En estas tardes abrasadoras en las que el sol cae a plomo y el aire se puede cortar con cuchillo, no sabe ya uno qué hacer con su vida. Piscina, si tienes la suerte de contar con ella sin hipotecar el hígado. Playa, si te pilla cerca y no te importa compartirla con hordas de veraneantes vociferantes. Refugios climáticos varios, siempre que no estén tomados por jubilados jugando al dominó. O, como en mi caso, te atrincheras en casa con un tinto de verano bien cargado —sin rodajita de limón, que esto no es una terraza de postureo— y te atreves a hurgar en esa estantería olvidada a la que solo llegas con la escalera que guardas en el garaje junto a los trastos que te da pena tirar.

Pues bien, la semana pasada, trepé hasta esa balda polvorienta como quien escala el Kilimanjaro de sus remordimientos lectores. Y allí, entre manuales de marketing caducos y alguna novela infumable que me regalaron con buena intención y pésimo criterio, apareció La Biblia de los Negocios. Año 1993. Corría aquel entonces un servidor entre trabajo, responsabilidades varias —incluida la lectura del célebre libro del padre moderno, que uno afrontaba con escepticismo pero también con el vértigo de quien espera a su primer retoño, que con el tiempo resultó ser una retoña— y un MBA noctámbulo que me robaba las horas de sueño y me llenaba la cabeza de teorías que luego el mercado se encargaba de desmentir con saña. Fue en ese contexto de locura racionalizada cuando compré el libro que hoy, tres décadas después, todavía no se me atraganta.

Y eso ya es mucho decir.

Lo firma Wayne Dosick, un rabino con más sentido práctico que muchos catedráticos de economía. En lugar de limitarse a predicar a los suyos, decidió escribir un decálogo empresarial con espíritu bíblico, pero sin mojigaterías ni dogmas prefabricados. Diez mandamientos, sí. Pero no para convertir el consejo de administración en un convento, sino —según reza el subtítulo— para crear un lugar de trabajo ético. Que dicho así puede sonar cursi, pero visto lo visto en muchas empresas, es casi una revolución.

Porque aquí no se trata de imponer la fe a martillazos, ni de disfrazar el capitalismo con sotana. Se trata de algo más incómodo y necesario: rescatar la ética del cuarto oscuro donde la dejaron encerrada los que confunden pragmatismo con falta de escrúpulos. Dosick, sin dar gritos ni sermonear, expone el drama real de tantos hombres y mujeres que trabajan atrapados entre su deseo de actuar con rectitud y la presión por entregar resultados, cerrar trimestres o colmar las expectativas de un jefe que confunde el beneficio con la virtud. Y lo peor: cada vez más confundidos, más desanimados, más resignados ante la posibilidad —remota, creen— de conciliar humanidad y eficacia sin que te pasen por encima como una apisonadora.

Pero Dosick se niega a rendirse a ese cinismo. Y ahí está la fuerza del libro: ofrece respuestas útiles, incluso sorprendentes, en un lenguaje llano, apoyado en textos milenarios que —quién lo diría— siguen teniendo más sentido que muchas teorías de liderazgo escritas con PowerPoint. No hay fórmulas mágicas. Hay sentido común, principios firmes, anécdotas reales y diez capítulos que podrían haber sido escritos ayer. Porque lo que vale, permanece.

Los mandamientos no tienen desperdicio: servir con integridad, respetar al otro, liderar con visión, construir comunidad, buscar la excelencia sin sacrificar el alma en el intento… Palabras mayores en un entorno donde lo común es pisar cabezas y luego encargar una campaña de RSC para que parezca que abrazas árboles por la mañana.

El estilo es directo. No pontifica, no dulcifica. Te lanza preguntas como si te conociera: ¿Estás liderando o imponiendo? ¿Qué pasaría si trataras a tus empleados como personas y no como activos? ¿Tu empresa es un reflejo de tus valores o una coartada para justificar tu ambición?

El libro tiene menos páginas que muchos informes trimestrales que no dicen nada, y sin embargo, deja más poso. Porque en un mundo donde la palabra “ética” ha sido vaciada, domesticada y convertida en titular para la intranet, encontrar a alguien que la reivindique sin tapujos ni cálculos electorales, es casi subversivo.

¿Lo recomiendo? Sí, sin dudarlo. Sobre todo a esos ejecutivos de sonrisa fotogénica y manos limpias por falta de uso, que piensan que dirigir es mandar y no servir. Quizá no lo lean. Quizá lo lean y no les guste. Pero si alguno —aunque sea uno— decide revisar su forma de ejercer el poder después de leerlo, ya habrá valido la pena.

Porque al final, como decía mi abuelo, más vale tener la conciencia tranquila que el currículum lleno de medallas oxidadas.

Y ahora va usted —lector curioso y lleno de buenas intenciones— y se lanza a buscar esta joya del 93 en librerías de viejo, mercadillos de segunda mano o rincones polvorientos de internet. Suerte con eso. Que Dios le guíe… o al menos el algoritmo de Wallapop. Y si la encuentra, no diga que no se lo advertí: este librito huele a principios. Y a día de hoy, eso cotiza más que el oro.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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