Hay quien combate las olas de calor con aire acondicionado, sombra de parra y silencio monástico. Otros, en cambio, preferimos el combate cuerpo a cuerpo, a pecho descubierto, con una copa en la mano y las palabras como única defensa ante el fuego que nos cae del cielo y la estupidez que sube del suelo. Así que, como servidor va a andar liado —y no poco— durante esta primera quincena de julio, he preparado nueve tragos para que no os deshidratéis de pensamiento mientras yo brego con otros fuegos. Nueve posts, nueve perlas, nueve hielos en la copa de este tinto de verano que no embota los sentidos… sino que los espabila.
1. La geología en el cine: cuando la Tierra tiembla y la taquilla tiembla con ella
Empezamos fuerte, con el bueno de Marc Martínez Parra, que vuelve al ruedo con un libro que se lee como quien escucha a un viejo amigo contando batallitas en una sobremesa con café y brandy. “La geología en el cine” no es un catálogo de terremotos y volcanes al uso. Es un tratado con alma, un repaso meticuloso y apasionado de cómo el cine ha usado —y abusado— de la Tierra como personaje. Desde los efectos especiales más cutres hasta la épica científica bien fundamentada, Marc disecciona celuloide con martillo de geólogo y lupa de cinéfilo. Un imprescindible para los que saben que la ciencia también se siente, y el cine, a veces, enseña más que un tratado.
2. Distopías de oropel: de Metrópolis a TikTok sin pasar por la casilla de salida
“Un mundo feliz” y “Metrópolis” eran advertencias, no instrucciones. Lo sabíamos, lo repetimos… y nos lo pasamos por el forro. Lo que antes helaba la sangre hoy parece cuento infantil frente al circo grotesco en el que vivimos. Ya no hace falta que el Estado nos drogue con soma: nos bastamos solitos con Netflix, scroll infinito y píldoras de autoestima con sabor a algoritmo. Estas obras eran espejos deformantes del futuro. Hoy, el espejo es plano, pero el monstruo está dentro. Si Huxley levantara la cabeza, volvería a enterrarse. Y si Lang viera el desfile de zombies digitales en el metro, se haría youtuber. Esta reseña cruzada no pretende hacerte leerlos —aunque deberías— sino recordarte que fuimos avisados. Y aún así, aquí estamos: chapoteando en la distopía, pero eso sí, con WiFi.
3. La Biblia de los negocios: evangelios apócrifos para descreídos del capitalismo
Hay libros que uno compra por impulso, otros por consejo, y unos pocos que simplemente aparecen. Este último lo encontré mientras buscaba otra cosa, como casi todas las verdades incómodas. Polvoriento, olvidado, y con más sabiduría que muchos MBAs de corbata y sonrisa de PowerPoint. En él no se predica ni se pontifica, pero se desmenuza el capitalismo como quien destripa un cerdo en matanza: sin romanticismo, con precisión quirúrgica. Lo leo como se bebe un buen ron en verano: despacio, saboreando cada trago, sin perder de vista que lo dulce viene con resaca. Si estás cansado de libros que prometen hacerte rico antes del desayuno, este es tu antídoto. Aquí no se vende humo: se analiza el fuego.
4. Heráclito y el río que nos lleva: manual de resistencia en tiempos líquidos
Todo fluye, decía Heráclito. Y uno, que ya peina canas y acumula heridas de guerra, empieza a entenderlo con la certeza de quien ha visto cambiar gobiernos, modas, amigos, incluso enemigos. Lo recordé releyendo un viejo número de El Geólogo, aquel boletín casi clandestino donde colábamos filosofía entre sílex y estratos. En aquel número 38, citamos con sorna: “Nada es permanente salvo el cambio”. Y qué razón teníamos, demonios. Hoy, más que nunca, necesitamos a Heráclito como compañero de sobremesa. No para que nos consuele, sino para que nos avise: si el río arrastra, aprende a nadar. O al menos, no te ahogues sin pelear.
5. El presidente y su espejo: monólogo en una Moncloa vacía
Uno ya ha visto de todo en política. Pero lo de Pedro Sánchez compareciendo solo, ante nadie, en un teatrillo sin prensa, sin preguntas, sin interlocutor, fue de nota. Dicen que fue estrategia. Yo digo que fue síntoma. Síntoma de un narcisismo rampante, de una desconexión peligrosa con la realidad, de una megalomanía de emperador decadente que se mira al espejo y se aplaude. El problema no es que hablara solo. El problema es que se creyera escuchado. Shakespeare, que lo vio todo, habría escrito una tragedia con esto. Valle-Inclán, una farsa. Yo, humildemente, dejo aquí la crónica de un acto político que ni Stalin habría concebido con tanto descaro ni Berlanga con tanta puntería.
