En 1997, siendo uno de los «culpables» de la edición del boletín El Geólogo, teníamos por costumbre abrir cada número con una “frase lapidaria”. Lo hacíamos con cierta retranca, como quien lanza una piedra al agua y se queda mirando las ondas. En aquel número 38, la elegida fue: “Nada es permanente salvo el cambio”. Era una cita de Heráclito de Éfeso (c. 500 a. C.), que por entonces me pareció oportuna y hoy, más de 25 años después, me resulta imprescindible.

El Geólogo era entonces el boletín informativo del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, que en aquellos años recogió con dignidad —y algo de nostalgia— la cabecera de lo que fue, en los gloriosos años 80, la primera revista en color del Colegio. Otra época, otros medios… pero la misma voluntad de comunicar, aunque fuera en A4 doblado y con grapas. Aún quedarían unos años para que apareciera Tierra y Tecnología, llamada a convertirse en la nueva voz impresa del Colegio ya en los 90.

Desde entonces, esa frase no me ha abandonado. Y ahora, tras leer un artículo que me ha enviado un buen amigo —La IA como estrategia para el crecimiento social y económico—, no he podido evitar recordar al viejo Heráclito. Al oscuro de Éfeso. Al que ya lo dijo todo antes de que inventáramos el caos.

En su tiempo, hace más de dos mil quinientos años, el mundo ya era inestable, aunque no lo supieran del todo. Guerras, tiranías, imperios que ascendían y caían con la misma rapidez con la que hoy se volatiliza una moneda digital. Pero Heráclito no hablaba solo de política o de historia: hablaba de la naturaleza íntima de la realidad. Del ser que no es, porque siempre está siendo. Del río.

En aquella época comenzamos a utilizar papel reciclado para imprimir los 3.000 ejemplares de El Geólogo. Un boletín modesto pero peleón, también conocido —no sin cierta guasa— como la hoja parroquial.

La metáfora del río tiene hoy una vigencia casi dolorosa. No puedes bañarte dos veces en el mismo río, decía, porque nuevas aguas corren siempre sobre ti. Y tú mismo, además, ya no eres el mismo. Lo entendieron bien los físicos modernos al estudiar la entropía, los biólogos al analizar la renovación celular y los filósofos contemporáneos cuando intentan articular una identidad personal en un mundo que muta a cada segundo.

El ser como devenir

Heráclito da un giro brutal al pensamiento estático de su tiempo. No somos cosas. No somos esencias fijas. Somos procesos. Somos el resultado —y al mismo tiempo la manifestación— de un cambio perpetuo. Y lo que es más inquietante aún: ese cambio no es algo que podamos evitar, ignorar o controlar. Es el fondo mismo de la realidad.

Esta idea, que en su época pudo parecer casi blasfema, es hoy una obviedad científica. Tus células se regeneran. Tus pensamientos cambian. Las certezas de ayer se tambalean. Tus relaciones se transforman. El tú que comenzó a leer este párrafo no es exactamente el mismo que ahora lo termina. Y sin embargo, seguimos empeñados en fingir que hay cosas que no cambian. Que somos “nosotros mismos” desde que tenemos uso de razón.

La ilusión de la estabilidad

Heráclito no solo desenmascara el cambio, también desvela nuestra necesidad de mentirnos. Queremos creer en la permanencia. En las instituciones, en los dogmas, en los valores eternos. Queremos creer que hay algo sólido bajo nuestros pies. Y sin embargo, cuanto más tratamos de aferrarnos, más rápido nos arrastra la corriente.

Miremos a nuestro alrededor. El planeta cambia: colapsan ecosistemas, se funden glaciares, las estaciones ya no respetan sus propios nombres. La tecnología muta a velocidad de vértigo: lo que ayer era revolución hoy es obsoleto. Las sociedades se polarizan, se fragmentan, se reconfiguran como un caleidoscopio en manos de un niño nervioso. La economía se reinventa con monedas virtuales que suben y bajan como un electrocardiograma. La política… mejor no hablar de ella, que el río ahí lleva fango.

Y ante todo eso, seguimos buscando anclas en medio del torbellino. Seguimos queriendo que haya algo que no cambie. Pero Heráclito nos mira desde las sombras con su sonrisa torcida, como quien ya lo advirtió hace siglos: no hay tal cosa.

