Viajar en tren por España en el último lustro se ha convertido en un ejercicio de paciencia y resignación. No hay plan, ni certidumbre, ni garantía de llegar a destino. Hay, eso sí, muchos Xuits. El actual ministro de Transportes —un tal Oscar—, poco amigo de dar ruedas de prensa y más cercano al teclado que al micrófono, se atreve incluso a proclamar que estamos viviendo el mejor momento del ferrocarril en nuestra historia. Lo dice con una serenidad pasmosa, como si no hubiéramos visto trenes varados durante horas en mitad del campo, como si no fuera habitual que las aplicaciones de Renfe y Adif parezcan partes de guerra en tiempo real.

Mi relación con el tren viene de lejos, de cuando el uniforme era reglamentario y no de etiqueta. Serví en Ferrocarriles durante el servicio militar, y aquel año viajé como un ferroviario nómada: Zaragoza, Albacete, Madrid, Salamanca… de madrugada, al alba, de día y al ocaso. Y sí, el servicio funcionaba. Algún retraso ocasional, alguna parada inesperada, pero nada que no se pudiera compensar con un bocadillo y un poco de paciencia. Años después, como civil reincidente, utilicé el Cercanías de Madrid durante una larga temporada, lo bastante como para conocer la fauna, los horarios y las excusas. Había fallos, sí, pero no eran estructurales, ni vergonzosos. Más tarde vino el AVE, desde Madrid, a un buen puñado de destinos, y entonces parecía que viajábamos al futuro. Hoy, en cambio, ese futuro se ha descarrilado. Lo que veo ahora es espeluznante. Un servicio ferroviario cada vez más incierto, más saturado, más torpe. Como si el progreso hubiese decidido bajarse en Atocha y no volver.
El episodio del 30 de junio, con cientos, si no miles, de pasajeros atrapados durante doce horas entre Yeles y La Sagra, sin aire acondicionado y en plena ola de calor, no fue una excepción: fue el colofón de una serie de catastróficas descoordinaciones y falta de mantenimiento. No faltaron las excusas: robos de cobre, fallos técnicos, sabotajes de la ultraderecha, conjunción anómala de los astros… Lo que sigue faltando es una explicación seria y, ya que pedimos, disculpa gorda y ceses.
El sistema ferroviario no se viene abajo por castigo divino, sino por acumulación de errores y una notable falta de inversión. Por una liberalización del mercado mal planteada y peor implementada. Por una guerra de precios que ha desangrado a Renfe, que ha reducido un 40% sus ingresos por pasajero desde 2021. Por un Adif que no ha recibido las inversiones necesarias para mantener las vías, gestionar el tráfico creciente o coordinar a varios operadores que compiten como si fueran taxistas en un aeropuerto sin control.
Tampoco han ayudado las promesas incumplidas. Los trenes Talgo Avril S106, que debían marcar un antes y un después, han acabado convertidos en chivos expiatorios de los retrasos. Su implantación, como tantas otras cosas en este país, llegó tarde y mal. Con problemas técnicos, con limitaciones operativas y sin la fiabilidad que se les presuponía.
Mientras tanto, los viajeros acumulan quejas, retrasos, molestias y reclamaciones que caen en saco roto. La famosa política de devoluciones por retrasos se ha endurecido. Ahora hay que ser jurista, equilibrista y contorsionista para recuperar el importe de un billete cuando el tren llega tarde, muy tarde. Ya no es una compensación: es una carrera de obstáculos que lo que pretende es que el usuario desista.
Y justo ahora, con este panorama, se anuncia una ley que prohibirá los vuelos nacionales cortos si existe alternativa ferroviaria «razonable». Sobre el papel, la medida tiene sentido: menos avión, más tren, menos emisiones. Pero sobre la vía, esa medida implica lanzar miles de pasajeros diarios a un sistema que ya no puede con los que tiene. No hay plazas, no hay garantía, no hay red suficiente, no hay fiabilidad alguna.
