crónico, sino del instante decisivo. Y eso es, en esencia, lo que plantea la novela: ¿seremos capaces de ver, de verdad, el instante en que aún hay algo que salvar? Porque si algo queda claro al terminar el libro es que el tiempo corre, pero no hacia adelante: corre hacia el abismo.

Desde el punto de vista técnico, el estilo de Bermejo es limpio, sobrio, con algunas concesiones a la poesía científica que a mí, personalmente, me han resultado sugerentes. No se recrea en la frase, ni busca el adorno fácil. Va al grano, como un buen estratígrafo que sabe que cada capa debe estar donde toca. El resultado es una prosa eficaz, con momentos brillantes, que sostiene una narración sin altibajos.

No puedo evitar hacer una comparación con el libro de mi sobrino, ese que también se encuadra dentro de la ciencia ficción hard. Allí también hay rigor, también hay pasión por la ciencia, pero hay algo en Los Ojos de Kairós que trasciende lo meramente especulativo. Tal vez sea la sensación de urgencia, de que esta historia no es tanto una invención como una advertencia. O tal vez sea, simplemente, que Bermejo sabe de lo que habla. Y eso, amigos míos, no se finge.

Sí, he terminado el libro. Y lo recomiendo. No como se recomiendan los best sellers de aeropuerto, sino como se recomienda una buena herramienta: útil, precisa, necesaria. Es un libro para quienes creen que la ciencia ficción aún puede ser inteligente. Para quienes piensan que la literatura, además de contar historias, puede abrir los ojos. Y para quienes, como yo, andan ya algo cansados de distopías de saldo y profecías recicladas.

Los Ojos de Kairós tiene la virtud de hablar del futuro con la solidez del presente. Y eso, en estos tiempos de humo y artificio, es mucho decir.

Y añado algo más: el libro está disponible en Amazon en un formato asequible, sin pretensiones, como esas viejas novelas del oeste que leía mi padre los domingos por la tarde. De esas que uno empieza sin saber muy bien por qué… y termina sin poder parar.

En resumen: leedlo. Aprenderéis algo. Sentiréis algo. Y, tal vez, con suerte, veréis el Kairós cuando se cruce en vuestro camino. Porque no hay muchos libros que dejen huella. Y este, creedme, la deja.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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