Lo dije en septiembre de 2024, en este blog al que vengo a desahogarme con más frecuencia de la que quisiera. Lo dije cuando aún había quien se reía, quien mascullaba que exageraba o que aquello del espacio era cosa de películas. Pues bien. Que me expliquen ahora cómo se llama lo que está haciendo China, si no es ciencia ficción escrita con tinta de ingeniero y voluntad de acero.
Lo dije y hoy me reafirmo: mientras nosotros miramos al cielo con la melancolía del que ya no tiene ni telescopio, China levanta el vuelo. Y no solo levanta el vuelo: traza rutas, establece etapas, calcula retornos. Ellos conquistan el espacio, nosotros archivamos misiones. Ellos exploran cometas, nosotros recortamos presupuestos. Ellos sueñan con Neptuno. Nosotros, con que no nos cierren otra cátedra.
Tianwen-2 —nombre que en mandarín suena a epopeya y en nuestras latitudes apenas a eco lejano— ha despegado con la discreción del que sabe que tiene tiempo, medios y razones. Una sonda impulsada por motores iónicos, de los que parecen ideados por un novelista de anticipación con formación en física cuántica. Y con ella, China pone rumbo a un pedazo de roca llamado 469219 Kamo’oalewa. Una miniluna, dicen. Una rareza cósmica que orbita cerca de la Tierra como esos satélites que fingen independencia mientras giran a tu alrededor con disimulo y mala leche.
Y no se conforman con eso. Una vez recojan las muestras —si todo va según lo previsto, allá por 2027— seguirán su camino hacia un cometa con nombre de matrícula: 311P/PANSTARRS. Uno de esos cuerpos con seis colas, como si el diablo del espacio le hubiera puesto peineta. Allí llegarán en 2035. Hagan cuentas. Diez años de misión. Diez años de silencio, cálculo y paciencia. Todo lo que aquí escasea.
China avanza por el sistema solar con ambición y estrategia, mientras EE. UU. cancela 41 misiones
Mientras tanto, en la otra esquina del ring, Estados Unidos hace lo propio. Pero al revés. Cuarenta y una misiones canceladas. Cuarenta y una. Como si un contable borracho hubiera entrado en la NASA con una lista y un lápiz rojo. Se acabó New Horizons. Adiós Juno. El regreso de muestras de Marte, en pausa. El telescopio Nancy Grace Roman, a medio gas. La plataforma lunar Gateway, a la basura. Artemis sin cápsula ni cohete a partir de 2027. Y, de propina, un tercio de los empleados a la calle. Todo por orden de una administración que parece empeñada en demostrar que la ignorancia también puede ser una política de Estado.
Los norteamericanos se suicidan lentamente, como esos generales que después de haber ganado todas las guerras deciden librar la siguiente con tirachinas. Y nosotros, en Europa, ni siquiera nos tomamos la molestia de suicidarnos: simplemente nos dejamos morir. Con la elegancia melancólica del que sabe que ya no está invitado a la partida.
La ESA, esa suerte de club de países con pretensiones espaciales y presupuestos de baratillo, mira con cara de póker cómo los americanos se bajan del carro. Y nosotros, que habíamos fiado nuestro futuro marciano al dichoso rover Rosalind Franklin, nos quedamos compuestos, sin cohete y sin propulsores. Otra inversión europea que acaba en el contenedor amarillo de la historia.
Y aun así, incluso así, la NASA seguirá estando mejor financiada que Europa. Porque aquí, en la vieja Europa, hablar de espacio es como hablar de filosofía en una reunión de ministros de Hacienda. Un lujo, una excentricidad. Como si conquistar el espacio no fuera conquistar el futuro. Como si los satélites no fueran el nuevo petróleo. Como si la Luna no tuviera reservas estratégicas que algún día decidirán guerras.
China lo sabe. Y no pierde el tiempo. Sus misiones Tianwen son una coreografía impecable de avance técnico, planificación geoestratégica y orgullo nacional. Tianwen-1 ya puso un rover en Marte en 2021, por si alguien lo había olvidado. Tianwen-3 recogerá suelo marciano, probablemente antes que la NASA. Tianwen-4 apunta a Júpiter y más allá. Y por si fuera poco, ya están en marcha dos misiones a Neptuno. Una llegará en 2039. La otra, en 2045, desplegará una sonda atmosférica en Tritón. Que alguien me diga si eso no es ambición.