El problema no es que el tren no funcione. Es que el sistema completo da señales de agotamiento. Y lo hace a pesar de que España tiene —tenía— una de las mejores infraestructuras ferroviarias de Europa. El problema no está en las traviesas: está en los despachos. En la gestión. En una planificación que parece escrita en servilletas. En una falta de voluntad real de abordar lo importante: que el ferrocarril no es un titular, ni un logo, ni una estadística: es un servicio esencial.
No se trata de pedir dimisiones a gritos, ni de cargar las tintas contra una sola persona. Pero resulta difícil no alzar la ceja cuando quien debería liderar la solución se limita a publicar frases hechas y a repetir mantras digitales. El país necesita un sistema ferroviario digno del siglo XXI, no una colección de eslóganes en formato Xuit.
Si queremos que el tren vuelva a ser lo que fue, hará falta algo más que apps y promesas. Hará falta inversión, rigor, profesionalidad, transparencia y sentido común. Y hará falta que quienes dirigen el sistema entiendan que no están ahí para presumir de gestión, sino para garantizar que millones de ciudadanos lleguen a sus destinos sin sobresaltos. Porque, a estas alturas, lo que se le pide a un tren no es mucho: que arranque cuando debe, que llegue a tiempo, que no haga falta rezar antes de subirse, que no nos haga protagonistas de una estadística catastrófica. Pero parece que hasta eso nos lo han convertido en lujo.
Y si quienes tienen la responsabilidad de cambiar esta situación no están dispuestos a asumirla con valentía, liderazgo y coherencia, quizá lo más sensato por el bien del servicio, los usuarios y la imagen de España sea que se bajen en la próxima estación. Y no vuelvan.
DECÁLOGO IMPRESCINDIBLE PARA SOBREVIVIR A UN VIAJE EN TREN POR ESPAÑA (SI SALE EL TREN, CLARO)
- Sal sin prisa… ni esperanza. El concepto “hora de salida” y «hora de llegada» es una entelequia. Mentalízate: puedes llegar antes que el tren… o mucho después.
- Lleva agua. Mucha. Como si cruzaras el Gobi. Porque si el tren se para entre Guarromán y la nada, el aire acondicionado falla y no hay surtidores, al menos podrás hidratarte mientras pierdes la paciencia.
- Haz testamento antes de salir. No por miedo a morir, sino porque no sabrás cuándo volverás. Ni tú ni tus maletas.
- Nunca, jamás, planifiques una conexión. A no ser que seas aficionado a las emociones fuertes y al noble arte de correr por pasillos con la maleta rebotando en la tibia.
- Lía el petate como para acampar tres días. Manta, bocadillos, cargador solar, linterna, una novela rusa larga (por si se para en La Sagra) y algo de dignidad.
- Di sí a los pañales. No es broma. Porque el baño puede estar fuera de servicio… o peor: operativo pero inhabitable. Y no hay árbol cerca.
- No olvides tu navaja suiza (y tu fe). Sirve para cortar pan, pelar fruta o hacer señales si te abandona el tren en mitad de Castilla.
- Actitud zen o medicación suave. Porque si no dominas el arte de respirar profundo, acabarás gritando al maquinista que también está atrapado contigo.
- Olvídate del Wi-Fi. Lo anuncian como si existiera, pero es más fácil encontrar cobertura en una cueva de Afganistán.
- Y sobre todo: lleva sentido del humor. Porque si al final consigues llegar y contarlo, que al menos tengas una buena historia para la cena. O para escribir un libro.
Bonus track: Si ves al ministro en X diciendo que “el tren vive su mejor momento”, no te enfades. Reenvíaselo a tus compañeros de vagón y ríe con ellos. Es lo único que sigue funcionando puntualmente.


















Compi ¡Qué tristeza! Este gobierno se está cargando todo lo que funcionaba y no estamos haciendo nada. Es desalentador.
Totalmente, Yolanda. Llevamos años —décadas ya— con gobiernos que oscilan entre la incompetencia y el saqueo organizado. Cuando no son torpes, son golfos apandadores con carné. Y lo peor es que no hay relevo: no asoma por ningún lado una generación de personas íntegras, profesionales, con liderazgo y vocación de servicio. Solo legiones de aspirantes al sillón, dispuestos a servirse, no a servir. Es desalentador, sí… pero sobre todo es repugnante.
