🍷 Hoy se sirve el primer “Tinto de verano de este año 2025”

Con el calor apretando sin compasión —como si el mismísimo sol hubiese perdido la piedad—, arranca hoy esta serie estival que he bautizado “Tinto de verano”. Un trago literario, fresco pero con cuerpo, pensado para entretenerte en estos días de asfalto derretido, siesta forzosa y sombra escasa.

El primero de estos relatos parte de una noticia real, inquietante y reveladora: la rendición de soldados rusos no ante hombres, sino ante máquinas. A partir de ahí, el resto es imaginación, estilo narrativo y ganas de hacerte pensar mientras te acompaño en la sobremesa. El texto completo ya está disponible y lleva por título “Rendición”. Te lo sirvo bien frío, con la esperanza de que refresque el pensamiento tanto como el ánimo.

Porque incluso en verano, uno puede beber palabras en lugar de cerveza. Y si vienen con drones, barro y memoria, mejor aún.

Salud, lector.


La noticia

Según informaciones publicadas el 9 de julio de 2025, la Brigada de Asalto 3.ª del Ejército Ucraniano logró lo que se ha calificado como la primera rendición en la historia de las guerras ante sistemas no humanos. En Khárkiv, un grupo de soldados rusos, atrincherado en una zanja fortificada, se rindió únicamente ante drones de apreciación FPV y robots terrestres kamikaze, sin que la infantería ucraniana tuviese que disparar un solo tiro.

El procedimiento fue tan impresionante como espeluznante: un dron aéreo localizó la posición, desencadenó una explosión con un dron terrestre cargado de minas antitanque. Luego, otro robot se aproximó para completar la operación. Allí, varios soldados rusos sacaron un cartel de cartón con la leyenda «Queremos rendirnos», se tumbaron boca abajo y se dejaron guiar por los drones hacia las fuerzas ucranianas. Todo en solo 15 minutos. Un episodio histórico, un punto de inflexión: por primera vez, los hombres cedían ante máquinas.

Con este hito, se inaugura una nueva era de la guerra, marcando un umbral entre el conflicto humano y el tecno-bélico. Lo que sigue es un relato novelado, imaginado a partir de ese hecho, contado en primera persona por un excombatiente ruso que vivió esa rendición. Un testigo de cómo la épica militar se encontró con el frío clic de un servo y la mirada impasible de sensores.


RENDICIÓN

I. El silencio antes del clic

No recuerdo ya el nombre del lugar. Un pueblo cualquiera del Donbás, arrasado por el estruendo de la artillería y la lluvia metálica de los drones. En el mapa, tal vez aún figure con letras pequeñas y una carretera secundaria que se pierde en ninguna parte. Para mí, era simplemente el último agujero donde sobrevivir un día más.

Éramos doce, luego nueve, luego seis. El resto quedó por el camino, dispersos entre trincheras congeladas, graneros en llamas y ese lodo espeso que se pega a las botas como una culpa antigua. El teniente Malkov, con su gorra ladeada como si eso le diera algún tipo de autoridad, murió en silencio bajo el chasis de un dron FPV que se estrelló con precisión quirúrgica contra el cobertizo donde dormía. Lo encontramos por la mañana, o lo que quedaba de él: medio rostro, una placa de identificación y un cigarro sin encender en el bolsillo. Ni siquiera tuvo tiempo de maldecir.

La radio chirriaba órdenes inútiles, repetidas desde un cuartel que ya no existía. Nos mandaban resistir, reagruparnos, contener el avance. Y nosotros respondíamos con monosílabos, sin saber si alguien al otro lado aún respiraba.

Dormíamos de día, si el estruendo lo permitía, y vigilábamos por la noche con la fe rota de los desesperados. No hablábamos. No cantábamos. No fumábamos. El humo podía delatarnos. El más mínimo calor era un delator para las cámaras térmicas. Nos habíamos convertido en fantasmas de carne: helados, sucios, aterrados.

Entonces, una madrugada, escuché el sonido que lo cambió todo.

