No sé usted, pero yo hace tiempo que perdí la fe en que este país entienda lo que se le viene encima. Se habla de digitalización, de inteligencia artificial, de computación en la nube y de datos, muchos datos. Pero se habla poco de la energía que todo eso necesita para funcionar. O más bien se habla mal.
En mi pueblo, Meco, está a punto de finalizar la construcción de un centro de datos de Microsoft. No es pequeño, no. Y va a consumir energía como si no hubiera un mañana. Y agua, que tampoco sobra. Y mientras contemplo con resignación cómo las excavadoras han ido dando forma a este templo del silicio, no puedo evitar preguntarme: ¿de dónde va a salir toda esa electricidad? Porque esto no se alimenta con placas solares y buenos deseos. Esto necesita potencia. Constante. Estable. Abundante.
Y justo cuando me hago esa pregunta, me llega la noticia del Linglong-1. Un nombre que parece sacado de una novela de espías, pero que es, en realidad, el nombre del primer reactor nuclear modular comercial de China. Un SMR, que dicen los entendidos. Small Modular Reactor. Reactor modular pequeño. Como un LEGO nuclear.
Resulta que los chinos han decidido no esperar a que Occidente se ponga de acuerdo. Han diseñado, fabricado y están ya instalando en Hainan el Linglong-1, un reactor de tercera generación con una potencia bruta de 125 megavatios eléctricos. Suficiente para alimentar a medio millón de viviendas. Y con sistemas de seguridad pasivos que hacen palidecer a las centrales que nosotros construíamos en los 80.
Mientras tanto, en España, seguimos cerrando nucleares. Porque la energía nuclear, según nuestros iluminados de turno, no es «verde». Bueno, sí lo es en la taxonomía europea. Pero aquí somos más listos que nadie. Aquí vamos por libre. Aquí creemos que un país moderno puede sostenerse con molinos de viento, paneles solares y el pedaleo entusiasta de cuatro ecologistas en bici.
Y no. No se puede.
El Linglong-1 no es solo un reactor. Es una declaración de intenciones. Es China diciendo: «Vamos a descarbonizar, sí, pero sin hacernos el haraquiri industrial.» Y no están solos. Tienen planes para construir 100 como ese en diez años. En serie. Como coches. Exportarlos. Meterse en el mercado global con la eficiencia de quien sabe que tiene la ventaja tecnológica y el dinero para ejecutarla.
Mientras tanto, Estados Unidos canceló su proyecto SMR por sobrecostes y demoras. Y Europa… bueno, Europa sigue debatiendo si es moralmente aceptable calentar la sopa con energía nuclear.
La idea del SMR es tan simple como brillante: si no puedes construir una mega central nuclear por cuestiones políticas, sociales o logísticas, lleva una pequeña a donde se necesita. La fabricas en una nave, la transportas y la instalas. Seguridad pasiva. Costes más bajos. Menos residuos. Y sobre todo: fiabilidad.
Y no hablamos de experimentos. Hablamos de un reactor que ya ha superado pruebas en frío y estará operativo en 2026. Generará 1.000 GWh al año. Eso, para quienes no se manejan con cifras, es mucha, muchísima electricidad. Si reemplaza una central de carbón, evita la emisión de casi 900.000 toneladas de CO2 al año.
Y aquí seguimos, discutiendo si los residuos nucleares deberían ser enterrados o enviados al espacio en cohetes de papel maché. Y mientras discutimos, el reloj avanza. Los centros de datos se multiplican. Las necesidades de energía crecen. Y la solución está ahí, delante de nuestras narices. Pero no. Nosotros preferimos cerrar Garoña, Almaraz, Cofrentes… Porque somos así de listos.
Que nadie me malinterprete. No defiendo la energía nuclear como un dogma. Tiene riesgos. Tiene residuos. Pero también tiene ventajas. Y, a día de hoy, no hay una fuente más fiable para garantizar el suministro estable y masivo de energía. Sobre todo cuando uno quiere ser digital, verde y competitivo.
Y si ya hablamos de SMR, las ventajas se multiplican: instalación rápida, coste ajustado, menor impacto ambiental, y posibilidades de ubicación en entornos que hasta ahora eran impensables.
China lo ha entendido. Rusia lo intenta. Estados Unidos lo intenta. Francia lo estudia. Y España… España sigue votando leyes para cerrar lo que funciona y abrir lo que no. Porque aquí la política energética no la hacen los ingenieros. La hacen los asesores de comunicación.
Y mientras tanto, en Meco, se alza un centro de datos que necesitará megavatios como quien necesita aire para respirar. Pero aquí nadie se pregunta de dónde vendrá esa energía. Porque a los promotores les da igual: ellos conectan el cable. Y a los políticos también: ellos inauguran, cortan la cinta y se hacen la foto.
Y por si alguien necesitaba una prueba de que vamos cuesta abajo y sin frenos, ahí tienen el blackout. Hace solo unos días se apagó España entera. No media. Toda. Desde Galicia hasta Almería, desde el Cantábrico a Cádiz. Ni un relámpago, ni una tormenta solar, ni siquiera un aviso de película americana. Sólo el silencio súbito de las neveras, los ordenadores, las máquinas y, sobre todo, del sentido común. Quince gigavatios volatilizados en cinco segundos. Un apagón nacional que dejó a la piel de toro fundida en negro, como si fuésemos el decorado de una distopía barata.
Y lo mejor: nadie supo decir por qué. Distintos profesionales, tertulianos y periodistas apuntaron posibles causas. Algunos hablaron de ciberataques, otros de errores humanos, incluso hubo quien citó experimentos solares. Pero nuestro gobierno, ese gabinete de lumbreras, dijo que ya nos lo explicarán… en unos meses. O no. Lo están investigando, aseguran, mientras miran al techo como si el fallo viniera del cielo.
Y todavía hay quien cree que podemos permitirnos cerrar nucleares como si fuésemos Noruega. Es entonces cuando uno se da cuenta de que, más que una transición energética, lo que estamos haciendo es una voltereta hacia el abismo, sin red, sin plan y sin luces. Literalmente.
Conclusión
Tal vez llegue el día en que alguien en Moncloa descubra que el futuro no se construye con propaganda. Se construye con kilovatios. Y esos, hoy por hoy, no se improvisan. Se diseñan. Se planifican. Y se ejecutan.
Mientras tanto, los chinos seguirán ensamblando sus Linglong-1 como quien monta una máquina de precisión. Cada uno de esos minirreactores garantizará que su industria no solo se mantenga, sino que crezca, se expanda y conquiste mercados. Tendrán energía barata, constante y fiable. Y con ella levantarán más fábricas, producirán más chips, más baterías, más tecnología. Aquí… bueno, aquí no. Aquí seguiremos discutiendo si las vacas contaminan, si los molinos matan aves o si podemos vivir enchufados al sol, incluso de noche.
Pero para competir con ellos, claro, haría falta tener lo que ahora escasea: sentido común y una mínima visión de Estado.


















