Sin duda, Trump no defrauda. Tiene un imán natural para las portadas, como si cada día fuera un mitin, un ‘reality show’ y un combate de lucha libre al mismo tiempo. Esta vez, la bronca viene servida contra su antiguo compinche en lo aeroespacial: el magnate de Tesla y SpaceX, el hombre que tuitea más que respira, Elon Musk. El divorcio entre ambos era cuestión de tiempo. Lo raro es que no hubiera explotado antes. Porque vamos a ver, ¿cómo iban a caber en un solo país dos egos que no se pliegan ni ante la gravedad? Tal vez por eso Trump lleva años fantaseando con comprar Groenlandia o anexionarse Canadá. No por estrategia geopolítica, sino por pura falta de espacio vital para tanto yo.
La ruptura ha sido estrepitosa, de esas que hacen crujir los cimientos de la diplomacia y de la ingeniería aeroespacial. Trump, con ese estilo suyo que mezcla amenaza de bar y guion descartado de «El Padrino IV», ha dejado caer que igual hay que revisar los contratos con SpaceX. Ya sabe usted, por si Musk anda demasiado cariñoso con los demócratas. El otro, faltó tiempo, respondió insinuando que podría retirar sus servicios de transporte espacial. Porque si algo tiene Elon, aparte de acciones, satélites y un ego del tamaño de Plutón, es orgullo.
La NASA confía en SpaceX para transportar astronautas y carga hasta la ISS. Si Trump cortase los contratos, no habría sustituto inmediato disponible
Y aquí es donde la cosa deja de ser un sainete para convertirse en un posible lío orbital. Porque resulta que SpaceX no es una startup más. Es, hoy por hoy, el Uber del espacio. La NASA, que antes dependía de los rusos para subir astronautas a la Estación Espacial Internacional (ISS, para los amigos), confió en Musk y su famosa cápsula Dragon para recobrar algo de dignidad nacional. Y ha funcionado. Desde 2020, SpaceX ha sido el puente habitual hacia el cosmos. Si ahora se rompe ese puente por una pataleta entre magnates, el panorama se pone feo.
La ISS no puede quedarse sin Uber. Y no es hipérbole. Boeing lleva años tratando de poner en marcha su alternativa, el Starliner, pero entre retrasos y chapuzas técnicas, no hay quien le fíe un astronauta. La dependencia de SpaceX es tan fuerte que la propia NASA y el Pentágono han empezado a mirar de reojo, como quien sospecha que se ha casado con una única panadería del pueblo y ahora el panadero quiere cobrarte en bitcoins y mirarte por encima del hombro.
Todo empezó, dicen, con un cruce de declaraciones a cuenta de un proyecto de ley republicano que Musk criticó con saña. Trump no lo llevó bien. Amenazó con revisar relaciones y contratos. Musk, que lo mismo está lanzando satélites que moderando insultos en X (lo que antes era Twitter, para los nostálgicos), se enfadó y soltó eso de que podía descontinuar su apoyo a las misiones de la ISS.
La reacción no se hizo esperar. En los pasillos de la NASA corrió el pánico. En el Pentágono se alzaron cejas. Los contratos con SpaceX no solo sirven para enviar personal a la ISS, sino también para transportar carga militar y desarrollar proyectos secretos que, si se los cuento, tendría usted que mudarse a Marte para no tener problemas. Y, por si fuera poco, Elon soltó en una conferencia que igual la ISS ya estaba anticuada, que mejor pensar en Marte. Que a lo mejor convenía desmantelarla en un par de años. Ahí es nada.
Este tipo de declaraciones no ayudan. No es lo mismo una rabieta por una compra de acciones que un portazo en la órbita terrestre. Que digan lo que quieran de los rusos, pero cuando teníamos que subir astronautas con ellos, al menos no amenazaban con cerrar el grifo cada vez que alguien votaba diferente.
El enfrentamiento no es solo comercial, también tiene tintes personales y políticos
Lo curioso es que esto no va solo de ciencia o de exploración. Va, como casi todo, de poder. De dominio. De control. La ISS ha sido durante años un espacio (literalmente) compartido, un ejemplo de cooperación entre países que, en tierra firme, no se pueden ver ni en pintura. Pero eso exige estabilidad. Exige proveedores fiables. Y también gobiernos que no vivan atrapados en el teatrillo permanente de Twitter.
Porque eso es lo que realmente está en juego. Si Estados Unidos, que lleva décadas presumiendo de liderar la carrera espacial, acaba dependiendo de los caprichos de un millonario con complejo de Tony Stark y de un presidente que gobierna como quien lanza eslóganes en un mitin de barrio, la cosa se complica. Y se complica para todos. Porque, aunque la Estación esté a 400 kilómetros de altura, sus consecuencias bajan rápido. Las investigaciones que se hacen allí arriba afectan a medicina, agricultura, telecomunicaciones… Y sí, también a la política.
Ahora imaginen que este desencuentro se convierte en ruptura formal. Que Trump, envalentonado, decide cancelar contratos con Musk. Que SpaceX se retira del programa de la ISS. El escenario es real. Y da miedo. Porque sustituir a SpaceX no es fácil. Habría que fiarse de Boeing (glups) o empezar de cero con otras empresas. Y eso lleva tiempo, dinero, y un nivel de paciencia que ni Gandhi con insomnio.
Y por si eso fuera poco, está el mensaje que se enviaría al mundo. A China, que va a su bola con su propia estación orbital. A Europa, que sigue sin decidir si quiere ser actor espacial o espectador premium. A Rusia, que ya ha dejado caer que igual también se baja del carro. Y claro, al ciudadano medio, que empieza a sospechar que su futuro en el espacio está a merced de un culebrón de millonarios.
No es solo un conflicto de egos. Es un aviso. De que la ciencia también depende de la política. Y de que los satélites no orbitan solos: llevan colgando todos nuestros miedos, nuestras torpezas y nuestras ambiciones.
Afortunadamente, el sentido común parece haber hecho una reentrada triunfal. Por ahora. Musk ha reculado. Ha dicho que seguirá colaborando. Trump ha bajado el tono. Y en la NASA respiran, pero sin quitarse el casco. Porque todos saben que esto puede repetirse. Que cualquier nuevo roce puede poner en riesgo lo que tanto ha costado construir.
Así que aquí seguimos, mirando al cielo, pero sin quitar el ojo de la Tierra. Porque si algo nos enseña esta historia es que el espacio no es inmune a nuestras miserias. Y que, parafraseando a un clásico, «Houston, tenemos un problema… de egos».
Y mientras tanto, Trump sigue en campaña desde la mismísima Casa Blanca, Musk sigue tuiteando como si pilotara una nave sin control, la ISS sigue girando, y nosotros… nosotros seguimos escribiendo, no vaya a ser que un día no quede nadie en tierra para contar lo que pasa allá arriba.


















