A veces, la Historia no llama a la puerta. Irrumpe. Y esta vez lo ha hecho con acento francés, gesto adusto y una hoja de Excel manchada de sangre. La sangre de los recortes, de los despidos, de las pensiones sin subir, de los días festivos que se esfuman del calendario como si fueran confeti mojado. Lo llaman austeridad. Y cuando uno escucha a los tecnócratas de París hablar de Grecia y de bancarrota como quien menciona al primo borracho de la familia, conviene sentarse, servirse un trago —doble— y tomar nota. Porque lo que está ocurriendo en Francia no es un simple ajuste de cuentas. Es un terremoto. Y aquí, en esta piel de toro que algunos insisten en convertir en parchís autonómico, ni nos hemos enterado.
Decía mi abuela, que de economía sabía lo justo pero de sentido común lo justo y medio, que “cuando a tu vecino las barbas veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Pero claro, en la Moncloa no tienen abuela. Tienen asesores. Y de esos no se aprende, se sufre.
El primer ministro francés —un tal Bayrou, un centrista veterano— ha hecho lo que nadie en la Quinta República había osado: plantarse ante una deuda que ya supera los 3,3 billones de euros y gritar basta. O eso dice. Porque una cosa es anunciar el fin de la fiesta y otra, apagar la música sin que los invitados te tiren la vajilla.
«No queremos para Francia un escenario al estilo de Grecia»
La magnitud del desastre es digna de novela negra. Francia lleva 50 años sin aprobar un solo presupuesto equilibrado. Ha vivido de prestado, de promesas, de burbujas y de deudas encadenadas como presos que se turnan la condena. El gasto público alcanza el 57 % del PIB. Más de la mitad de lo que produce el país se lo come el Estado. Es como si el camarero se bebiera medio vino antes de traértelo.
Y el resultado no se ha hecho esperar. Déficit del 5,8 %. Las agencias de calificación ya han empezado a olfatear el tufo de la bancarrota, como hienas que huelen la carroña antes que nadie. Los mercados, que no entienden de revoluciones pero sí de miedo, han tomado nota: hoy se paga más por los bonos franceses a diez años (3,395 %) que por los españoles o los portugueses. Y lo más escandaloso: se paga casi lo mismo que por la deuda griega, al 3,42 %.
Sí, ha leído usted bien. Francia, la patria de la Ilustración, la república orgullosa, la locomotora fundacional del euro, codeándose en el foso con los sospechosos habituales del sur. Un vuelco impensable hace apenas unos años y que hiela la sangre si uno recuerda que Francia no es un país cualquiera: representa cerca del 18 % de toda la economía de la Unión Europea. Si el enfermo se nos muere, no hablamos de una gripe continental. Hablamos de amputar un miembro del cuerpo europeo.
¿Y cuál es la receta mágica de este Bayrou, el hombre que ha decidido jugar a cirujano con una motosierra? Un plan draconiano de cinco puntos que haría llorar a cualquier sindicalista de pancarta subvencionada y mariscada con cargo al contribuyente.
Primero, congelación total del gasto estatal para 2026. Ni un euro más. Se acabó eso de indexar las pensiones al IPC. Que vivan con lo que hay. A ver si así aprenden a no envejecer tan caro.
Segundo, reducción de funcionarios. 3.000 empleos públicos menos el año que viene —muy poco parece—. Y si se jubilan, no se reponen. Uno de cada tres no tendrá sustituto. Ya saben: a trabajar más o a cerrar la ventanilla.
Tercero, tijera en sanidad y protección social. Cinco mil millones menos para hospitales, medicinas, programas de ayuda. Y sí, también para la integración de inmigrantes. Lo que antes era prioridad, ahora es lujo.
Cuarto, impuestos a los ricos. Lo llaman “tasa de solidaridad”, pero suena a expolio con corbata. Un impuesto que antes era temporal y ahora, oh sorpresa, será permanente. Porque los ricos, como todo el mundo sabe, son esa hucha mágica que nunca se vacía.
Y quinto, más trabajo. Así, sin anestesia. Francia —dice Bayrou— debe trabajar más. Y para dar ejemplo, se cargan dos festivos patrios: el Lunes de Pascua y el 8 de mayo, Día de la Victoria. Que no se diga que la patria no puede sacrificarse… empezando por la memoria.
De todo el presupuesto, solo hay una partida que crece: la de Defensa. Tres mil quinientos millones más en 2026. Porque entre guerras, amenazas rusas y terrorismo de saldo, conviene estar armados. A falta de dinero, pólvora. A falta de ideas, cañones.