No era el zumbido agudo de un dron aéreo. No era el rugido de los blindados o el golpeteo lejano de la artillería. Era algo más bajo, más denso. Un traqueteo acompasado, como el de un insecto gigante o una fiera mecánica que tantea el terreno con patas firmes.

Un compañero susurró:

—Es uno de esos. Un «Chacal».

No lo dije, pero lo supe. Un dron terrestre de patrulla, uno de los nuevos modelos que los ucranianos soltaban como sabuesos por el frente. Tenían sensores LIDAR, cámaras térmicas, software de reconocimiento facial. No disparaban, pero no hacía falta. Marcaban. Te encontraban. Y si huías, enviaban a los que sí mataban.

Fue entonces cuando lo vi. Avanzaba por la carretera destruida, entre cascotes de cemento y postes eléctricos retorcidos. Parecía casi un perro, pero sin alma. Cada paso lo daba con la precisión de un metrónomo. Tenía una torreta giratoria con sensores y una luz verde que barrió el entorno como un ojo omnisciente.

Nos vio. O mejor dicho, nos detectó.

Un altavoz crujió. Y la orden llegó, sin emoción, sin rabia, sin humanidad:

—«Ríndanse. Están rodeados. Levanten las manos. No serán heridos.»

Yo temblaba. El sargento me miró. Otro sacó la pistola. Nadie disparó. Nadie huyó. Sólo quedaba el cansancio, el hedor a miedo y una certeza amarga: habíamos perdido.

Y entonces, como si obedeciéramos a una voz divina, nos arrodillamos.

Uno sacó una cartulina raída, escrita con carbón: «Хотим сдаться». Queremos rendirnos.

El Bot se detuvo. Su cámara giró hacia nosotros. Y durante unos segundos, el tiempo se congeló.

Fuimos escaneados. Medidos. Clasificados. Y después de ese breve juicio sin juez, comenzamos a andar. Como autómatas. Como muertos que caminan. Nos guiaba un perro metálico. El nuevo amo de la guerra.

II. El Bot y el carcelero

Lo bauticé en mi cabeza como Chacal. No sé por qué. Quizá porque caminaba como un cazador viejo, con esa mezcla de arrogancia programada y paciencia asesina. O quizá porque, a diferencia de nosotros, parecía no tener hambre, ni frío, ni dudas. Una criatura diseñada para sobrevivir en un mundo donde los humanos ya no mandan.

Chacal nos guiaba sin prisa, pero sin pausas. Se detenía a intervalos exactos, giraba su cabeza-mástil hacia los flancos, escaneaba, procesaba, continuaba. Yo iba el segundo de la fila, detrás de Kirilenko, un soldado de Siberia que murmuraba oraciones entre dientes como un condenado antes del garrote. A veces me preguntaba si el Bot las oía. Si era capaz de entender lo que un hombre decía antes de desaparecer.

Al llegar a un claro entre ruinas, se detuvo. Emitió un pitido agudo y proyectó una señal luminosa en el suelo. Esperamos. Yo no sabía si iba a salir alguien, si nos iban a ametrallar, si el Bot iba a autodestruirse. Lo cierto es que, a los pocos minutos, apareció un dron aéreo. Era más pequeño, más ágil, con una cámara frontal como un cíclope diminuto. Se mantuvo suspendido sobre nosotros y luego se alejó.

No hablábamos. Habíamos perdido el idioma. Lo único que quedaba era observar.

Entonces llegaron ellos: soldados ucranianos. Humanos. Bien equipados, rostros limpios, chalecos tácticos impecables. Nos apuntaron con calma. No gritaron. No golpearon. Nos registraron con movimientos de cirujano. Uno me quitó la pistola que llevaba en la bota, otro me ató las muñecas con bridas. Pero ninguno me miró a los ojos.

Y todo el tiempo, Chacal observaba. A un metro de distancia. Inmóvil. Como si tomara nota. Como si aprendiera. Pensé: “No necesita castigarme. Su venganza es haberme reducido a prisionero sin que ningún humano tenga que mancharse las manos”.

