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El síndrome de Hubris: cuando el poder convierte a los políticos en dioses

Mientras el común de los mortales arrastra sus miserias entre facturas, listas de espera y discursos huecos, una casta política cada vez más desconectada de la realidad cree haber sido ungida por los dioses. No por méritos, sino por el simple hecho de ocupar un escaño, un sillón ministerial o el Falcon de turno. Lo llaman síndrome de Hubris. Yo lo llamo soberbia de manual. Y en España hay sobreabundancia de diagnósticos.

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Dicen que el poder corrompe, pero no es del todo cierto. El poder, lo que hace, es revelar. Pone un foco sobre el alma del que lo ejerce y amplifica lo que ya estaba ahí: la soberbia, la vanidad, la incapacidad para escuchar, el desprecio por el otro. En España, basta con que a uno lo nombren director general, concejal de fiestas o presidente del Gobierno para que empiece a comportarse como si la historia hubiera empezado con él. Y eso, que podría tomarse como un rasgo nacional de chulería bien distribuida, tiene nombre clínico: síndrome de Hubris.

Me permitirán que lo diga sin rodeos: España está infestada de políticos con síndrome de Hubris, desde la Moncloa hasta la última concejalía de urbanismo en Villaconejos de Montelazarza. Gente que empezó siendo humana, con virtudes y defectos, pero que, a fuerza de escoltas, aplaudidores y ruedas de prensa sin preguntas, ha terminado creyéndose infalible. No es una exageración. Es ciencia, o al menos, una hipótesis médica respaldada por el sentido común y por las hemerotecas.

¿Qué diablos es el síndrome de Hubris?

Para entender de qué hablo, conviene repasar el término. “Hubris” (o Hybris, en su forma griega original) es una palabra que designaba en la antigua Atenas a la arrogancia excesiva, al desprecio por los límites que los dioses imponían a los hombres. Era una falta moral grave, que solía pagarse cara, porque la “Némesis” —la justicia divina— no perdonaba a los que se creían por encima del resto. En tragedias como las de Esquilo o Sófocles, el héroe caía por creerse inmortal. No muy distinto a lo que pasa en el Congreso de los Diputados, pero sin toga ni clámide.

En 2009, el británico Lord David Owen, que fue neurólogo además de político, propuso considerar el síndrome de Hubris como una alteración adquirida de la personalidad. Es decir: no se nace con él, se desarrolla. Como una infección, pero a base de elecciones ganadas —o bajo acuerdo de perdedores—, comparecencias triunfales y genuflexiones de asesores.

Según Owen, los síntomas son claros: desmesura, desprecio por el consejo ajeno, convicción de que sus decisiones son incuestionables, identificación del propio interés con el interés de la nación, y una obsesión por la gloria personal. Añádanle impunidad, redes clientelares y medios públicos que hacen de alfombra, y tendrán el retrato robot de más de un presidente.

¿Por qué España es caldo de cultivo para el Hubris?

Porque aquí, el poder no se entiende como un servicio, sino como un privilegio. Desde tiempos de Felipe II —que hablaba con Dios pero no con su pueblo— hasta Pedro Sánchez, pasando por dictadores, caudillos, presidentes tecnócratas o iluminados de izquierda, el político español medio se sube al coche oficial y ya no baja hasta que lo echan. O lo enchufan.

Además, en este país tenemos una curiosa tolerancia hacia el exceso. Nos molesta más el que mete la pata en público que el que la mete en la caja. Y al que se atreve a señalar la soberbia de los poderosos lo tachan de terraplanista, resentido, o de “fascista”. Así que el político con Hubris no sólo no es corregido: es aplaudido por su parroquia, mientras los demás callan o miran hacia otro lado.

El poder, cuando no tiene contrapesos, se pudre. Aquí hemos sustituido la crítica por el aplauso y el debate por el marketing. No hay más que ver un pleno del Congreso para confirmar que el síndrome de Hubris ha arraigado como la mala hierba. Cada intervención no es un argumento, sino un acto de reafirmación personal. Un espejo en el que se miran mientras se repiten lo mucho que valen.

Pedro Sánchez: caso clínico

Y ya que hablamos de espejos, permítanme empezar por el más evidente. Pedro Sánchez es el ejemplo perfecto de síndrome de Hubris en estado avanzado. El hombre que en 2016 dimitía porque su partido lo había tumbado, es hoy el mismo que da ruedas de prensa sin periodistas, que dice que se toma cinco días para “reflexionar” sobre si se va, mientras deja al país en vilo como si fuese el Mesías.

Desde que llegó a la Moncloa, Sánchez ha ido perdiendo el contacto con la realidad. Se rodea de fieles que le ríen las gracias, se escuda en un relato épico según el cual ha “resistido” a todos, y ha convertido cada crítica en un ataque a la democracia. ¿Les suena eso de “nosotros somos el muro frente a la ultraderecha”? Traducido: si no estás conmigo, estás contra la libertad. Manual de Hubris, página uno.

Pero hay más. El uso del Falcon como si fuera un Uber de lujo. Las ruedas de prensa sin preguntas. El control de RTVE, del CIS o el BOE. La colonización del Tribunal Constitucional, la fiscalía y hasta el Consejo General del Poder Judicial. Todo aderezado con esa sonrisa de anuncio de crema solar que no se altera ni con muertos en una riada. Pedro Sánchez no gobierna: se interpreta a sí mismo.

Los barones del ego: Puigdemont, Ayuso y compañía

El síndrome de Hubris no entiende de ideologías. Es un virus transversal. Carles Puigdemont, por ejemplo, lleva años jugando a presidente en el exilio, rodeado de aduladores que le siguen tratando como si no fuera un prófugo. Cree que su causa justifica cualquier cosa, incluso vender la estabilidad de España por un indulto condecorado. ¿Responsabilidad? Ninguna. Porque en su cabeza, él es el legítimo salvador de Cataluña. Aunque no haya salvado ni a su sombra.

