No falla. Llega julio, se mete uno en el coche sin aire acondicionado y, mientras la camiseta se le pega al riñón como papel de fumar, enciende la radio para escuchar la previsión del tiempo y se topa con la gran revelación del verano: una nave extraterrestre, enorme como una hipoteca a 50 años, viene hacia la Tierra con malas intenciones. Lo dicen los periódicos, lo sugiere un estudio sin revisar, y lo repite con los ojos como platos el cuñado de turno en la barbacoa del domingo. Y claro, uno ya no sabe si eso que huele es el costillar quemándose —ya te vale, Juanantonio, que llevas tres veranos seguidos jodiendo la barbacoa— o la inminente llegada del Apocalipsis interestelar.

Verán, yo tengo una teoría. No es científica, ni académica, ni falta que le hace. Es más bien una teoría de un tipo viejuno, de pueblo, con su punto rural, curtido en mil veranos y varios absurdos planetarios: cuando las temperaturas suben, la inteligencia baja. Y cuanto más alto marca el mercurio, más baja la línea editorial de ciertos medios. Será por eso que en estas fechas brotan como hongos las noticias que harían sonrojar a un redactor de El Caso en sus años mozos.

El año pasado fue la piña del Mercadona. Sí, no se rían (o háganlo, que falta nos hace). Resulta que si usted colocaba una piña bocabajo en el carrito del súper, eso era una señal secreta para decir que estaba abierto al intercambio de fluidos y experiencias carnales diversas. Que si “swinger”, que si “liberal”, que si “viva la fruta tropical”. Hubo incluso quien fue al Mercadona con gafas de sol, discreción castrense y cierta esperanza lúbrica, como quien va a la selva a buscar el amor. Pero no. Solo encontró ofertas en yogures y una señora que le empujó el carro con mal genio.

Los muchachos del 3I/ATLAS posando para su perfil de LinkedIn galáctico.

Este año, la cosa ha subido de nivel. La moda estival de 2025 es el miedo a los alienígenas cabreados. Al parecer, un objeto interestelar, de nombre más propio de matrícula de coche que de amenaza cósmica —3I/ATLAS, para más señas— se dirige hacia el sistema solar. Y hay quienes han dicho que no es un cometa, ni un pedrusco vagabundo, sino una nave alienígena, con intenciones más feas que un mal divorcio.

Lo dicen algunos científicos, sí, pero no todos. Y lo publican en arXiv, ese sitio donde puedes colgar una hipótesis sin que nadie te diga si es ciencia o cháchara de bar. Avi Loeb, por ejemplo, astrofísico de Harvard y hombre al que hay que reconocerle el mérito de haber puesto cara seria al hablar de Oumuamua, aquel otro viajero interestelar con forma de supositorio y nombre de hechizo hawaiano, es uno de los autores del estudio. Según él, la trayectoria de ATLAS es tan precisa, tan oportuna, y tan coquetamente alineada con la eclíptica terrestre, que da para pensar. Pero pensar, cuidado, no es lo mismo que concluir. Y mucho menos acertar.

Aquí es cuando uno, con el vaso de tinto de verano ya sudando en la mano, levanta una ceja y se pregunta si todo esto no será una bravuconada intelectual de sobremesa, una manera de darle emoción a un verano donde lo más alienígena que hemos visto ha sido la nueva programación de la televisión pública. Bueno, alienígena y marciana del todo es también que nuestro presidente del Gobierno suelte —con cara sonriente y de buen rollo— que las calles están más seguras que en cualquier país de nuestro entorno, o de algún planeta cercano, ya que estamos. O que la Unión Europea nos venda el último acuerdo comercial con Trump como si fuera un pacto galáctico la mar de beneficioso para los europeos, mientras nos desmontan la industria y nos venden petróleo al triple de precio.

Ya lo decían los cómics pulp de los 50: los marcianos vendrían en platillo, con antenas y cara de no entender nuestros chistes. Lo que nadie nos dijo es que llegarían justo en plena ola de calor y con ganas de colonizar Mercadona.