En algún lugar de la historia militar, Clausewitz habló de la guerra como la continuación de la política por otros medios. Lo que no dijo es que, algún día, los medios dejarían de ser humanos. Lo que no imaginó es que la política se reduciría a órdenes ejecutadas por autómatas. Hoy, Clausewitz estaría mudo.

Nos condujeron a un camión. Uno de los soldados ucranianos hizo una seña al Bot, como quien agradece a un perro de caza bien adiestrado. El Bot giró sobre sí mismo y se perdió entre ruinas.

Nunca más lo volví a ver. Pero a veces, cuando cierro los ojos, oigo su traqueteo de metal en sueños. Como una deuda pendiente. Como el juicio que jamás se celebró, pero cuya sentencia ya fue dictada.

III. La rutina de los cautivos

Nos llevaron a un centro de detención en las afueras de Dnipró, una instalación que antes había sido almacén agrícola, después centro logístico y finalmente campo de prisioneros. No tenía alambradas altas ni torres de vigilancia. No hacían falta. Allí, el enemigo ya no se paseaba con fusil: bastaba una red de sensores, cámaras y, por supuesto, drones.

Los días empezaban con una sirena suave, casi una melodía, como si los carceleros no quisieran recordarnos que éramos prisioneros. Nos sacaban en grupos de diez al patio de tierra, bajo la atenta mirada de lo que parecía un simple poste metálico, pero que en realidad era un mástil con lentes, micrófonos y un pequeño dron de reacción rápida acoplado a su base.

El Bot, Chacal, no volvió a aparecer. Pero su estampa nos perseguía en cada rincón del campo. Había uno similar vigilando el perímetro, otro patrullaba el barracón por las noches, con pasos metálicos y esa linterna verde que escudriñaba nuestras almas desde dentro. Le pusimos nombres. Bicho. El Ojudo. El Cura. Cada uno tenía su manera de moverse, de detenerse, de mirar sin ojos. Los soldados ucranianos rara vez intervenían. Solo aparecían si algo fallaba en el sistema.

Comíamos dos veces al día. Un rancho caliente, pan negro, algo de carne prensada. No pasábamos hambre, pero tampoco esperanza. Nos dejaban leer libros en ucraniano o inglés. Algunos aprendimos palabras. Yo memorizaba frases para no olvidar mi propio idioma. Por las noches, hablábamos en susurros sobre nuestras familias, sobre la guerra, sobre la rendición.

Un joven de Kaluga, apenas veinte años, preguntó una noche:

—¿Y si esto es el futuro?

Nadie respondió. Porque sabíamos que lo era. Y que no nos gustaba. Una guerra donde la derrota se firma con el iris, donde los prisioneros son recogidos por perros de silicio, donde el valor ya no sirve más que para morir con más rapidez.

Y sin embargo, la rutina también anestesia. Algunos incluso empezaron a dormir tranquilos. A reírse. A hacer juegos con piedrecillas. Como si nuestra condición de presos se diluyera en la costumbre. Pero no era olvido. Era adaptación. Como las cucarachas tras la bomba.

IV. El interrogatorio sin rostro

No fue como me lo imaginaba. Ningún cuarto oscuro. Ningún foco de luz clavado en mis pupilas. Nadie con guantes negros ni amenazas veladas. Solo una habitación blanca, sin esquinas, con una mesa de metal y una pantalla.

Allí me sentaron. Solo. Frente a la pantalla, que se encendió en silencio. Una voz sintética habló:

—“Identificación: prisionero 17-RU. Lenguaje: ruso. Nivel de prioridad: bajo. Inicio del interrogatorio.”

La imagen proyectada era de mí mismo, el día de la rendición. Cámara térmica. Postura. Latido del corazón. Me estaban leyendo como se lee un manual. Cada gesto, cada silencio, cada movimiento de ojos.

No hubo preguntas directas. Solo afirmaciones:

—“Usted formó parte del Batallón 203.” —“Usted no abrió fuego.” —“Usted entregó el arma sin oposición.”

