La soledad, amigo lector, no hace ruido. No es como el estruendo de una bomba, ni la algarabía en la fiesta del orgullo, ni el grito de una madre al pie de una tumba. Es más bien un susurro tenaz, pertinaz y pegajoso que se instala en los rincones de una casa vacía, en la sombra de una habitación sin nadie o en la garganta seca de quien finge estar bien cuando no lo está. No es lo mismo estar solo que sentirse solo, ya lo sabemos. Lo primero puede ser elección; lo segundo, condena. Y la diferencia, créame, marca la frontera entre el sosiego y la desesperación.

Yo la conozco. He olido su rastro en los portales oscuros de ciudades donde nadie pronuncia tu nombre. He sentido su peso en pasillos y habitaciones de hospitales donde los viejunos se pudren despacio entre bandejas frías y televisores encendidos. La he visto reflejada en la mirada vacía de un camarero que finge sonreír mientras anhela una conversación auténtica. En las residencias de mayores, donde estos esperan esa visita que no llega.

Y ahora aparece la OMS, esa misma organización que llegó tarde y mal al asunto del COVID y que no ha sido precisamente un faro de previsión, esa OMS, ahora viene a advertirnos en su flamante informe que uno de cada seis seres humanos camina por el mundo con una piedra en el pecho. Dicen que la soledad se lleva por delante a más de 871.000 personas al año. Eso equivale a 100 por hora. Como si un avión se estrellaran cada sesenta minutos y nadie saliera en los telediarios. Lo dicen con cifras, con gráficos, con lenguaje clínico. Pero lo cierto es que el cadáver de la soledad, cuando lo encuentra la ciencia, ya huele a viejo.

No desprecio el dato, no me malinterprete. Pero cuando uno ha visto cómo funciona la maquinaria internacional de alertas y recomendaciones, se toma estas cosas con sal y con tiempo. La OMS es experta en llegar al funeral con el traje planchado. Sus informes recuerdan a esos vecinos que, tras el incendio, aseguran haber olido algo raro, pero no dijeron nada, por si acaso. Muy útiles, sí. A toro pasado. Y sin embargo, el diagnóstico es certero: la soledad mata. Y no lo hace con ruido, sino con la sutileza de una gota de agua horadando piedra. Sin sangre, sin titulares, sin dramatismo. Mata como mata el tedio, como mata la ausencia, como mata la indiferencia. Y lo peor es que lo hemos normalizado. Lo asumimos como parte del paisaje moderno, como una especie de impuesto emocional por vivir en ciudades grandes, pisos pequeños y agendas apretadas.

Aquí entra la ironía de los tiempos: jamás hemos estado tan conectados y, a la vez, tan desconectados. Móviles, redes, stickers, videollamadas, emojis. Toda una parafernalia digital que pretende simular cercanía pero que apenas maquilla la distancia real. Nos llenamos de followers y de mensajes vacíos, pero seguimos teniendo miedo de mostrarnos tal cual somos. La conexión social, según la propia OMS —y aquí aciertan, aunque lleguen tarde—, no se mide en likes. Se mide en miradas, en silencios compartidos, en la certeza de que uno puede ser escuchado sin tener que gritar.

La pantomima, sin embargo, nos va. Fingimos tener amigos, alegría, compañía. Y cuando se apagan las luces del día, cada cual duerme con sus propios fantasmas. Y créame, hay fantasmas que pesan más que el plomo, que se te sientan en el pecho y no te dejan respirar. Fantasmas que no tienen nombre, pero que todos reconocemos.

Los datos son demoledores. Según el informe, los más afectados por la soledad no son los ancianos, como podría suponerse, sino los jóvenes. Entre los 13 y los 29 años, uno de cada cinco se siente solo. En los países más pobres, la cifra se duplica. Porque no es solo cuestión de edad, sino también de renta. Cuando el estómago está vacío y el alma más aún, el abandono se multiplica. Y cuando nadie te ve, nadie te ayuda. Si nadie te ayuda, te vas apagando, de manera pausada, irremediablemente.

