
No se engañen. Buena gente no es un cuento amable, ni una de esas historietas buenrollistas que se escriben para quedar bien con todo el mundo y no molestar a nadie. No. Esto es otra cosa. Una trampa. Una obra con sonrisa de pueblo y alma de verdugo. Y por eso me ha gustado.
Lo firma Isaac Sánchez, del que ya sabía cosas por Baños Pleamar, una historia con salitre en las venas y memoria de cicatriz. Pero lo de ahora es distinto. Más oscuro. Más venenoso. Más divertido, si uno disfruta con los retratos de la miseria moral cotidiana. Y yo, qué quieren que les diga, disfruto. Por cierto, me van a permitir que le siga llamando cómic, aunque ahora los modernos —con gafas gordas y cuello vuelto en julio— prefieran decir “novela gráfica”, como si llamarlo tebeo fuera de mala educación. Pues eso: un cómic. Con dibujos. Y con narices, también.
La cosa va así: un cacique de pueblo —de esos que antes se llamaban «señor don Fulano» y al que hasta el cura le besaba el anillo— estira la pata sin dejar herederos. Pero como el muy canalla tenía sentido del humor (o una mala hostia legendaria, que viene a ser lo mismo), se saca de la manga un testamento con truco: su fortuna irá a parar al vecino que, en 90 días, demuestre ser la mejor persona del pueblo. Ahí es nada.
Imagínenselo. Un pueblo pequeño, españolísimo hasta el tuétano, con su bar, su misa, su alcalde, y sus viejas cotillas que llevan toda la vida metiendo la nariz donde no las llaman. Y de pronto, todos compitiendo por ser santos. Todos queriendo ganar el cielo.
Todo suena —y huele— a película de Berlanga: esa España de pandereta donde José Luis López Vázquez frunce el ceño con sospecha, Manuel Alexandre asiente en segundo plano sin abrir la boca, y algún galán con sonrisa de bar de carretera —pongamos que Arturo Fernández— se encama con la sobrina del boticario mientras en misa suenan los acordes del órgano. Una tragicomedia coral, absurda, deslenguada y muy nuestra.

Lo que viene después es una delicia para los que apreciamos la sordidez ajena como forma de arte. Hipocresía, envidias, sobreactuación moral, falsas lágrimas, favores envenenados. Una orgía de apariencias, como si el infierno se hubiera vestido con traje de comunión. Y todo ello servido con la precisión de quien conoce el paño. Porque Sánchez sabe de lo que habla. Conoce la fauna. Y la dibuja con trazo firme y mala leche contenida. Joder, me encanta.
Lo mejor de la historia no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Porque Buena gente no se limita a enseñar la máscara. La arranca. Y debajo, lo que hay no siempre es monstruoso. A veces, simplemente patético. Gente buena de boquilla, solidarios por interés, vecinos ejemplares cuando hay testigos. Todos esos que tú y yo hemos visto, que tú y yo hemos sido, aunque no nos guste admitirlo.
Situar la historia en el tardofranquismo es un acierto. No por nostalgia, sino por precisión histórica. Ese momento viscoso en el que el régimen olía a cadáver pero aún daba dentelladas. Ese tiempo de pueblo donde se barría la calle el día de la visita del obispo, pero se callaban los abusos del poderoso. Una España que muchos prefieren olvidar porque, en el fondo, sigue viva. Más educada, con WiFi y MasterChef, pero viva.
El dibujo acompaña como una mirada de reojo en un pueblo chico: sutil, pero letal. Tramas sobrias, colores opacos, ambientes cerrados. La luz entra justo cuando debe. Y cuando no, reina la penumbra. Hay una escena, con unas viejunas sentadas en la calle, a la fresca, tejiendo como quien no quiere la cosa —pero en realidad tejiendo trajes al que pasa, a base de lengua y mala idea—, y el hilo recorriendo las viñetas como si cosiera la historia. Es una puñetera maravilla visual. Como un poema bordado con mala leche.