La pésima planificación ferroviaria lleva muchos años arrastrándose. Cuando estudiaba EGB ya se decía que el acrónimo RENFE significaba «Rogamos Empujen Nuestros Ferrocarriles Estropeados». Las líneas de tren deben unir a los ciudadanos, conectar poblaciones. Sin embargo, el trazado ferroviario ha sido el juguete de políticos de ambos colores.
En el 1992, debido a que a Barcelona le habían dado una Olimpiada, prefirieron centrar el AVE de Madrid a Sevilla, por eso de la Expo y de ser la patria chica de Felipe González. Política. Y eso que el trazado del AVE Barcelona-Madrid creo que llevaba años estudiado, para conectarse con Europa.
Luego vino el que hablaba catalán en la intimidad y decidió que todas las capitales de provincia debían comunicarse por AVE y con Madrid, no sea que se perdiese la centralidad. Eso llevaba a anular líneas regionales y locales, y así las poblaciones intermedias y pequeñas perdían su medio de transporte más económico y debían usar su propio vehículo o autobuses. ¿Dónde quedó lo de unir pueblos? España es el segundo país del mundo con más km de AVE tras China ¿Tiene eso sentido?
Estamos diciendo que la solución sostenible es el tren y sin embargo se cierran líneas, estaciones y apeaderos. O no se pueden mantener las que tenemos. La estación de tren de Huete (Cuenca) cerró en 2022. Yo la usé en 2010 y ya iba fatal la línea. Ahora, para desplazarse a Cuenca o Madrid han de coger su coche o un autobús.
Este gobierno no se carga nada que no estuviese ya tocado. Y el que venga también seguirá. Un ejemplo claro lo tenemos con las dilaciones del «Corredor Mediterráneo», algo lógico y necesario. La necedad de los políticos lleva a plantear que este Corredor pase por Madrid y Zaragoza. Ya puestos que pase por Santander y Lugo. Y es que el Mediterráneo somos todos.
Está claro que vamos hacia atrás.
Doctor M., tu comentario me ha hecho retroceder de golpe a mis años mozos. Ya ni me acordaba de aquel glorioso significado de RENFE: “Rogamos Empujen Nuestros Ferrocarriles Estropeados”. Qué tiempos. Y qué verdad: el trazado ferroviario en España nunca ha respondido a las necesidades de las personas, sino a los réditos del político de turno. Réditos personales, por supuesto, o para colocar a los suyos en consejos, consultorías o comisiones. El ciudadano, mientras tanto, que se busque la vida entre apeaderos cerrados y autobuses de línea.
Aquí se construyen infraestructuras como quien levanta un decorado: sin pensar en el mañana, sin planificación real y, sobre todo, sin calcular lo que costará mantenerlas. Así nos encontramos hoy, con estaciones vacías, AVEs a ninguna parte y pueblos desconectados del mundo. Recuerdo que incluso Obama citó el AVE español como ejemplo para su plan ferroviario en EE.UU., aunque ya avisaba: ellos no podrían (ni querrían) llegar a todos lados como pretendía España. Al menos allá tienen la sensatez de no gastar lo que no pueden mantener.
Y lo más triste de todo es que en cada cambio político vamos a peor. Con cada relevo, decrece la talla. Lo de nuestros políticos ya no es falta de liderazgo: es indigencia intelectual. Son unos pobres diablos sin currículo, sin oficio conocido, pero eso sí, expertos en agitar consignas y manipular emociones. El “líder” actual, rodeado de la corrupción que venía a limpiar, gobierna con una sonrisa de póker y un desdén olímpico hacia la realidad. El bobo solemne anterior, teniendo todo el poder de una mayoría absoluta y un mapa autonómico teñido de azul, fue incapaz de mover un dedo por su país. Y antes que él, el que negaba la mayor crisis económica en generaciones mientras dividía España en taifas subvencionadas. Y así, hacia atrás. Uno tras otro. Lamentable.
Como dices, vamos hacia atrás. No ya en tren, sino en burro. Y sin riendas.