El resto, señores, apretarse el cinturón. Con fuerza. Hasta que duela. Porque este plan busca lo imposible: reducir el déficit del 5,4 % al 2,8 % en apenas cinco años. Y eso, con sindicatos franceses al acecho, con estudiantes calentando adoquines, y con un país que ya se ha echado a la calle por mucho menos, es como hacer puenting con hilo dental.
«Para repartir hay que generar riqueza, algo que hemos perdido de vista»
Y ahora, si me lo permiten, pasemos al espejo. A nosotros. A España.
España, a lo suyo: gastar sin freno
Aquí, mientras Francia sufre espasmos de cordura, nuestros gobernantes —esa banda de trileros sentimentales que prefieren una campaña electoral perpetua antes que una política fiscal responsable— siguen regalando paguitas, subvencionando chiringuitos ideológicos y multiplicando ministerios como quien cría conejos.
Tenemos una deuda pública que ya supera el 110 % del PIB y seguimos gastando como si lo fueran a pagar los marcianos. No hay semana sin anuncio de bono, de ayuda, de subsidio. Todo se compra, se promete, se debe. Pero nadie lo paga.
Y cuando uno pregunta de dónde saldrá el dinero, la respuesta es siempre la misma: de Europa. Como si Europa fuera el abuelo rico que nunca pregunta en qué te has gastado la pensión.
Pero la fiesta se acaba. Y no lo digo yo. Lo dice Francia, con su bisturí afilado. Si ellos, con su historia, su orgullo nacional, su legado revolucionario y su cultura del bienestar, han tenido que hincar la rodilla y recortar hasta el aliento… ¿qué nos espera a nosotros, que llevamos años haciendo equilibrios sobre el abismo mientras los políticos juegan al Monopoly con billetes del Estado?
Porque esto no va de ideología. Ni de derecha ni de izquierda. Va de sumar y restar. Va de responsabilidad. De futuro. De no hipotecar el mañana por un puñado de votos hoy.
Y lo peor es que, en este país, ni siquiera hay debate. Nadie se atreve a decir la verdad. No se plantea una reforma seria del gasto público. Nadie se atreve a reducir el tamaño del Estado, a recortar duplicidades, a cerrar organismos inútiles, a dejar de subvencionar el humo y la pamplina.
¿Y saben por qué? Porque decir la verdad cuesta votos. Recortar privilegios es impopular. Aquí el político que habla claro acaba en la cuneta del olvido, mientras el que promete el oro y el moro se pasea por platós de televisión como si fuera el mesías del pan gratis.
Así que sí, lo de Francia da miedo. Pero no por lo que pasa allí. Sino por lo que no pasa aquí.
Mientras ellos intentan evitar la quiebra con un plan brutal —equivocado o no, pero al menos un plan—, nosotros seguimos en manos de unos aprendices de brujo que creen que la deuda se disuelve con buenismo y que la economía se resuelve a golpe de Xuit.
Y algún día, cuando los mercados despierten y nos miren con la misma desconfianza con que ahora miran a Francia, vendrán las prisas. Las lágrimas. Y las reformas impuestas. Y las cartas del BCE con letra pequeña y amenazas entre líneas.
Pero entonces será tarde. Porque cuando uno vive anestesiado, el despertar siempre duele el doble.
Y lo más sangrante, lo que a uno le revuelve por dentro, es que —con todo el drama y la dureza que implica ese hachazo— en Francia, al menos, van a batirse el cobre por lo esencial. Sin distracciones infantiles, sin fuegos de artificio, sin trincheras ideológicas montadas sobre trinquetes de corrupción. Allí, guste o no, han decidido afrontar el problema con crudeza, pero sin degradar las instituciones, sin dinamitar el Estado ni vender el país por un puñado de escaños. Da una cierta envidia ver a un país enfrentarse a su ruina con seriedad, mientras aquí seguimos jugando al trilero con la caja vacía y la bandera hecha jirones.
Así que hagan caso al refrán. Remojen las barbas. Porque el vecino no se ha afeitado por gusto. Se las está cortando con hacha. Y cuando llegue nuestro turno, si es que no ha llegado ya, quizá ni barbas nos queden.
Francia ha empezado la cirugía. Nosotros aún estamos en la barra del bar, discutiendo sobre si la cerveza debe ser servida con o sin espuma. Y mientras tanto, la deuda —como el tiempo— no espera.
Ni perdona.

