¿Y el final? Bueno. Eso te lo dejo a ti, lector. No porque no importe —al contrario—, sino porque en esta historia lo sabroso no es la meta, sino el camino. Ver cómo esos personajes se retuercen, cómo se traicionan, cómo se esfuerzan por parecer ángeles cuando llevan cuernos debajo de la boina. Y lo mejor de todo —que no es poco— es que Sánchez no cae en la tentación de juzgarlos. Aunque lo que ocurre en Benquerencia del Río —que así se llama el lugar— a veces roce lo terrífico, aunque algunos personajes hagan cosas que pondrían los pelos de punta al mismísimo Torquemada, el autor no señala, no reparte indulgencias ni condenas. Sabe que bastante tienen ya con lo que son. Porque lo que quiere, en el fondo, es otra cosa: que el lector, al cerrar el cómic, se mire al espejo y se pregunte de qué lado estaría si la herencia fuera real y el pueblo el suyo. Y esa pregunta, joder, vale más que mil finales sorpresa.
Hay momentos que son puñetazos. Uno, especialmente cruel: un personaje muere. Todos se lamentan, lloran, se abrazan. Y luego nadie recuerda su nombre. Ni uno. Como en los entierros de compromiso o en las condenas institucionales: mucha palabrería, poca memoria. Brutal. Pero lo que más me interesa es la pregunta que sobrevuela todo el cómic: ¿qué es realmente portarse bien? ¿Y para qué sirve? ¿Para dormir tranquilo? ¿Para ganar una herencia? ¿Para salir en la foto de familia del boletín parroquial? Esa duda, que parecía patrimonio de los filósofos griegos, aquí se presenta entre cañas y braseros. Y duele más.
Dicen que el cómic nació tras ver cómo a Vinicius Jr. le daban el Premio Sócrates, ese que premia las buenas acciones, la ética, la moral, la bondad… Palabras bonitas para tiempos de redes sociales. Y el autor se preguntó qué pasaría si todos compitiéramos por parecer buenos. Pues eso: Buena gente.
Al final del volumen, además, hay portadas alternativas de otros autores. Un gesto generoso, coral, que le da al libro ese aire de obra compartida. Como si el autor dijera: este pueblo también es el tuyo. Este infierno amable también lo conoces tú. Quizá vives en él. Quizá te llamas igual que uno de los personajes. Y sí, también esas portadas alternativas las llaman “variant covers”, que queda más fino. Como lo de “novela gráfica”, ya saben. A los de mi generación nos daban un sopapo si usábamos palabros en inglés teniendo uno en castellano. Pero en fin. Así va el mundo.
En realidad, Buena gente es eso: una viñeta berlanguiana con los colores bajados de saturación y la mala leche subida de tono. Un pueblo que parece salido de El verdugo o La escopeta nacional, pero pasado por el filtro de alguien que ha leído a los clásicos… y se ha emborrachado con ellos.
En resumen, Buena gente es un cómic con dientes. De esos que muerden cuando menos te lo esperas. Una historia aparentemente ligera, como un tinto de verano al sol de agosto, pero que deja regusto amargo si se bebe hasta el fondo. Porque habla de ti. Y de mí. Y de todos los que alguna vez fingimos ser mejores de lo que somos. Para quedar bien. Para ganar. O para no quedarnos solos.
Así que ya lo saben. Si este agosto quieren una lectura que no insulte su inteligencia ni les venda humo buenista, apunten este título. Y si después de leerlo siguen creyendo que son buena gente, les felicito. O les compadezco.
Según se mire.



















Gracias por.el.consejo compi. La verdad que me gustaría leerlo y si es cómic o tebeo más me engancha. Por cierto a tu pregunta de qué es buena gente pues, depende de cada uno, de los juicios, etiquetas, procedimientos e interpretaciones dirá que una actitud es buena o mala pero ahí hay que mirar más profundo porque ¿existe el bien y el mal? Si. Si hay normas, si hay sociedad y si hay un gobierno que te lo indica pero lo mismo en otro lugar a lo mejor, no se juzga igual.
Gracias, compi. Me alegra saber que te animas con el cómic —o tebeo, como prefieras— porque Buena gente tiene de todo: risas, veneno, y alguna que otra bofetada ética de las que te hacen mirar para adentro.
Y sobre lo que comentas… pues sí, el bien y el mal dependen del mapa, del juez y hasta del clima político. Aquí lo fascinante es que Isaac Sánchez no da lecciones: te pone el espejo delante y que cada uno vea lo que quiera… o lo que pueda. Porque a veces ser “buena gente” no es más que eso: una etiqueta útil para que no nos tiren piedras en la plaza del pueblo.