A las seis y media de la mañana del lunes, cuando suena el despertador con esa alegría criminal que sólo pueden permitirse los objetos inanimados, uno no se despierta. Uno regresa del más allá. Y lo hace con la misma dignidad con la que vuelve un superviviente de naufragio que ha pasado la noche abrazado a una tabla, flotando en el mar de los sueños rotos. A oscuras, despeinado, con el alma hecha una pelota de calcetín y la esperanza huyendo por debajo de la almohada.
Es en ese instante preciso, cuando el cerebro apenas distingue la realidad del delirio, cuando el cuerpo –ese cabrón traicionero que se deja vencer por las sábanas como si fueran los brazos de una amante fiel– susurra su grito de guerra: “Hoy no. Hoy me quedo. Que trabaje otro”. Y claro, uno sabe que no puede. Que hay que ducharse, vestirse, fingir entusiasmo y salir al mundo como si la civilización no se estuviera viniendo abajo a cámara lenta. Pero durante unos segundos eternos, se siente la tentación gloriosa de mandar todo al carajo y reivindicar lo que de verdad importa: la pereza sagrada del lunes al alba.
Porque no nos engañemos. La semana comienza con una emboscada. El domingo, con su falso disfraz de descanso, se va escurriendo como arena entre los dedos, y cuando uno quiere darse cuenta, ya es lunes. Y no un lunes cualquiera. Es este lunes. El tuyo. El mío. El de todos los infelices que nos levantamos a la misma hora en la que los búhos bostezan y los gatos aún no han terminado su ronda nocturna.
No me gustan los lunes. Y que me perdone quien quiera perdonarme. Pero no me gustan. No me gusta ese gesto de resignación frente al espejo. No me gusta ese primer café, que sabe más a derrota que a cafeína. No me gusta tener que vestirme como adulto responsable cuando dentro de mí hay un adolescente que sólo quiere volver a la cama y soñar que la humanidad ha abolido el horario laboral y ha decretado por ley la siesta perpetua.
A veces, incluso, hay diálogos. Reales o imaginarios, qué más da.
—Vamos, levántate.
—No quiero.
—Tienes que trabajar.
—Entonces llévame tú. Yo me quedo aquí, negociando con la almohada.
Y sin embargo, hay algo hermoso, casi heroico, en esa lucha absurda. Porque al final, uno se levanta. No por amor al trabajo ni por devoción al deber. Se levanta porque no queda más remedio. Porque hay que pagar facturas, sacar al perro, llevar a los niños al colegio, sobrevivir al tráfico y llegar al curro con cara de que todo va bien. Aunque por dentro uno grite con la pasión de un condenado: «¡No me gustan los lunes, maldita sea!»
Así que sirvan estas líneas como oda, elegía y manifiesto. Para todos los que, como yo, pelean cada lunes por no lanzarse por la ventana al primer pitido del despertador. Para los que se resisten, se acurrucan, negocian con las sábanas y fantasean con una baja médica inventada. Para los que cada lunes se preguntan quién fue el cabrón que inventó la semana laboral de cinco días y el fin de semana de dos.
No me gustan los lunes. Y si tú tampoco los soportas, bienvenido seas a esta pequeña resistencia. La lucha continúa. Pero después del café.
¿Y por qué escribo esto un miércoles por la tarde?
Pues porque el lunes me atropelló, el martes me pasó por encima la rueda de repuesto, y hoy, con las tripas del alma aún crujientes, me ha dado por hacer arqueología emocional entre los restos del naufragio. Porque uno necesita unos días para procesar el trauma, ordenar las blasfemias y poner por escrito, con algo de ironía y un café frío al lado, lo que en caliente sólo habría sido un rosario de improperios impublicables.
Además, el miércoles por la tarde es ese momento raro —el día tonto de la semana le llamo yo— en el que ya sabes que no vas a salvar la semana, pero haces como que sí. Una especie de teatro institucional del esfuerzo: uno sigue currando, sigue contestando correos, sigue fingiendo que no está contando las horas que quedan para el viernes. Y justo ahí, en ese simulacro de normalidad, aparece la lucidez: la necesidad urgente de rendir homenaje a la pereza, de reivindicar el derecho a quedarse bajo las sábanas con la dignidad de un general derrotado pero no rendido.
Así que no, no lo escribo el lunes, porque el lunes apenas soy un animal en modo supervivencia. Lo escribo hoy, miércoles por la tarde, cuando ya puedo mirar de frente al enemigo y decirle con sorna y cierta calma: “No me gustas, maldito lunes, pero al menos me has dado material para escribir.
Y ahora, dime tú. Sí, tú, lector sufrido y cómplice de madrugones inmerecidos: ¿También te pesan los lunes como si te pasara por encima un camión de la basura emocional? ¿O eres de esos héroes mitológicos que se levantan silbando, con una sonrisa en la cara y ganas de comerse el mundo —aunque sea a cucharadas pequeñas? Cuéntamelo. ¿Cómo sobrevives tú al primer asalto de la semana? ¿Tienes algún truco infalible, una rutina sagrada, un pacto secreto con las fuerzas del caos? Déjamelo en los comentarios.
Y si algún día organizamos una resistencia, un levantamiento civil de los lunes por la mañana, cuenta conmigo. Pero eso sí: que empiece a partir de las once, ¿vale?
En fin, un poquito de #humor, que falta nos hace en esta España cainita.




















Pues qué sorpresa, compañero, jamás hubiera pensado que no te gustan los lunes… ¡como si a alguien le gustaran! Cuando te veo o te escucho, ya se nota esa pereza que traes de fábrica y esa lucha interna con el despertador. A mí me da igual levantarme cualquier día, no soy de las que tienen favorito, pero lo que sí me amarga es madrugar y sentir que mi cama me abandona sin pedir permiso. Lo bueno es que, al menos, los lunes nos unen en ese club secreto de “odiadores del despertador”. ¡Ánimo, que ya falta menos para el viernes!
Querida Yolanda, qué bien me conoces… Esa pereza de fábrica que mencionas no es pereza, es un legado genético, un modo de vida, una filosofía que no ha sido aún debidamente reconocida por la UNESCO como patrimonio intangible de la humanidad. Y sí, lo mío con el despertador es una guerra fría, de las de antes: sin bombas, pero con amenazas constantes.
Me consuela saber que tú también formas parte de ese club secreto de “odiadores del despertador” —aunque seas más anarquista de días y no hagas distinción entre lunes o jueves. Lo de que tu cama te abandone sin permiso… eso, amiga, es una traición en toda regla. Merecería denuncia en La Haya.
Eso sí, hoy es viernes. El cuerpo lo sabe. Y la pereza también, que se pone guapa porque ya huele a sofá, manta y redención.
Nos vemos en la resistencia. Pero ya sin despertador, al menos hasta el lunes.