Aquí, mientras tanto, seguimos jugando con la calculadora, discutiendo si podemos permitirnos un lanzador propio o si volvemos a pedirle favores a Elon Musk. Nuestra independencia tecnológica se va por el desagüe mientras nos peleamos por la dirección de la ESA o por dónde colocar un centro de operaciones. Los franceses, con sus cosas. Los alemanes, con las suyas. Y España, como siempre, preguntando a última hora si puede sentarse en la mesa.
La realidad es esta: nos estamos quedando fuera. Y no por falta de talento, sino por falta de agallas. Por falta de visión. Por falta de políticos capaces de mirar más allá del titular de mañana o del trending topic de turno. Mientras China convierte cada misión en un ensayo general para la próxima, aquí celebramos como si fuera un milagro cuando lanzamos un satélite funcional. Y no siempre lo conseguimos.
En Washington, la Sociedad Planetaria ha hablado de «evento de extinción». No exageran. No es solo un hachazo presupuestario. Es un cambio de era. Un abandono. Una claudicación voluntaria del liderazgo científico y tecnológico. Y lo peor no es que la NASA retroceda. Lo peor es que China avanza. Y nosotros, simplemente, no estamos.
China no solo avanza: galopa. Estados Unidos no solo retrocede: se desangra. Y Europa… Europa bosteza
Cada misión china es un paso más en la construcción de su imperio del espacio. Lo hacen sin ruido, sin arrogancia, sin necesidad de plantar banderas a lo Neil Armstrong. Lo hacen porque pueden. Porque quieren. Porque han entendido que quien controle el espacio, controlará el futuro. Desde las telecomunicaciones a la minería espacial, pasando por la defensa, la inteligencia y la economía. Y nosotros aquí, debatiendo si vale la pena invertir en ciencia cuando hay otras prioridades. Como si el espacio no fuera la madre de todas las prioridades.
Así que sí. Hoy vengo con una mezcla de resignación, rabia y tristeza. Porque lo dije en septiembre. Y me he quedado corto. China no solo avanza: galopa. Estados Unidos no solo retrocede: se desangra. Y Europa… Europa bosteza. Como ese viejo profesor jubilado que, desde el banco del parque, ve pasar la historia sin atreverse ya ni a tomar notas.
Mientras Tianwen-2 surca el espacio en silencio, nosotros seguimos aquí abajo, contándonos cuentos. Pero el cuento se ha acabado. El futuro ya no nos espera. Y el espacio, que debería haber sido nuestro terreno de juego, se ha convertido en un tablero donde ya no movemos ficha.
Y mientras tanto, en occidente, que nadie se inquiete. Seguro que en alguna comisión parlamentaria alguien propondrá plantar tomates en la Estación Espacial Internacional o ponerle nombre inclusivo a la próxima sonda europea —si es que llega a existir—. Total, lo importante no es conquistar el espacio. Lo importante es parecer modernos mientras otros lo hacen de verdad.
Yo, por mi parte, seguiré escribiendo desde esta trinchera digital, con la melancolía de quien ve cómo se apaga una civilización que un día soñó con las estrellas y hoy no alcanza ni a encender una cerilla.
Nos vemos en la órbita baja de la resignación.
Mientras tanto, en España. Al margen de la ESA, la labor de prestigiosos geólogos planetarios y astrobiólogos españoles ha llamado la atención de la poderosa Agencia Espacial China. Es el caso del Dr. Jesús Martínez Frías, que ha sido invitado a participar como experto en distintas iniciativas promovidas por China. Se interesaron por su actividad pionera sobre análogos terrestres realizada en el Geoparque UNESCO de Lanzarote. Fue elegido como Editor Principal de la revista Space Habitation y como ponente en foros como el Tiandú o el IDSEA, donde se debate, de manera interdisciplinar y con rigurosidad científica, sobre el futuro de la exploración espacial y la humanidad hacia el espacio. Mientras aquí seguimos preguntándonos si mirar al cielo compensa o ¿eso para qué vale?, hay quien, con un pie fuera del sistema, sigue aportando ciencia y dignidad. Como contraste, la flamante, reciente y burocratizada Agencia Espacial Española ni siquiera sigue en las redes a este prestigioso investigador que lleva trabajando como miembro de los equipos de ciencia de los rovers de la NASA en Marte desde hace más de 20 años con numerosos artículos que son incluso portada en las mejores revistas científicas (Science, Nature).


















