Entró en la sala como si fuera a anunciar el desembarco de Normandía. Mirada al frente y paso firme, que no se note que no tiene ni puta idea de a dónde lleva a España —o peor, quizá sí la tiene—, y tampoco le importa. La mandíbula prieta, el mentón ligeramente alzado, como quien se cree llamado a escribir una página gloriosa de la historia. El problema, claro, era que no había historia. Ni épica. Ni patria que defender. Solo una sala vacía, un eco embarazoso y un presidente convencido de que bastaba con comparecer para justificar su existencia.

No es hipérbole. Ni metáfora. Ni exageración. La sala de prensa de La Moncloa, habitualmente plagada de micrófonos, libretas, móviles en modo grabadora y periodistas deseando que acabe el suplicio, estaba desierta. Ni un alma. Ni un palmero. Nadie. Solo el presidente, su verbo y su reflejo. Claro que Sánchez no gobierna un país. Gobierna su ego. No necesita prensa porque ya se tiene a sí mismo. Ni precisa adversarios, porque no los reconoce. No requiere siquiera público, porque le basta con oírse. Ha alcanzado ese punto de la megalomanía donde la realidad ya no importa. Solo la imagen. El discurso. Él.

Dicen que el poder corrompe, pero a veces lo que hace es vaciar. Desnudar al hombre hasta dejarle solo con su voz. Y esa voz, en el caso de Sánchez, retumba ya en un bucle cerrado donde solo él habla, solo él se contesta, solo él se convence.

El que lo viera sin contexto —si es que queda alguien en este país que aún conserve la inocencia para eso— podría pensar que se trataba de un ensayo. De una prueba de sonido. De un simulacro para un acto posterior con prensa real. Pero no. Era la rueda de prensa. La de verdad. La que anunciaba a bombo y platillo, como quien desvela el tercer secreto de Fátima, un nuevo embuste revestido de media verdad, con los modales de un Mesías y el gesto torcido de quien ya ha dejado atrás la noción de lo que significa rendir cuentas.

Porque no era solo el acto de hablar sin prensa. Era la impostura, la sobreactuación, la forma de girar la cabeza como si hubiera alguien escuchando, la mirada ensayada hacia las butacas vacías, el ademán del que se dirige a una audiencia imaginaria. Era teatro, sí. Pero del malo. De ese que ni en provincias se representa ya. Un esperpento digno de Valle-Inclán, pasado por la lente de Netflix y con presupuesto de campaña electoral.

Y sin embargo, ahí estaba. Hablando. Soltando frases como misiles de retórica hueca. Que si la verdad, que si he acordado con el OTAN, que si… El mismo cuento de siempre. Solo que esta vez sin testigos. Porque ni siquiera los suyos se atrevieron a acompañarle en semejante astracanada. Ni la prensa amiga, esa que suele llegar con el sonajero en la mano y la rodilla en tierra. Ni siquiera un periodista de cabecera de los que le pasan el micro como quien ofrece incienso al César. Nadie. Ni uno. Como si todos hubieran entendido, por fin, que había traspasado la línea.

Pero él, impertérrito, siguió. Como si no pasara nada. Como si esa escena grotesca no fuera un síntoma, sino una virtud. Como si comparecer ante la nada fuera un signo de autoridad en vez de una muestra palmaria de desconexión. Porque en su mente, probablemente, eso es lo que fue: un acto de soberanía personal. Una demostración de que no necesita a nadie. Que él se basta y se sobra.

Y puede que tenga razón. Porque, al fin y al cabo, nadie conoce ni comprende a Sánchez mejor que Sánchez. Ni siquiera Begoña. Por más que viva con él, le aguante el ego y le acompañe en las visitas a embajadas y saraos varios. No. Ni ella. Porque para Sánchez, solo Sánchez está a la altura de Sánchez.