Heráclito y la humanidad de hoy: el vértigo de la encrucijada

La humanidad actual no está en una época de cambio. Está en un cambio de época. La diferencia no es banal. No hablamos ya de transformaciones graduales, sino de mutaciones estructurales. La inteligencia artificial, la biotecnología, la realidad aumentada, el colapso ambiental, la desinformación estructural, la guerra cibernética, la redefinición de lo humano. Todo esto no es parte del decorado. Es el nuevo río. Uno que no hemos aprendido a nadar y que amenaza con ahogarnos.

Y lo peor es que muchos aún se empeñan en construir presas sobre ese río. Políticos que creen que pueden regular el cambio con leyes desfasadas. Ciudadanos que miran con nostalgia el siglo XX, como si fuera recuperable. Tecnócratas que prometen controlar la IA como quien promete amaestrar un dragón hambriento. Idealistas que sueñan con detener el tiempo a base de pancartas. Y no. El tiempo no espera.

¿Qué hacemos entonces? ¿Nadamos o nos dejamos arrastrar?

Heráclito no nos dice cómo vivir. No da instrucciones. Pero sí nos da una clave: entender que todo fluye. Y, si todo fluye, entonces nuestra tarea no es resistir el cambio como si fuera un enemigo, sino aprender a fluir con él sin perder lo esencial. Y aquí está el matiz más difícil: sin perder lo esencial.

Porque sí, todo cambia. Pero algunos valores —no como dogmas rígidos, sino como brújulas internas— pueden sobrevivir al río. La dignidad. El pensamiento crítico. La búsqueda de la verdad. El respeto por el otro. La lucidez. No como rocas estáticas, sino como velas que se ajustan al viento. Como la piel de un viajero curtido por todos los climas. Como la mirada de quien ha entendido que no se puede detener el río, pero sí aprender a leer sus corrientes.

Volver a Heráclito no es nostalgia, es supervivencia

Los clásicos no son figuras de museo. No son nombres para esculpir en mármol ni bustos para acumular polvo en una estantería. Los clásicos, cuando se entienden bien, son armas cargadas de lucidez. Y Heráclito, más que muchos otros, tiene la mala leche y la precisión quirúrgica que se necesita hoy.

Porque en este momento de la historia en el que todo muta —la verdad, el trabajo, las relaciones, el conocimiento, incluso el cuerpo—, hay algo profundamente útil en recordar que el río nunca se detuvo. Que no podemos bañarnos dos veces en él. Que no es que el mundo haya enloquecido: es que siempre fue así, solo que ahora no tenemos excusa para no verlo.

Así que sí. “Nada es permanente salvo el cambio”. Lo escribimos en El Geólogo en el 97 con media sonrisa, sin saber que estábamos firmando una verdad incómoda que aún nos persigue. Hoy, la rescato aquí, más como escudo que como consigna. Porque si no entendemos que el río somos nosotros, acabaremos creyendo que nos están ahogando, cuando en realidad no aprendimos a nadar.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Genial compi. Sólo apuntillo que creo que somos una generación que creo sabemos dejarnos llevar y fluir con la corriente. Nos agarramos a cualquier palo, junco o piedra que encontramos en el curso del río. Ya llevamos tiempo haciéndolo y seguiremos nadando en él.
    Hay un vídeo metafórico muy bonito donde tiran desde unos acantilados a una chica a unos rápidos y por más que intenta nadar o luchar el agua la puede excepto cuando se relaja y fluye con la corriente, es cuando llega a un remanso y se salva. Pues aprenderemos de ello, ¿no? Heráclito un gran filósofo y la frase brutal. «Todo cambia nada permanece» excepto las viejas glorias. Un abrazo

    • Qué gran imagen, Yolanda. Me la guardo: a veces uno solo encuentra el remanso cuando deja de pelear contra la corriente. Y sí, somos de esa generación que aprendió a flotar cuando el agua ya nos llegaba al cuello. Nos hemos agarrado a juncos, piedras y hasta al humo si hacía falta. Y seguimos, claro que sí. Porque el río no para, pero nosotros tampoco.

      Heráclito lo clavó, y tú lo rematas con arte: todo cambia, nada permanece… excepto las viejas glorias. Y algunas, además, seguimos dando guerra.

      Un abrazo grande, compi.

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