Y la soledad, insisto, no se queda en el alma. Se mete en la carne, en las arterias, en la mente. Aumenta el riesgo de infarto, de ictus, de deterioro cognitivo. Duplica las probabilidades de depresión, de ansiedad, de suicidio. Y si eres joven, tus notas bajan. Si eres adulto, el trabajo peligra. Si eres humano, simplemente te derrumbas. Y lo peor es que no lo parecemos ver. O no queremos.

Esto no es nuevo. Recuerdo que hace unos cuarenta y cinco años, un viejo profesor —de esos de voz de aguardiente, americana raída y mirada de mundo vivido— nos contaba en clase una noticia estremecedora: en Estados Unidos, una anciana había muerto sola y fue hallada tres meses después, cuando los vecinos comenzaron a quejarse del olor. «Eso en España no pasaría», sentenció. «Aquí están la familia, los amigos y los vecinos. Aquí aún nos conocemos por el nombre».

Yo lo creí. Entonces era cierto. Hoy ya no. Hoy ese profesor tendría que comerse sus palabras. Porque también aquí nos alcanzó la marea. Nos reímos de la frialdad americana, pero la imitamos con devoción. Arremetimos contra la familia «tradicional» con la furia de quien quiere dinamitar los cimientos de una civilización. La atacamos con saña durante años, hasta convertirla en escombro ideológico y ruina sentimental. La llamamos estructura opresiva, patriarcado, cárcel emocional, vestigio de un pasado que convenía sepultar. Nos dijeron que había muchos tipos de familia, que tener hijos era casi un acto egoísta, que los hijos no son de los padres —como proclamó sin pudor una ministra del ramo, o de la rama, qué más da—, y que la verdadera libertad consistía en vivir sin apegos ni descendencia. A los vecinos les bajamos la persiana y echamos el cerrojo. Si es hombre, es sospechoso solo por serlo. Si es mujer, más vale no dirigirle la palabra, no sea que alguien interprete mal una mirada. Y si se siente avutarda pansexual en trance de autodescubrimiento cósmico, lo más sensato es cruzar la acera. Ya no se presta sal. No se pide ayuda. Ya no se mira a los ojos. El otro es amenaza, denuncia potencial, problema asegurado. Si gritas, nadie viene. Y si mueres, quizá te encuentre el perro. Si tienes suerte. Y perro, claro.

¿Y los amigos?, preguntará alguno. De eso ya escribí hace años, con ayuda de los clásicos: los verdaderos se cuentan con los dedos de una mano mutilada. Porque también la amistad ha pasado a ser espectáculo, selfie, etiqueta. Decimos ‘amigo’ como quien dice seguidor, contacto, cómplice digital. Pero el amigo de verdad, el que acude sin preguntar y se queda sin mirar el reloj, ése se ha vuelto especie en extinción. Y sin ellos, la soledad aprieta aún más.

Nos hemos convertido en lo que juramos no ser. En aquello que despreciábamos. En lo impensable. Y lo hemos hecho con orgullo, con superioridad moral, con pedagogía institucional. Nos han vendido la autonomía emocional y hemos comprado aislamiento.

Dice Vivek Murthy, el copresidente de la Comisión de la OMS sobre Conexión Social, que “cada persona puede marcar la diferencia con medidas sencillas”. Yo le añadiría: y con un mucho de coraje. Porque hoy en día acercarse al otro es un acto de valentía. Valiente es quien pregunta cómo estás y se queda a oír la respuesta. Valiente es quien rompe la pantalla, sale a la calle y saluda. Porque nos hemos vuelto cobardes. Tan encerrados en nuestro ombligo que ya no sabemos mirar a nadie a los ojos sin sentirnos vulnerables.

La OMS propone una hoja de ruta. Cambiar políticas, medir mejor la conexión social, invertir en parques, bibliotecas, cafés. Estupendo. Pero lo que hace falta de verdad es recuperar el valor de lo próximo. De lo humano. Del banco compartido. De la caña sin móvil. Del vecindario como trinchera donde resistir la barbarie emocional. Porque esto, al final, va de eso: de resistir. Contra la deshumanización, la dictadura del algorrino y la muerte emocional programada.