La escena tenía algo de bíblico. De Moisés bajando del Sinaí con las tablas. Solo que en este caso no había tablas, ni mandamientos, ni pueblo esperándole. Solo una sala desierta y un tipo convencido de que la historia le escucha, aunque no haya nadie. Una escena de poder, sí, pero también de patetismo. Como esas imágenes de Biden saludando a gente inexistente, que tantos se han reído con sorna. Solo que en el caso del estadounidense, al menos, hay una excusa: la edad y la enfermedad. Aquí, en cambio, lo que hay es otra cosa. Una suerte de narcisismo político llevado al paroxismo. Un síndrome de Hubris con corbata y maquillaje.

Habló y habló. Como si su voz pudiera llenar el vacío. Cual si cada palabra lanzada al aire se convirtiera en dogma. Como si el hecho de pronunciar frases ante el eco ya fuera suficiente para gobernar. Y en cierto modo, lo es. Porque esto ya no va de gobernar. Va de mantenerse. De seguir. Aguantar. Resistir. Esa palabra fetiche que Sánchez ha convertido en emblema y coartada. Resistir, aunque sea solo, aunque sea sin país, sin prensa, sin partido, sin realidad.

Y mientras hablaba, uno no podía evitar imaginar el decorado por dentro. El cámara tragando saliva. El técnico de sonido preguntándose si todo eso estaba pasando de verdad. El del maquillaje lamentando no haber difuminado mejor las ojeras fingidas de quien quiere aparentar pena sin tenerla. Porque ni eso. Ni la pena le sale natural. Le falta humanidad para fingirla con éxito.

Y sin embargo, ahí estaba. Convencido. Seguro. Altivo. Como si en lugar de comparecer ante un país en ruinas lo hiciera ante el Olimpo. Como si fuera Pericles ante el ágora. Y todo, claro, grabado y editado para consumo en redes, donde sus fieles —cada vez más parecidos a una secta— pudieran compartir, vitorear, emocionar. Aunque ni ellos se crean ya del todo lo que ven.

Hay algo profundamente inquietante en un gobernante que no necesita al pueblo. Que no necesita a los medios. Que no necesita ni siquiera una sala llena para sentirse escuchado. Porque eso significa, lisa y llanamente, que ha cruzado la frontera. Que ya no distingue entre la función y la realidad. Que vive en su propia versión de los hechos. Y que cualquier cosa que no encaje en su relato es descartada, apartada, destruida.

Por eso no sorprende que hable solo. Ni que decida solo. Ni que nos imponga, a todos, su visión personal de España, como si fuera palabra revelada. Lo que sorprende, lo que asusta, es que todavía haya quien le siga. Quien le aplauda. Quien justifique. Porque el problema no es solo Sánchez. El problema es el ecosistema que lo ha hecho posible. El silencio cómplice. El periodismo domesticado y genuflexo. El votante anestesiado.

Mientras tanto, el país sigue adelante como puede. Con ministros que no pintan nada, porque todo lo decide él. Con leyes que se anuncian al gusto del día. Una deuda que se dispara, un paro que se disfraza, una televisión pública convertida en aparato de propaganda y un Parlamento que cada vez se parece más a un plató de Telecinco. Pero ahí sigue Sánchez. Dando ruedas de prensa vacías. Hablando para sí. Gobernando para él. Sobreviviendo a base de relato y resistencia.

Y uno, al verle allí, solo, en medio de una sala que parecía sacada de una película postapocalíptica, no podía evitar pensar que lo único que faltaba era una música de violín, una cámara girando en círculo y un final en fade out con la bandera —del partido, claro— ondeando al fondo. Porque eso es lo que ha hecho este presidente: convertir la política en una película. Mala. Mal interpretada. Pero película al fin y al cabo. Y él, claro, es el protagonista absoluto. El guionista. El productor. Y también el público.

Porque, al final, Sánchez solo habla para Sánchez. Solo se escucha a sí mismo. Solo se comprende a sí mismo. Y solo él, en su mundo, cree que eso basta. Pero no. No basta. Y llegará el día en que, al salir a escena, ya no haya ni cámara, ni técnico, ni maquillaje. Solo el silencio. El de un país harto. El de una prensa que, quizás, despierte y deje de hincar las rodillas. Y el de una historia que, implacable, no suele perdonar los delirios de grandeza.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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