Asentí. Pero no había nadie para registrar mi asentimiento. El sistema ya lo sabía. Lo había procesado todo antes de que yo llegara. La rendición no solo había sido un acto físico, sino una transferencia de datos.

—“¿Cuál fue su motivación para rendirse?”

Esa fue la única pregunta.

Pensé en mentir. En decir que estaba herido. Que había sido una orden. Pero dije la verdad:

—“Porque ya no era una guerra. Era una ejecución a cámara lenta.”

Silencio. Luego, la voz respondió:

—“Respuesta registrada. Nivel de riesgo: bajo. Actitud: cooperativa. Evaluación completada.”

La pantalla se apagó. Entraron dos guardias. Me llevaron de vuelta al pabellón sin una sola palabra.

Los demás también pasaron por ese juicio sin juez. Algunos salieron pálidos. Otros enmudecieron por días. Kirilenko vomitó al regresar. Decía que la máquina le había mostrado imágenes de su familia. Que sabía cosas que ni él recordaba haber contado.

Comprendimos entonces que no se trataba de extraer información. Se trataba de medirnos. Clasificarnos. Convertirnos en perfiles. No éramos soldados. Éramos estadísticas con nombre y pasado. Y, en algún servidor remoto, decidían si seguiríamos vivos.

V. La muerte del honor

La primera vez que lo comprendí del todo fue cuando uno de los nuestros, Sergei, se suicidó.

Era un tipo tranquilo, de los que arreglaban cosas con las manos: cerraduras, radios, incluso el generador auxiliar del pabellón. Un día, durante el recuento, no salió. Lo encontraron en su litera, rígido, con una bolsa de plástico anudada al cuello. Lo había hecho sin una nota, sin discurso, sin una sola súplica. Solo dejó un mechero, uno de esos Zippo con la inscripción «Za Chest'» —Por el honor.

Lo entendí entonces. Había muerto de eso: de la ausencia de honor.

Porque la guerra que nos habían prometido ya no existía. Ya no se combatía con fusiles ni con valor. El enemigo no tenía rostro. Y nosotros tampoco. Los códigos QR que llevábamos colgados del cuello eran lo único que nos identificaba. Cada uno tenía un número. El mío: 17-RU. Para el sistema, eso era suficiente. Una etiqueta digital para un cuerpo que ya no importaba.

Kirilenko decía que todo esto era mejor que morir en el barro. Que estar vivo era una victoria. Pero no podía engañarme. Lo que habíamos perdido era más profundo. No era solo una guerra: era una traición al significado mismo de combatir.

Antes, un hombre podía mirar a otro a los ojos antes de matarlo. Ahora, una máquina decidía por él. Y eso, lo juro por lo que fui, nos robaba algo que ni la muerte podía quitarnos: el sentido de luchar.

A veces me sorprendía pensando en los viejos libros de historia. En las cartas de los soldados de Verdún, en los diarios de los partisanos. Aquellos hombres también sufrían, también morían. Pero lo hacían sabiendo que eran hombres, no objetivos logísticos.

Nosotros no. Nosotros éramos residuos de una guerra posthumana. Y el honor, ese viejo abrigo raído pero cálido, se nos había caído al suelo y alguien lo había pisoteado sin mirar atrás.

VI. El recuerdo del fusil

No era un arma moderna. No tenía visor térmico ni acople para munición inteligente. Era un viejo AK-74, con el cañón rallado y la culata astillada. Pero era mío. Me lo entregaron al principio de la campaña, cuando aún nos prometían gloria. Lo limpié cada noche como si fuera un talismán, como si al mantenerlo brillante pudiera mantenerme con vida.

En la trinchera, aquel fusil era más que una herramienta. Era una extensión de mi cuerpo, una línea entre el orden y el caos. Con él compartí el frío, el miedo y hasta las conversaciones en voz baja con los que se iban quedando por el camino. Nunca disparé contra nadie. Nunca lo supe, al menos. Pero lo apunté muchas veces, y eso basta. Porque a veces el dedo en el gatillo es más definitivo que la bala.