En el otro extremo ideológico, Isabel Díaz Ayuso tampoco se queda atrás. En sus mejores días, parece una Juana de Arco. En los peores, una alumna díscola que cree que llevarle la contraria al mesías presidente es una muestra de valentía. Tiene buena prensa, eso sí. Pero cuidado: cuando uno empieza a creerse las portadas, está a un paso de creerse también las encuestas. Y ahí empieza la caída.

Ayuso ha sabido conectar con la calle, cierto. Pero su estilo bronco, su menosprecio por las formas y su tendencia al monólogo son síntomas claros de un ego en expansión. ¿Ha hecho cosas bien? Sin duda. ¿Corre el riesgo de convertirse en rehén de su propio personaje? Más aún.

Hubris municipal: de alcaldes a concejales

El síndrome de Hubris no es exclusivo de los grandes líderes. En el ámbito municipal se reproduce como los conejos. Basta con que un concejal de urbanismo apruebe tres licencias de obra para que empiece a hablar de sí mismo como si fuera Haussmann rediseñando París. Los alcaldes de pueblo que se rodean de palmeros y persiguen al que disiente son legión.

El problema es que el poder mal digerido engendra autoritarismo. Y donde antes había un vecino normal, ahora hay un pequeño tirano con despacho, teléfono móvil corporativo y la agenda ocupada por actos que él mismo organiza para aplaudirse.

Y si alguien osa criticarlo, le caen encima las redes sociales del ayuntamiento, el medio local subvencionado y el boletín municipal que parece escrito por su madre. La España de las taifas tiene su propio Hubris de campanario.

Ejemplos internacionales: Putin, Trump y otros

El síndrome de Hubris no entiende de fronteras ni pasaportes diplomáticos. A lo largo del mundo encontramos líderes que se han creído investidos por una suerte de destino histórico que sólo ellos pueden cumplir. Vladímir Putin, por ejemplo, gobierna Rusia con el aura de un zar reencarnado, convencido de que la historia le debe la restauración del imperio. Su poder absoluto, su desprecio por la disidencia y su guerra en Ucrania no son sólo actos políticos: son síntomas de un ego que ha superado cualquier límite racional.

Donald Trump, en Estados Unidos, es otro ejemplo de libro. Un magnate que llegó a la Casa Blanca creyendo que la nación era una extensión de su torre en Manhattan. La negativa a aceptar su derrota electoral, los intentos de deslegitimar el sistema judicial, y sus amenazas arancelarias en plan matón de barrio lo colocan entre los casos más sonoros del síndrome de Hubris contemporáneo.

Lo mismo podríamos decir de Recep Tayyip Erdogan en Turquía, de Nicolás Maduro en Venezuela o del difunto Muamar el Gadafi, que no sólo se creía indispensable, sino eterno. El mundo está lleno de ejemplos donde el poder, en lugar de servir, ha transformado a los hombres en caricaturas grotescas de sí mismos.

¿Se cura el síndrome de Hubris?

Difícilmente. No hay pastilla que lo arregle. Pero la derrota electoral suele ser mano de santo. Nada devuelve a la realidad como el vacío de poder. Cuando uno pasa de estar rodeado de asesores a tener que pagar el café de su bolsillo, el ego se desinfla como balón de playa.

En la imagen: el político patrio encadenado a su propio ego en el preciso instante de estrellarse contra la realidad. Una alegoría contemporánea de Prometeo, donde el castigo ya no viene de los dioses del Olimpo, sino de la opinión pública, del fracaso electoral o del vacío existencial que deja el poder cuando se apaga el foco. La caída de los dioses no necesita rayos ni truenos: basta una urna y una mirada lúcida.

También ayudaría que los ciudadanos fuéramos más exigentes. Que dejáramos de votar a los que insultan nuestra inteligencia y premiáramos a los que callan y hacen. Pero eso requiere educación, memoria y coraje. Tres cosas escasas en una sociedad que se entretiene más con los tuits que con los Presupuestos Generales del Estado —de haberlos—.

Mientras tanto, seguiremos viendo a nuestros dirigentes desfilar por platós y mítines como semidioses mal iluminados, recitando eslóganes como oráculos griegos venidos a menos. Y nosotros, los paganos de a pie, seguiremos esperando a que la Némesis —en forma de elecciones, tribunales o simple hartazgo— ponga a cada uno en su sitio.

Conclusión: el ego como enfermedad de Estado

El síndrome de Hubris no es un capricho literario ni una pose de columnista amargado. Es una patología del poder que se ha instalado cómodamente en la política española. Lo vemos en la falta de autocrítica, en la manipulación de la información, en la arrogancia con la que se enfrentan a la prensa, a la oposición o incluso a los ciudadanos que no comulgan con su credo.

A diferencia de las tragedias griegas, donde la caída del héroe arrastraba lecciones morales para toda la comunidad, en la política contemporánea el drama no purga: se repite. La misma soberbia que lleva al ascenso precipita la caída, pero ni los protagonistas aprenden ni los votantes castigan. El ciclo continúa porque el espectáculo sigue. Y mientras el circo electoral no se apague, el síndrome de Hubris tendrá garantizado su público.

España no necesita más líderes convencidos de su propia grandeza. Necesita servidores públicos con los pies en el suelo, que recuerden que el cargo es prestado, que el Falcon no es suyo, que el aplauso es efímero y que, al final, la historia juzga sin necesidad de palmeros. Hacen falta más servidores y menos salvadores.

Pero claro, para eso habría que vacunarse contra el ego. Y me temo que, para muchos, ya es tarde.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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