Soy un animal de corto entendimiento, qué le vamos a hacer. De esos que aún creen que el Ministerio de Trabajo debería tener como norte, objetivo y obsesión conseguir que todo el mundo pueda vivir de su trabajo, y no de la beneficencia estatal, esto es, «de las costillas de otro» —que diría mi padre—. Quizá por eso, cada vez que escucho a su actual responsable, Yolanda Díaz, me quedo con la sensación de estar viendo un programa de humor negro, de esos que ya no se hacen porque ofenden a las buenas conciencias.
La ministra, con esa mezcla de ternura impostada y contundencia de catequista marxista en hora de tutoría, ha declarado en tierras andaluzas que han hecho algo «tan importante» como mejorar el subsidio por desempleo. Nada menos que 90 euros más. Según ella, eso es «vivir con un poquito de dignidad». Un poquito. No todo, no mucha. Un poquito. Que para lo que somos, y según parece, para lo que merecemos, ya vamos que chutamos.
Y así, con esa forma de hablarle a un país como si fuera una clase de primero de ESO con necesidades especiales, nos explica que su misión no es generar empleo, ni atraer inversión, ni quitar trabas burocráticas, ni premiar el esfuerzo. No, señora mía. Su misión es que los que no trabajan puedan al menos comprarse unas zapatillas en rebajas y una barra de pan sin mirar la marca blanca. Porque la dignidad, para la ministra, se mide en céntimos.
No se equivoque nadie: no es un ataque al parado. Bastante tiene ya con lo suyo. Esto va contra quien ha hecho del desempleo una categoría política, un mercado electoral y un comodín discursivo. Porque a mayor número de personas dependientes del subsidio, mayor poder tiene quien los reparte. Y eso, para algunos, es la verdadera finalidad del Ministerio de Trabajo: no el empleo, sino el control.
Lo trágico es que esto no es nuevo. Hace tiempo que este Ministerio dejó de servir al trabajo. Ahora sirve a la estadística, a la propaganda y al clientelismo. A inflar las cifras de afiliación con contratos de horas o de días, a disfrazar el paro estructural con cursos inútiles de reciclaje laboral, a inventarse observatorios, agencias y fundaciones cuyo fin último es mantener la rueda de los presupuestos girando, aunque no lleve a ninguna parte.
Pero Yolanda Díaz ha elevado la confusión a arte. Se ha especializado en regalar titulares de corte emocional y retórica combativa, mientras el tejido productivo se desangra por falta de incentivos y confianza. ¿De qué sirve mejorar un subsidio si no se mejora el acceso al trabajo que debería evitarlo? ¿Qué clase de victoria moral es esa que asume, con resignación populista, que el futuro de miles de personas es seguir cobrando limosnas estatales?
Díaz no habla de trabajo, habla de subsidios. No habla de oportunidades, habla de derechos eternos sin responsabilidades
En cualquier país serio, el Ministerio de Trabajo sería un motor de creación, no de administración de miseria. Apostaría por una formación laboral vinculada a las necesidades reales del mercado, por apoyar a autónomos y emprendedores, por dinamizar la contratación indefinida con flexibilidad e incentivos. Pero aquí no. Aquí celebramos que el parado cobre 90 euros más como quien inaugura un AVE —ojo, de los de antes, de los de los años 90, que ahora van a paso tortura, si van—.
Y mientras tanto, las empresas se marchan, los jóvenes emigran, los mayores se reinventan o se desesperan, y los funcionarios de empleo atienden con la eficiencia de una centralita de los años setenta. Todo bajo la sonrisa de la ministra que presume de dignidad como quien reparte estampitas.
Díaz no habla de trabajo, habla de subsidios. No habla de oportunidades, habla de derechos eternos sin responsabilidades. No cree en la movilidad social, sino en la inmovilidad subvencionada. Y lo que es peor, no cree en los ciudadanos como adultos, sino como menores perpetuos que necesitan tutela estatal para sobrevivir.
cuando se deja de creer en el trabajo como motor de libertad y se empieza a venerar el subsidio como forma de existencia, ya no se gobierna: se administra el rebaño
Y no parece que le incomode lo más mínimo que haya «trabajadores» —un 38%— que, a pesar de tener un empleo, se vean obligados a dormir en la T4 del aeropuerto de Barajas porque no pueden pagar un alquiler. Porque aquí lo que importa no es que el esfuerzo rinda frutos, sino que la resignación se vea recompensada con una ayuda. Mejor un subsidio que una solución. Aquí viene a cuento aquella vieja máxima que sigue funcionando como un reloj: «Si algo funciona, ponle impuestos; si sigue funcionando, auméntalos; cuando ya no funcione, dale una subvención y… comerán de tu mano».
Pero esto tiene su lógica. Porque cuando se deja de creer en el trabajo como motor de libertad y se empieza a venerar el subsidio como forma de existencia, ya no se gobierna: se administra el rebaño. Y así se explica que el Ministerio de Trabajo sea, hoy por hoy, una oficina de reparto con ínfulas de ministerio. Un ente que ha mutado su naturaleza: del fomento al consuelo; de la creación al reparto.
Que no se nos olvide: cada subsidio que se entrega viene de los impuestos de otro. De ese autónomo que paga más de 300 euros al mes antes de ingresar un céntimo, del empresario que sortea normativas absurdas para contratar a alguien, del asalariado que ve cómo su esfuerzo financia el conformismo. Porque cuando el Estado deja de premiar el trabajo y empieza a glorificar el subsidio, el mensaje es claro: no merece la pena luchar, solo saber esperar.
Y esto, además de inmoral, es peligroso. Porque crea generaciones instaladas en la dependencia, en la espera, en el cinismo. Genera ciudadanos que no buscan prosperar, sino sobrevivir en el ecosistema artificial del BOE. Gente que, con razón, se siente abandonada, pero que es manipulada para agradecer cada migaja con fervor de catecúmeno.
España no necesita una ministra que celebre limosnas. Necesita una que haga posible que la gente deje de necesitarlas
¿Para qué sirve entonces hoy el Ministerio de Trabajo y Economía Social? Pues para esto: para darnos un empujoncito mensual de euros mientras la economía real se deshace como un azucarillo en el café. Para que los titulares oculten los datos reales. Para que la ideología sustituya al mérito. Y para que la ministra se sienta útil, aunque la mayoría esté peor que antes.
España no necesita una ministra que celebre limosnas. Necesita una que haga posible que la gente deje de necesitarlas. Pero claro, eso exige esfuerzo, claridad de ideas, sentido común y una pizca de humildad. Y por lo visto, esos ingredientes no entran en el menú del actual gobierno. Demasiado neoliberales para su paladar exquisito.
Así que seguiremos escuchando a Yolanda Díaz hablar del «poquito de dignidad» con la emoción de quien cree estar cambiando el mundo, cuando en realidad solo está maquillando la decadencia. Y mientras lo hace, los verdaderos trabajadores, los que madrugan, los que emprenden, los que invierten, los que pagan, los que sostienen todo esto, no salen en la foto. Porque no lloran, ni protestan, ni dan votos fáciles.
Pero están ahí. Y merecen algo mejor que una ministra de Trabajo que ha olvidado lo que significa trabajar.
