Los datos fríos —que en estos tiempos son lo único que no quema— dicen que el objeto mide entre 10 y 20 kilómetros. Que viaja a unos 209.000 kilómetros por hora. Que se acerca, sí, pero que pasará a millones de kilómetros de la Tierra. Vamos, que más peligro tiene la lavadora cuando centrifuga con una moneda dentro. Y sin embargo, ahí están algunos titulares: “Objeto extraterrestre podría tener intenciones hostiles”, “Amenaza alienígena ‘posiblemente hostil’ en un objeto interestelar desconocido”, “Harvard alerta que una posible nave alienígena hostil llegará a la Tierra este año”. Y uno piensa: ¿de verdad se creen esto o simplemente no les quedaba otra cosa que publicar entre la ola de calor y los precios del melón?

Lo divertido —porque siempre hay algo divertido en todo esto, si uno se lo permite— es que la noticia se ha esparcido con la velocidad de un bulo bien condimentado. Y no falta quien ya especula con planes de invasión, choques culturales interplanetarios, o encuentros del tercer tipo pero sin final feliz. En Twitter —perdón, en X, que ahora todo se llama con una letra como si fuera una operación militar— ya circulan memes donde E.T. aparece con una escopeta recortada y los alienígenas de Independence Day piden ser entrevistados por Ana Rosa.

Lo peor es que, aunque nos reímos, hay quien se lo cree de verdad. Y no hablo solo del vecino conspiranoico que se pone papel de aluminio en la cabeza, sino de personas con estudios, hipoteca y hasta responsabilidades. Gente que no distingue una órbita elíptica de un ovni —ahora UAP, para los finolis—, pero que comparte enlaces dudosos con la seguridad de quien acaba de descubrir el secreto del universo mientras hacía scroll en el móvil tumbado en la piscina.

Ahora bien, no quiero parecer cínico (aunque lo soy). Puede que algún día llegue alguien de fuera, y no precisamente para tomarse una caña y preguntar por el camino a Meco. Puede incluso que esa visita no sea amistosa. Lo dudo, pero lo acepto. La ciencia ficción sabe mucho de esto. Lean El enigma de los tres cuerpos, por poner un ejemplo.

Pero lo que me resulta simpático —y profundamente humano, en el peor sentido del término— es que nos asuste más un cometa lejano que la estupidez que tenemos aquí cerca. Nos inquieta más una supuesta nave alienígena que el precio de la gasolina, el estado de la sanidad, la inflación o el nivel del Congreso. Nos preocupa un posible ataque intergaláctico mientras ignoramos que el Apocalipsis, en su versión cutre, ya está aquí: tiene forma de telediario, sonido de tertulia política y olor a plástico quemado en la playa.

Yo, por si acaso, no pienso cavar ningún refugio. A estas alturas de la vida, si vienen los extraterrestres, que me pillen en la terraza, con un libro en una mano y una copa fría en la otra. Y si resulta que vienen de verdad, y son hostiles, y todo esto no era una tontería de verano, pues que sea lo que tenga que ser. Yo ya sobreviví a Franco, a políticos de chichinabo —bueno, alguno me queda por sortear—, a los años 80, a la mili, a varias crisis económicas y a Sálvame Deluxe. No me van a asustar ahora unos marcianitos con mala leche.

Eso sí, si en los próximos días ven usted una piña boca abajo en el jardín y una linterna apuntando al cielo, no se asusten. No es señal de nada raro. Es solo que estoy esperando la llegada de los visitantes con el protocolo habitual: bienvenida cordial, charla tranquila, y si se tercia, un tinto de verano. Que aquí somos hospitalarios.

Y si acaso resulta que vienen buscando pelea, ya les diré lo que decimos por aquí cuando la cosa se pone fea: “Tira, que no hay pan pa’ tanto chorizo… ni planeta pa’ tanto imbécil.”

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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