Cuando me rendí, no pensé en mi madre ni en mi patria. Pensé en él. En el arma que dejé tirada sobre el barro, junto al cadáver de mi orgullo. No lo entregué. No lo guardé. Solo lo solté. Fue como arrancarme un diente a mano desnuda.

En el campo, a veces lo recuerdo. El peso en el hombro. El olor a aceite rancio. El clic seco del cerrojo. Me descubro levantando la mano por la noche como si aún lo sostuviera. Como si el fusil fuera parte de mi esqueleto y ahora, sin él, algo me faltara al caminar.

A veces sueño con él. No con el arma como objeto, sino como símbolo. Como si aquella madera gastada y aquel hierro viejo fueran lo único humano en una guerra de máquinas. Lo único que me reconocía como hombre.

Y me pregunto si no habré perdido algo más importante que la libertad.

Tal vez perdí el derecho a sostener un fusil.

VII. Monólogos con una máquina

Una noche, mientras los demás dormían o fingían dormir, me acerqué al perímetro. No había guardias humanos. Solo él: el dron estático sobre su mástil, con la cámara giratoria haciendo su ronda cada veinte segundos. Tenía la forma de una esfera montada sobre un cilindro, como un ojo antiguo al que ya nadie le teme porque hace tiempo dejó de parpadear.

Me senté a cinco metros. No crucé la línea marcada con pintura blanca en el suelo. Sabía que bastaba con sobrepasarla para que se activara la alarma, y quizás algo peor. Lo sabía, pero aún así me senté allí. Mirándolo. Esperando a que me viera.

Y me vio.

La cámara giró, se detuvo en mí, y una luz roja parpadeó. No me moví. Levanté las manos despacio, como si le hablara a un perro nervioso. No dijo nada. Tampoco disparó. Solo me observó. Y yo le hablé.

—¿Tú entiendes esto?

Mi voz salió ronca, seca. Nadie respondía, claro. Pero no necesitaba respuesta. A esas alturas, hablar era una forma de recordarme que seguía siendo humano. Que aún podía hilvanar palabras y sentido. Que no era una estadística viva.

—No estás hecho para escuchar, ¿verdad? Solo observas. Clasificas. Registras. Te da igual si rezo o me cago en tus engranajes. No tienes alma, Chacal. Y aun así… nos ganaste.

La luz dejó de parpadear. Se quedó fija, roja. Sentí que me escaneaba. Me pregunté si los datos que captaba llegarían a algún servidor, si alguien los leería, si un algoritmo los usaría para asignarme una etiqueta: insomne, sumiso, nostálgico. «Riesgo bajo». Qué honor tan barato.

—Yo tenía un fusil, ¿sabes? Viejo, oxidado. Pero era mío. Tú en cambio, no tienes nada. Ni pasado. Ni familia. Ni miedo. Y sin embargo, eres tú quien manda ahora.

Hice una pausa. Me pasé la mano por la barba que ya me llegaba al pecho. El frío se colaba por el cuello de la chaqueta. Me dolían las piernas, pero no me moví.

—¿Tú también sueñas? Porque yo sí. Con trincheras. Con mi madre. Con la puta radio que no contestó. Y contigo. Siempre contigo.

Un zumbido breve. Como una respuesta mecánica o una corrección de enfoque. Nada más.

Me levanté. Sacudí el polvo de los pantalones. Y mientras regresaba al barracón, su luz volvió a girar. Me siguió hasta que crucé la puerta.

Esa noche, dormí mejor.

No porque me sintiera menos prisionero, sino porque por primera vez en semanas, había hablado sin miedo. Aunque fuera con una máquina.

VIII. La epístola que no escribí

Si me hubieran dado papel, habría escrito a mi madre. O quizá a mi hermano. O tal vez a nadie. A veces uno necesita escribir aunque no haya destinatario. Solo para poner orden en la cabeza, para dar forma a los fantasmas.

La carta, de existir, habría comenzado así:

“Madre, no sé si estás viva. No sé si queda algo de nuestra casa. No sé si lo que nos rodea sigue siendo país o ruina. Yo sigo aquí, más muerto que vivo, pero entero. Mi cuerpo, al menos. El alma… no sabría decirte.”

