A uno le llegan, de cuando en cuando, regalos inesperados. No hablo de esos envoltorios brillantes que traen colonia y corbatas, sino de los verdaderos: ideas, textos, provocaciones intelectuales. El último me lo hizo llegar mi buen amigo Jesús Martínez Frías —geólogo, astrobiólogo, cazador de meteoritos y, sobre todo, español ilustrado de los que ya no abundan— en forma de una contribución suya a la revista Qurriculum. El artículo se titula «De Cajal a la exploración astrobiológica de Marte: ciencia, ficción y educación STEAM» y puede leerse en este enlace.
El texto, entre la crónica científica y la evocación casi poética, me obligó —y uso el verbo con la gravedad que merece— a rescatar del anaquel polvoriento Recuerdos de mi vida, la autobiografía de Santiago Ramón y Cajal. Un libro que no había sido editado de forma completa desde 1923, y cuya edición de 2006 por la editorial Crítica se convirtió en su justa reivindicación: tapa dura, tipografía limpia, un respeto por la palabra y por el hombre que la escribió.
Porque no hablamos aquí de un científico cualquiera. Hablamos del hombre que con su bisturí mental desentrañó los misterios del sistema nervioso, que pintó con tinta y lupa las danzas microscópicas de las neuronas como si fueran constelaciones cerebrales. El padre de la neurociencia moderna. Premio Nobel en 1906. Pero también humanista, soñador, narrador de ciencia ficción en sus ratos de descanso, y, como revela Martínez Frías en su ensayo, amante de las estrellas y de los telescopios.

Sí, leyeron bien: amante de las estrellas. Aquel aragonés sobrio, de bigote espeso y mirada torva, que frecuentaba la soledad de los laboratorios como otros frecuentan las iglesias, se gastó quince mil pesetas de las de entonces —una fortuna— en un telescopio, para desdicha de su esposa, que bien habría preferido ver el dinero convertido en vituallas o ajuar doméstico. Pero Cajal no era de este mundo, o al menos no del todo. Su mirada, como la de los grandes, apuntaba siempre más allá del horizonte inmediato.
El texto de Jesús, que mezcla recuerdos personales, ciencia mineralógica, misiones espaciales y literatura fantástica, traza un puente tan improbable como seductor entre Cajal, la astrobiología marciana y la educación STEAM. Lo hace con elegancia, rigor y una pasión serena que se contagia. Porque en el fondo de su relato late una convicción poderosa: que ciencia y arte no solo no se excluyen, sino que se necesitan. Que la educación debe emocionar para ser eficaz. Que la imaginación es la antesala de todo descubrimiento.
Y en ese cruce de caminos aparece Cajal no solo como científico, sino como personaje de novela. Lo imagino —y disculpen el anacronismo— subiendo a un transbordador espacial, cargando en su maletín las preparaciones histológicas que en 1998, casi un siglo después de sus descubrimientos, viajaron realmente al espacio en la misión Neurolab del Columbia. Porque sí, también eso cuenta Jesús: que el legado de Cajal orbitó la Tierra, como merecen los dioses del conocimiento.
Y no termina ahí la cosa. Hay un cráter lunar llamado Cajal, y un asteroide del cinturón principal bautizado 117413 Ramonycajal. El cosmos, ese escenario que tanto fascina y humilla al mismo tiempo, ha rendido homenaje al hombre que, sin salir apenas de su laboratorio, nos enseñó a mirar hacia dentro como quien explora otro planeta.
Pero esta vez —y lo digo con la ceja arqueada de quien no suele aplaudir sin reservas— parece que la España oficial se ha enterado. A finales de junio, el Consejo de Ministros aprobó por fin el Real Decreto por el que se crea el Museo Cajal, como Museo Nacional de titularidad estatal, dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. La ministra Diana Morant, con palabras que ojalá no se lleve el viento, declaró que se trata de “difundir y hacer justicia al valor universal del legado de Santiago Ramón y Cajal”.
A buenas horas, Diana. Pero bienvenida sea la iniciativa.
El Museo Cajal custodiará y mostrará los inmensos bienes que componen el Legado Cajal: documentos, aparatos científicos, fotografías, preparaciones histológicas, libros, manuscritos, medallas, utensilios, incluso aquel telescopio que le costó una bronca con su mujer. Todo ese tesoro que, hasta ahora, languidecía entre pasillos y vitrinas institucionales, tendrá al fin un lugar digno donde respirar.
La sede estará en Madrid, como corresponde. Y la intención —ya veremos— es que existan futuras extensiones en otras ciudades. Lo importante es que, al fin, se preservará y difundirá no solo la memoria de un sabio, sino una forma de entender la ciencia: como arte, como vocación, como disciplina moral.
Jesús Martínez Frías lo ha entendido todo. Ha unido con maestría la geología de Marte, la pedagogía creativa, los cuentos seudocientíficos de Cajal, y ese vínculo invisible entre el cosmos y el cerebro. Ha tendido puentes entre disciplinas como un ingeniero de la lucidez. Y lo ha hecho con el respeto de quien sabe que está caminando sobre hombros de gigantes.
Gracias, Jesús. Gracias por recordarnos que en la intersección entre Marte y las neuronas, entre el aula y la galaxia, aún vive don Santiago. Aquel sabio flaco y testarudo que dibujaba cerebros como si fueran mapas estelares. Aquel español universal que nos enseñó —a pesar de nosotros mismos— que pensar bien es un deber.
Y ahora que Cajal tendrá por fin su museo, que la memoria institucional se ha puesto a la altura del genio, sólo nos queda lo más difícil: estar a su altura.
[…] Enrique Pampliega […]