Tengo amigos que viven solos. Algunos por elección, otros por naufragio. A todos ellos les dedico estas líneas. Porque sé que hay domingos que son mortales. Porque sé que a veces una llamada salva una vida. Y no es metáfora. Lo dice la OMS. Y por una vez, quizá, tenga razón. La soledad mata. Al individuo. A la individua. A la tribu entera.

Y aún hay remedio. Nos queda la palabra. El gesto. La caricia. Una carta. Un paseo. Un abrazo. Una cerveza fría en la terraza de siempre. Porque no éramos más felices antes, quizá. Pero nos dolía menos la vida.

Hoy falta esa armadura. Y por eso este informe —aunque llegue con retraso, aunque sea tibio— suena como un toque de difuntos. Un aviso. Si no corregimos el rumbo, acabaremos en el suicidio colectivo por abandono afectivo. Tal vez pienses que exagero. Tal vez no quieras verlo. Pero escucha: cada hora mueren cien personas por estar solas. Y no de forma figurada. Mueren de soledad orgánica. Química. Médica. Con diagnóstico. Y eso, en este siglo de la vanidad tecnológica, es obsceno.

Me despido, lector, con una propuesta. La próxima vez que salgas a la calle, saluda. Llama. Escribe. Pregunta. Escucha. Porque la soledad es como el óxido: empieza en una grieta y termina devorando el alma entera.


Antes de que cierres este texto y vuelvas al scroll infinito, permíteme dejarte algo más útil que una queja. No es magia, ni promesa de felicidad eterna, ni receta de gurú de TikTok. Es apenas un decálogo, una lista de diez cosas bastante simples, casi de sentido común. Pero vaya usted a saber: igual alguna funciona. Aquí te la dejo, lector solitario o acompañado, con ánimo de ayudar y un pellizco de ironía, que es como mejor entra la verdad.

Decálogo para combatir la soledad

  1. Recupera el contacto real: sí, de verdad, usa la boca para algo más que hablarle a Siri. Llama a alguien. Escúchale. Queda. Mira a los ojos aunque no haya filtro de Instagram.
  2. Hazte visible: sal del modo fantasma. Apúntate a un curso, a una tertulia, a un bingo si hace falta. Que sepan que existes más allá de tu avatar.
  3. Saluda, siempre: al vecino, al camarero, al perro del vecino. No cuesta nada y a veces el “buenos días” evita el “buenas noches” con ansiolíticos.
  4. Cuida tus vínculos: los amigos, los primos, incluso los cuñados —bueno, a estos, solo un poco, que luego se vienen arriba—. Llámales, invítales, ríete con ellos. Si no riegas la planta, se muere. Si no riegas la amistad, también.
  5. Apaga la pantalla: el móvil no es una prolongación de la mano. Mira alrededor. Hay gente, árboles, vida. Y no hace scroll.
  6. Ayuda a otros: el truco más viejo del mundo. Ayuda, y de pronto te das cuenta de que ya no estás tan solo. Magia barata y efectiva.
  7. Haz ejercicio en grupo: no hace falta volverse runner espiritual. Basta con caminar acompañado, apuntarse al yoga o bailar pasodobles en la plaza.
  8. Escribe cartas: sí, con bolígrafo —pasmado se va a quedar el receptor—. Escribe algo que no pueda corregir el autocorrector. Una carta vale más que mil memes.
  9. No temas pedir ayuda: no es un pecado mortal ni te convierte en débil. Decir “necesito hablar” a veces te salva. A veces le salva al otro.
  10. Sé tú el primer paso: no esperes al milagro. Si nadie da señales, da tú la primera. Si el hielo no se rompe, rómpelo tú. Con estilo, si puede ser.

Hazlo por los demás. Pero sobre todo, hazlo por ti.

Y ya si has llegado hasta aquí, permíteme una última confidencia, en bajito: joder, me ha quedado esto como un capítulo final de esos libros de autoayuda que tanto detesto. Pero qué le vamos a hacer. A veces, incluso entre el cinismo y la ironía, se cuela algo de verdad.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Ayer escribi agradeciendole por tan excelente articulo hace mas de 30 años dando Clase de Psicologia el primer tema era Sobre el Ministerio de la Soledad.
    Muchisimas gracias de Nuevo por su acertada exposicion en un momento que se necesita este tipo de Orientacion.

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