Llevo tiempo con la sospecha —y ya saben que cuando uno sospecha lo peor en este país suele acertar— de que hay dos Españas: la que se exhibe en ferias internacionales con sonrisa de catálogo y la que se tapa con mantas raídas cuando llega la factura del gas. No lo digo yo, lo dice el informe «El Estado de la Pobreza 2025» , que entre otras cosas tiene la mala costumbre de no maquillarse para las fotos. Según sus datos más recientes, el 25,8% de los españoles está en riesgo de pobreza o exclusión social. Uno de cada cuatro. Como para aplaudir con las orejas.
Y no es una cifra inflada por los cenizos. Es la famosa tasa AROPE, ese acrónimo que suena a enfermedad tropical pero que en realidad condensa tres realidades muy nuestras: tener ingresos por debajo del umbral de pobreza, vivir con carencias materiales severas o pertenecer a un hogar donde apenas entra trabajo. Una especie de triple salto mortal sin red, pero sin aplausos al caer.
El cohete despega, pero poco
Mientras los voceros del milagro económico español alardean de datos macro y el IBEX sonríe en los titulares, hay tres millones de personas que trabajan y, aun así, no llegan a fin de mes. Lo llaman “pobreza laboral”, aunque bien podría llamarse estafa nacional. Porque que un ciudadano con empleo —con contrato, horarios y cotizaciones— no pueda calentar su casa o llenar la nevera, no es un problema del mercado. Es un problema de vergüenza.
Esto es como si invitas a alguien a una fiesta, le dices que venga de etiqueta, y luego le das de cenar un bocadillo de pan con pan. Que trabajen, dicen. Que se esfuercen. Que emprendan. Pero luego les pagan sueldos de miseria, les alquilan cuartos sin ventanas a 500 euros y les venden discursos de motivación empresarial en taza de café. A este paso, vamos a tener que imprimir “Sé feliz con lo que tienes” en los paquetes de arroz de marca blanca.
Los niños, carne de estadística y cola del súper
Y si hablamos de pobreza en España y queremos medir nuestra miseria con el termómetro más cruel, hay que mirar a los niños. Uno de cada tres menores vive en riesgo de pobreza o exclusión social. El 34,7%. Una cifra tan escandalosa que, de repetirse en otro contexto, sería motivo de huelga general. Pero como son niños sin sindicato y con bocas pequeñas, apenas hacen ruido.

He visto demasiadas mochilas rotas y meriendas que caben en una servilleta. He escuchado a madres hacer cuentas en voz baja para no romperse delante del niño. Y he visto cómo se les invita a “ser resilientes”, palabra cursi que significa “aguántate con lo que hay”. Mientras tanto, los mismos que recortan en comedores escolares posan en el Congreso aplaudiendo el Día del Niño —hideputas—.
No es un problema de caridad, es de justicia. No se trata de dar limosna, sino de garantizar futuro. Y aquí, a diferencia de los mítines, el futuro no se improvisa con eslóganes.
El drama de la vivienda: cuando tener techo no significa tener hogar
Lo de la vivienda en España merece capítulo aparte. En teoría, es un derecho. En la práctica, es una carrera de obstáculos con final en la desesperación. Según el INE, más del 20% de la población no puede mantener su casa a una temperatura adecuada. Y eso sin contar a quienes viven hacinados, con humedades en las paredes y el miedo al casero como compañero de piso.
Aquí, alquilar un cuchitril se ha convertido en un deporte de riesgo. En algunas ciudades, encontrar un piso por menos de 900 euros es como buscar unicornios en plena Castellana. Y todo esto mientras se multiplican los pisos turísticos, los fondos buitre elevan los precios y los gobiernos —de todos los colores— se especializan en prometer viviendas que nunca llegan.
Tener trabajo o techo ya no garantiza salir de la pobreza
Pero la pobreza habitacional no sólo es una cuestión de dinero. Es un síntoma de desinterés institucional. Es el resultado de décadas sin una política pública seria de vivienda social. Nos venden que somos europeos para unas cosas, pero en esto vamos más cerca de Caracas que de Copenhague.
Los hogares en situación de pobreza no sólo sufren frío. Sufren ansiedad, enfermedades respiratorias, desconexión social. Porque vivir mal alojado no es sólo cuestión de ladrillos. Es vivir en un estado de constante incertidumbre. Y eso desgasta más que la humedad.