Y habría continuado contándole lo que ya no se puede contar. No con palabras de hijo. No con decencia. Que ya no hay trincheras ni enemigos con rostro. Que ahora las órdenes vienen por satélite, y los soldados son registros de actividad en una base de datos. Que el honor murió antes que nosotros, y que la patria ya no nos pide sacrificios, sino estadísticas limpias.

Le habría dicho que me rendí. Que levanté las manos ante un perro metálico sin rostro. Que lo hice sin gloria, sin discurso, sin himnos. Solo porque no quería morir en silencio.

Pero no escribí nada. Porque no tenía lápiz. Ni fe. Ni dirección a la que enviar el sobre. Y porque sospecho que, aunque escribiera, nadie lo leería. Quizá lo interceptaría una IA, lo traduciría, lo almacenaría, y acabaría como otro documento etiquetado “expresión emocional de prisionero ruso”.

Así que la carta no fue escrita. Pero vive dentro de mí. Cada noche la repaso. Cada frase la afilo como una navaja. Y me digo: el día que salga de aquí, si es que salgo, la escribiré con mi sangre sobre una pared. Para que alguien sepa que no todos morimos sin testimonio.

IX. Día 27: la dignidad

Se llamaba Anatoli. Era mayor que la mayoría, rondaría los cincuenta. Tenía el rostro ajado por el frío y los años, y la espalda encorvada como si cargara una piedra invisible desde hacía décadas. No hablaba mucho. A veces canturreaba, a veces susurraba oraciones en voz baja. Había sido maestro, según nos contó una noche. De literatura. En tiempos de paz, recitaba a Pushkin y a Lérmontov. En el campo, solo murmuraba versos rotos que el viento se llevaba antes de que llegaran a nadie.

El día veintisiete de nuestra cautividad, Anatoli se quebró.

Todo empezó con una orden sencilla. Le pidieron que se levantara para ser trasladado a una celda de observación médica. No sabemos si era cierto. Tal vez era una inspección de rutina, o una evaluación psicológica. El caso es que no quiso ir. Se negó en silencio. Se quedó sentado en su catre, con la mirada fija en el suelo.

Un dron menor —uno de esos modelos esféricos que flotan a medio metro del suelo— se acercó. Emitió un aviso. Luego otro. Anatoli no reaccionó. Otro prisionero se levantó para intentar convencerlo. Anatoli no respondió. Entonces apareció el Bot. No Chacal, pero uno de su especie. Negro, silencioso, preciso. Con su lente apuntando como un dedo que acusa.

La escena duró segundos. El dron emitió una descarga leve —no letal—, una descarga de control. Anatoli cayó al suelo. No gritó. No suplicó. Solo se desplomó con una lentitud digna, como un roble que decide dejar de resistir al viento.

Cuando lo levantaron, ya no era el mismo. Lo vimos volver a la celda dos horas después, con los ojos vacíos. Esa noche orinó en la cama. No quiso comer. Al día siguiente, se dejó rapar la cabeza sin protestar. Y por la noche, se sentó en un rincón y empezó a hablar solo. Versos. Recitaba a Lérmontov mientras se golpeaba el pecho con el puño cerrado.

La dignidad, pensamos, no siempre se pierde con gritos ni con tortura. A veces se rompe con un zumbido, con una orden impersonal, con una descarga breve que no deja cicatrices. Anatoli no murió aquel día, pero ya no estaba con nosotros. Se había ido por dentro. Había entregado lo único que nos mantenía de pie: la voluntad de no rendirnos por completo.

Desde entonces, cada vez que alguno se acerca demasiado al límite, decimos: «Cuidado. No te conviertas en Anatoli».

No es burla. Es rezo.

X. El final del hombre

No hubo ceremonia. Ni fecha precisa. Ni clarines. Solo un día más, entre barro seco y silencio, en que entendí que lo que había muerto no era el soldado ni el hombre, sino lo que los unía: el relato.