6. España endeudada hasta las cejas: cuando el futuro hipotecado ya no indigna a nadie
Nos endeudamos. Nos seguimos endeudando. Y lo peor: lo hacemos con una alegría que raya en lo criminal. Cuarenta mil millones al año solo en intereses, y nadie pestañea. Ni los de antes ni los de ahora. Aquí se sigue gastando como si el dinero cayera del cielo y no de los bolsillos de los que aún pagan impuestos. Hablamos de soberanía nacional mientras firmamos cheques a Bruselas, a Berlín, o al diablo mismo. Pero el pueblo —ese al que tanto se invoca— calla, consume, vota y aplaude. Como el pollo al que ceban antes de Navidad. ¿Cuándo fue que nos resignamos a pagar más por tener menos? ¿Y por qué, demonios, seguimos creyendo que esto no acabará mal?
7. Blacksad: un gato con gabardina, un revólver y más humanidad que muchos humanos
Cumplí años. Los suficientes como para que el cuerpo pida tregua y el alma exija lectura. Y alguien, bendita sea, me regaló el integral de Blacksad. Trescientas páginas de arte, narrativa negra y existencialismo felino. Un cómic, sí. Pero qué cómic. Si Philip Marlowe tuviera bigotes y rabo, se llamaría Blacksad. En este tomo hay más verdad que en muchos discursos, más justicia que en muchos tribunales y más emoción que en cien novelas de autoayuda. Lo devoré. Y al acabar, solo pude pensar en una cosa: qué difícil es ser humano, y qué bien lo hace este gato.
8. La percepción de la realidad: la gran estafa emocional de nuestro tiempo
No importa lo que pase. Importa lo que parece. Esa es la máxima del político posmoderno. España puede arder, quebrarse o corromperse… mientras los colores del relato estén bien calibrados y el trending topic suene positivo. La verdad ya no es una cuestión de hechos, sino de encuadres. Y el ciudadano medio, bombardeado de relatos y anestesiado por titulares, apenas distingue entre realidad y propaganda. La percepción lo es todo. Gobernar ya no es gestionar: es seducir. Y si hace falta, mentir. La democracia deviene espectáculo. Y nosotros, meros figurantes con derecho a aplaudir.
9. Roban, sí… pero que no vengan los otros: el último refugio del cínico
En cualquier país civilizado, la corrupción se castiga. En el nuestro, se compara. ¿Qué roban? Sí, pero menos que los otros. ¿Qué mienten? Vale, pero con mejor estilo. Así nos va. Aquí se justifica lo injustificable con la misma naturalidad con que se pide otra caña. El votante se convierte en cómplice. El periodista en abogado. El político en trilero. Y el país, en una taberna donde nadie paga la cuenta, pero todos piden ronda. Mientras tanto, los honrados callan, los listos huyen y los tontos, como siempre, aplauden.
Epílogo con tinto y hielo
Así que aquí los tienes: nueve posts para este julio que empieza apretando como reja en carne blanda. Nueve tragos distintos para refrescar la cabeza, calentar el alma o, simplemente, pasar el rato mientras la ola de calor convierte el asfalto en sartén y las redes en gallinero. Lector, tómate estos textos con calma. Léelos en orden o al tuntún. Compártelos o guárdalos como quien esconde un buen vino para tiempos mejores. Y ya que estás, no seas alma en pena y di algo, hombre. Dale a la molondra, coméntame, réplicame, llámame loco o lúcete con una cita. Que aunque ande liado hasta las cejas, si me dejáis un par de líneas ahí abajo, me veré en la obligación —y el gusto— de responder. Porque esto, al fin y al cabo, va de hablar entre nosotros. Aunque sea con un tinto en la mano y media calabaza fundida al sol.
Y si la cosa se pone dura, recuerda lo que decían los Mojinos: combate la ola de calor con una tsunami de cerveza. O, si prefieres la versión más castiza, siéntate en la sombra, abre el post, y apriétate un buen tinto de verano. Que lo que no se cura con vino… es que no tiene arreglo.
Buen verano. Y que el calor no derrita la lucidez.