El Ingreso Mínimo Vital: parche, alivio o propaganda
A estas alturas, muchos sacan pecho con el Ingreso Mínimo Vital (IMV). Y ojo, no voy a negar que ha sido útil. Lo ha sido. Según datos del Ministerio de Inclusión, más de tres millones de personas han recibido esta ayuda desde su puesta en marcha hace cinco años. Pero no nos engañemos: no es la panacea.
La gestión ha sido, en el mejor de los casos, mejorable. Burocracia farragosa, miles de solicitudes rechazadas por errores de forma, familias esperando meses para recibir una resolución. Y mientras tanto, hambre. Porque la necesidad no tiene calendario administrativo.
¿Y qué decir de la cuantía? La ayuda media ronda los 500 euros al mes por hogar. En un país donde la cesta de la compra se ha disparado, donde la energía cuesta más que un seguro de vida, ¿de verdad creemos que con eso se puede vivir dignamente?
El IMV, siendo justo, ha sido más eficaz en los boletines oficiales que en las cocinas humildes. Sirve, sí. Pero no cambia el panorama. Porque la pobreza, esa que cala en los huesos, no se combate solo con una transferencia. Se combate con empleo decente, vivienda accesible, educación pública de calidad y, sobre todo, voluntad política de meter las manos en el barro.
Comparativa europea: líderes en precariedad
Nos gusta compararnos con Europa cuando salimos bien en la foto. Pero cuando la instantánea nos retrata con legañas, entonces no hay rueda de prensa. España es el cuarto país de la Unión Europea con mayor proporción de población en riesgo de pobreza o exclusión social. Un 25,8%, frente a una media europea del 21%. Y eso que nos lo contamos nosotros mismos.
Y si bajamos al detalle, la cosa se agrava. La tasa de pobreza infantil en España dobla la de países como Dinamarca o Finlandia. La carencia material severa, esa que significa no poder permitirse ni un imprevisto, nos coloca por detrás incluso de economías teóricamente más frágiles. Pero aquí seguimos, tan contentos, diciendo que el sistema funciona.
Es cierto que algunos indicadores han mejorado ligeramente. La economía se ha reactivado, el empleo ha crecido, el turismo ha vuelto a niveles prepandémicos. Pero también han vuelto las colas del hambre. Han vuelto las familias que tienen que elegir entre pagar el alquiler o comprar carne. Y eso, en un país que presume de ser la cuarta economía del euro, es una obscenidad.
Crecemos… pero sólo hacia arriba en el IBEX
En los últimos meses nos han bombardeado con titulares sobre el crecimiento económico. Que si el PIB sube, que si los datos de paro bajan, que si España es la locomotora de Europa. Yo no sé qué clase de locomotora será, pero en sus vagones de segunda viajan más de 12 millones de españoles sin calefacción, sin trabajo digno y sin expectativas.
Porque claro, el crecimiento es selectivo. Muy selectivo. Las grandes empresas baten récords. La banca se embolsa beneficios obscenos. Las tecnológicas se internacionalizan. Pero el de la panadería de barrio cierra. El autónomo que no llega a la cuota renuncia. La madre sola con tres hijos cuenta céntimos en la caja del súper.
Nos están vendiendo la recuperación como si fuera un fiambre cocido de supermercado: todo brillo por fuera, pero lleno de aire por dentro. Un país no se mide sólo por lo que crece, sino por cómo reparte ese crecimiento. Y aquí, repartir, lo que se dice repartir, no reparte ni el apuntador.
En España, la desigualdad ha dejado de ser un problema social para convertirse en un modelo económico. No es un efecto colateral, es una pieza estructural. Y lo que es peor: se acepta con resignación, como si fuera el precio de vivir en un mundo competitivo. Ya lo dijo uno de esos gurús de la autoayuda neoliberal: “No es pobreza, es falta de actitud”. Tócate los nacasones.
La culpa es del pobre: manual de cinismo institucional
Y ahí entramos en otro terreno pantanoso: la criminalización del pobre. Porque en este país, cuando alguien lo pasa mal, siempre aparece un listo con corbata a decir que es por su culpa. Que si no se ha formado. Que si no se ha esforzado. Que si ha malgastado las oportunidades. Que si no quiere trabajar. Y así, con una mezcla de superioridad moral y desconocimiento absoluto, se fabrica el discurso perfecto: el de la pobreza como elección.