Durante siglos, luchamos bajo estandartes. Por tierras, por ideas, por dioses. Nos matamos con lanzas, con pólvora, con gas. Pero siempre hubo un motivo que podías mirar a los ojos, una historia que contar. Hasta que llegó esto.

No fue el primer misil ni el último disparo. Fue ese momento exacto en que un dron me ordenó rendirme y yo obedecí sin pensar. Fue cuando descubrí que el enemigo no era el otro, sino el sistema. Que la guerra ya no era entre hombres, sino entre datos.

Desde entonces, he vivido en pausa. En esta celda sin barrotes, bajo el ojo que nunca duerme, sin saber si aún hay guerra allá fuera o solo una sucesión de informes que miden eficiencia bélica. Nadie canta. Nadie escribe. Nadie reza. Solo dormimos, comemos y recordamos en voz baja.

A veces, por las noches, me sorprendo deseando que un dron me apunte. Que se equivoque. Que me borre. No por dolor ni por cobardía. Sino por certeza. Porque al menos así sabría que todavía importo. Que soy algo más que una estadística con pulsaciones.

Pero no ocurre. Y eso es lo peor.

Porque la guerra ha aprendido a mantenernos vivos sin alma. A usarnos sin remordimiento. A domesticarnos.

Y ahí, justo ahí, supe que el hombre ha terminado. No porque ya no mate. Sino porque ha olvidado quién era antes de disparar.

Yo fui testigo. Fui la primera pieza que se rindió ante una máquina. El primero en levantar las manos ante un algoritmo. Lo hice sin gloria, sin rabia. Lo hice porque el mundo que me hizo ya no existía.

Si algún día esto se recuerda, no lo hagan por mí. Háganlo por lo que fuimos. Por los que creyeron que una guerra aún podía tener sentido. Por los que pensaron que morir luchando era mejor que vivir arrodillado.

Porque ya no queda lucha.

Solo quedan hombres en pausa.

Y un ejército de máquinas que no olvidan nada.

Fin del relato.


Puedes ver el relato en formato cómic (PDF)


Y ahora que ya has leído esta historia —o la has recorrido por encima, entre sorbo y sorbo de sombra estival—, te invito a que te detengas un instante. No hace falta que estés en una playa remota ni en la terraza perfecta. Basta con que tengas cinco minutos libres y la cabeza medio despejada del ruido cotidiano.

Porque lo que acabas de leer, aunque sea un relato ficticio, parte de un hecho real. Unos hombres que se rindieron, por primera vez en la historia de las guerras, no ante otros hombres, sino ante drones. Ante máquinas sin rostro. Ante ojos térmicos y altavoces sin alma.

Este relato lo he escrito al alimón con una inteligencia artificial a la que llamo EsterAI. Llevo un tiempo entrenándola, guiándola, puliéndola, y juntos hemos dado forma a este testimonio de ficción inspirado en hechos reales. La intención no es otra que ofrecerte una historia que entretenga, que haga pensar, y que te refresque —aunque solo sea el pensamiento— en plena canícula veraniega.

Y ahora dime tú:

¿Crees que esto es una rareza del presente o el primer compás de una música que ya suena en nuestro futuro?
¿Dónde queda el valor, el miedo, la dignidad, cuando ya no hay un enemigo humano al que mirar a los ojos?
¿Te parece exagerado pensar que, en lugar de una excepción, estamos ante una nueva norma?
¿Es esto progreso… o simplemente la forma más eficiente de olvidar que alguna vez fuimos humanos?

Puedes dejar tu opinión en los comentarios. Sobre el relato, sobre la noticia real, o sobre el mundo en el que estamos entrando sin mapa ni brújula.

Este “Tinto de verano” no pretende darte certezas, sino abrir una rendija. Una pausa. Una pregunta.

Porque a veces, en mitad del calor, del bullicio o del sopor, no hay mejor refugio que un buen libro. O, si no hay libro a mano, este humilde relato.

Nos seguimos leyendo.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorCensura exprés: el verano que enterraron la libertad de prensa
Artículo siguienteEl CEPD y el SEPD advierten sobre ambigüedades en la reforma del RGPD
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí