Hermes Lagrange

🍷 Desde chaval, en casa se leía. No grandes tratados, ni volúmenes encuadernados en piel de cabra. Se leía lo que se tenía a mano. Mi padre, por ejemplo, era devoto de Marcial Lafuente Estefanía, de Zane Grey, de todos esos pistoleros de papel que cabalgaban por las praderas del kiosco y se resolvían a tiros en cien páginas. Lo llamaba “literatura barata”, pero lo decía con el respeto que uno guarda a los vicios viejos y a las costumbres que consuelan. Con un cigarro entre los labios, solía decir que “aquello no era Cervantes, pero te hacía pasar la siesta sin mirar el reloj”. Me los dejaba por ahí, como quien deja migas para que otro pique. Pero a mí, el oeste me daba igual. A mí me tiraban más las estrellas, los satélites, la idea de que allá arriba pasaban cosas más interesantes que en un rancho con cactus.

Viendo que aquello del sombrero no me entraba, un día me puso en las manos un librito de ciencia ficción, también de bolsillo. “Prueba con esto, que igual también vuelan, pero más alto”, me soltó. Y tenía razón. Desde entonces, cada verano es una búsqueda de evasión, una huida puntual con billete de vuelta, una manera de no escuchar las noticias mientras los telediarios repiten en bucle la misma basura servida en bandeja de resignación. Leer, sobre todo ciencia ficción, es mi forma de apagar el mundo sin tener que romper la televisión. Y en esa búsqueda estival, como un buen tinto con mucho hielo, apareció este Expediente Hermes.

No lo escogí por casualidad. Sabía que venía de Sabino Cabeza, el mismo autor que ya se había marcado en Frontera Oscura un tiro bien dado. Pero esto, este nuevo libro, juega en otra liga. No lo digo yo: lo dice el jurado del Premio Minotauro 2025, que no se lo dan al primero que pasa con cuatro ideas y un corrector ortográfico. Lo que ha hecho Sabino aquí no es solo escribir otra novela: ha afinado la puntería. Porque aquí no hay naves de combate ni federaciones interestelares. Lo que hay es un crucero de lujo, con más diseño que el yate de un oligarca y más holograma que un congreso de influencers. Se llama SC Schettino —sí, como aquel otro que embarrancó y salió nadando— y viaja entre la Tierra, Marte y Júpiter con pasaje exclusivo, cámaras en cada rincón y lencería digital en cada cubierta. Un Titanic con wifi cuántico.

En ese entorno, alguien muere. No cualquiera: la Condesa Planck, una influencer de las que mueven millones, tan rica como artificial, tan seguida como detestada. Y como buen crimen moderno, el principal sospechoso no es un amante celoso ni una criada despechada, sino un lovebot, un androide de esos diseñados para amar sin condiciones ni reclamaciones. Su nombre: Hermes Lagrange. Su rostro: perfecto. Su coartada: la programación le impide matar. Claro. Como si eso valiera algo en un sistema donde el código lo escriben humanos con problemas de ego.

Y aquí entra ella: Durga Deckett. Jefa de seguridad. Dura como un reglamento militar, escéptica como un sargento de frontera, y con más mundo a cuestas del que quiere admitir. Lo que empieza como una investigación se le convierte en una grieta. Porque cuanto más interroga a Hermes, más duda de lo que sabe. Y de lo que siente. Porque si un robot puede mentir, puede recordar y puede amar… ¿qué demonios nos queda a los humanos? ¿El miedo? ¿La duda? ¿La conciencia?

La novela, escrita con bisturí, tiene el ritmo de un buen thriller: capítulos cortos, precisos, sin grasa narrativa ni palabrería. Cada diálogo sirve. Cada gesto cuenta. Cada avance es un disparo. Sabino Cabeza no pierde el tiempo con florituras. Su estilo es como la vieja navaja de afeitar de mi abuelo: rasura sin hablar. Y lo hace con una precisión quirúrgica que huele a formación militar, a protocolo, a horas y horas pensando en cómo reacciona un cerebro cuando todo se va al carajo.

A medida que uno avanza, el crucero se va convirtiendo en otra cosa. En un laboratorio emocional. En una cápsula de observación. Aquí no se trata sólo de resolver un crimen: se trata de poner en cuestión todo lo que uno cree sobre la identidad, el amor, la memoria. El propio título —Expediente Hermes— remite a algo que queda documentado, archivado, pero también incompleto. Como si todo esto fuera el capítulo uno de una historia más grande. Y quizá lo sea.

Hay un momento, casi de pasada, en que el autor deja caer una frase que a mí me encendió las alarmas de lector reincidente: una mención a la guerra entre Marte y el Cinturón por la explotación de tierras raras. Y ahí, claro, uno —como la cabra— tira al monte. Porque basta esa pincelada para entender que debajo de la intriga de camarote se esconde un universo entero en guerra, con conflictos minerales, intereses geopolíticos y todo el barro que la buena ciencia ficción debe tener. Esa frase, breve como un relámpago, te deja esperando otra novela. O una saga. O lo que el autor quiera. Pero que no lo deje ahí, por Dios.

Y sin embargo, lo que hace que Expediente Hermes no sea solo entretenimiento es ella: Durga. No es una heroína de cartón. No necesita salvar el mundo. Le basta con no perder el juicio. Y en esa lucha, mientras Hermes se va revelando como algo más que un androide con pestañas perfectas, Durga empieza a quebrarse. A dudar de sí misma. Y a enfrentarse al miedo más grande: no que la máquina mienta, sino que diga la verdad.

Sabino Cabeza ha hecho aquí algo difícil: ha cogido un género saturado —el de los androides con alma— y le ha devuelto el pulso. No hay lágrimas en la lluvia ni monólogos pretenciosos. Hay mirada fija. Hay preguntas incómodas. Y hay una prosa limpia, de psicólogo que ha visto más locos que poetas, y de militar que ha escuchado demasiadas excusas para no soportar más pamplinas.

Cuando uno cierra el libro, lo que queda no es el crimen resuelto ni el crucero detenido. Lo que queda es la duda. Y la certeza de que hemos dado otro paso más hacia un mundo donde las máquinas nos entienden mejor de lo que nos gustaría admitir. Y quizá nos quieran. O no. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que no necesitan pedir permiso.

Expediente Hermes es de esos libros que funcionan como los viejos tomos de “Para el hombre que tiene prisa” —estos también me los traía mi padre—. No necesitas quinientas páginas para pensar. Con 25.000 palabras buenas, como aquellas, basta para abrir una puerta en la cabeza. Aunque luego no quieras cruzarla. Aunque dé miedo lo que hay detrás.

Y por eso, aquí lo recomiendo como tinto de verano. No porque sea fácil, sino porque entra bien. Porque es fresco, pero con cuerpo. Porque entretiene, pero te zarandea. Como esos buenos vinos que no necesitan etiqueta francesa para quedarse en la memoria. Y porque a veces, en verano, conviene recordar que no todo lo que parece humano lo es. Ni todo lo que parece máquina está programado para callar.

Salud, Sabino. Y gracias por el viaje.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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