No hay peor forma de negar un problema que culpar a sus víctimas. Pero lo hacen. Desde tribunas, desde tertulias y, lo más grave, desde los escaños. El pobre molesta. Ocupa espacio. Da mala imagen. No encaja en la postal de país moderno que quieren colgar en Bruselas.
Y no me refiero solo a los sintecho que se tapan con cartones frente a los escaparates de Zara o en la T4 en Madrid —algunos con empleo, ojo—. Hablo de los millones de españoles que sobreviven con sueldos que no dan para vivir, que enlazan contratos basura, que aceptan trabajos sin derechos porque el alquiler no espera.
La pobreza no es una mancha individual. Es una grieta estructural. Y no se borra con motivación, ni con vídeos inspiradores en redes sociales. Se corrige con políticas públicas, con inversión, con redistribución y con algo que falta demasiado en los despachos de nuestros políticos: vergüenza.
La trinchera de lo cotidiano
Uno baja a la calle y ve cosas que no salen en el BOE. Gente mayor que cena pan con leche porque las pensiones no les alcanzan. Y todo eso pasa mientras los telediarios abren con ferias de emprendedores, nuevos récords de exportación y el último fichaje del Real Madrid.
Pero aquí abajo, en la trinchera de lo cotidiano, la guerra es otra. La batalla es mantener la dignidad con el frigorífico medio vacío. Es enfrentarse a la carta del banco sin abrirla. Es hacer milagros con la tarjeta del supermercado. Y cada uno de esos gestos tiene más heroísmo que todos los discursos juntos del último debate de investidura del gañan de turno que nos gobierna o el que quiere hacerlo.
¿Por qué se habla tan poco de esto en los medios?
Porque la pobreza no vende. No genera clics, no da audiencia, no se patrocina. Los medios prefieren abrir con récords turísticos, fichajes deportivos o festivales de innovación antes que mostrar a una madre separada que hace malabares para llenar la nevera con 426 euros al mes. Y si lo hacen, es en formato testimonial, con musiquita de fondo y final esperanzador, como si la pobreza fuera un mal sueño que se supera con actitud positiva. Pero no es un mal sueño. Es una pesadilla cotidiana. Y denunciarla con todas sus letras implicaría levantar alfombras, señalar responsables y dinamitar ese relato autocomplaciente que tanto gusta en los despachos.
Y ahí está el verdadero quid: la pobreza molesta al poder. Lo incomoda. Lo desenmascara. Y los medios, que en teoría deberían vigilar al poder, dependen cada vez más de él para sobrevivir. Porque sin las campañas institucionales, los patrocinios públicos y las subvenciones a dedo, muchos de esos medios no durarían ni una semana. No informan: hacen portavocía. Replican notas de prensa, cubren ruedas de prensa como si fueran misas y, si algún periodista intenta contar lo que de verdad duele, pronto descubre que la línea editorial no es otra cosa que la línea de crédito del Ministerio correspondiente.
Así se entiende que haya más columnas de opinión sobre Eurovisión que sobre la pobreza infantil. Así se explica que sepamos más del último romance de una influencer que del número de personas sin calefacción en pleno enero. La miseria no interesa porque no genera negocio. Y sobre todo, porque señalarla con el dedo puede hacer que alguien mire más arriba. Y ahí, hace mucho tiempo que no quieren que miremos.
Entre el discurso y la nevera
Lo terrible de la pobreza en España no es solo su extensión, sino su normalización. Nos hemos acostumbrado a convivir con ella como quien convive con una humedad en la pared. Se parchea, se tapa con un mueble y se hace como que no está. Pero está. Y crece.
Nos dicen que todo va bien. Que estamos saliendo. Que la economía mejora. Pero uno no desayuna con PIB, ni calienta la casa con deuda pública estabilizada. La vida se mide en otras cosas. En cenas completas. En alquiler pagado. En un abrigo para el niño sin tener que pedirlo. Y eso, en demasiados hogares, sigue siendo ciencia ficción.
No es cuestión de ideologías, es cuestión de decencia. De reconocer que si hay un cuarto de la población viviendo al borde del abismo, el modelo no funciona. De admitir que no basta con dar limosna cuando conviene, ni con poner cara compungida cada vez que se publica el informe anual de Cáritas. Hay que hacer política. Y de la buena.
Porque mientras sigamos tratando la pobreza como un problema estacional, como una molestia en la estadística, como algo que se puede resolver con una aplicación móvil o una campaña de Navidad, no iremos a ninguna parte. Y seguiremos siendo ese país que dice ir como un cohete… con las bodegas repletas de miseria.