Amanece un día más en este agosto que huele a alquitrán derretido y a persianas bajadas, y cuando uno pensaba que ya estaba todo visto —desde incendios bíblicos hasta alertas alienígenas—, va y salta la noticia: la Academia Española de Tauromaquia propone levantar un toro de 300 metros de altura, en honor al animal que, nos guste o no, lleva siglos embistiendo en el imaginario de lo español.
Y lo digo con respeto. Porque uno podrá ser más o menos taurino, podrá discutir los matices de la fiesta y los derroteros que ha tomado la tradición, pero negar que el toro forma parte de la cultura, la historia y la estética de este país es como negar el sol en agosto. El toro ha sido pintura, escultura, literatura y hasta silueta negra recortada en el horizonte, vigilando autovías como un vigía ancestral.
Ahora bien, de ahí a levantar un monumento de 300 metros —más alto que la Torre Eiffel, más desafiante que la Estatua de la Libertad—, hay un trecho que uno no puede menos que recorrer con una ceja arqueada y la copa de vino en la mano. La idea es ambiciosa, hay que decirlo. El proyecto, llamado El Toro de España, no es un arrebato folclórico ni un brindis al sol, sino una iniciativa privada, seria, estructurada, que busca una ubicación donde alzar esta mole que aspira a convertirse en nuevo icono turístico internacional.
La intención es clara: mostrar al mundo, sin complejos, uno de nuestros símbolos más reconocibles. En lugar de copiar modelos ajenos —una noria, pongamos por ejemplo—, levantar un coloso propio, castizo, poderoso, que diga “aquí estamos” con voz de trueno y pitón enhiesto. En un tiempo en que andamos siempre justificándonos, temerosos de ofender o de parecer antiguos, la propuesta es, como mínimo, valiente… o bizarra, según se mire.
Y qué quieren que les diga. A mí, que crecí viendo al toro de Osborne en la carretera como un faro nacional, la idea no me provoca rechazo inmediato. Me provoca, eso sí, cierto estupor por las dimensiones: 300 metros, que se dice pronto. Con miradores en los cuernos, espacios comerciales en la base y una silueta visible desde kilómetros a la redonda. Una especie de tauródromo vertical, mezcla de escultura monumental y complejo turístico.
Negar que el toro forma parte de la cultura, la historia y la estética de este país es como negar el sol en agosto
El proyecto, como decía, está en fase de estudio. Madrid ha declinado la oferta —quizá por falta de espacio, quizá por exceso de escrúpulos— y ahora hay varios municipios de Castilla y León que han levantado la mano: Ciudad Rodrigo, Toro, Benavente, Ledesma, Sahagún, Burgos… todos con una tradición taurina a sus espaldas y con el terreno suficiente para acoger al coloso. Y en medio de este fervor patrio, hay que reconocer que la cosa tiene su lógica: levantar un referente turístico que no sea una copia del Guggenheim o un resort con palmeras de plástico, sino algo propio, reconocible, con carácter.
Veo, eso sí, que no se postula mi localidad, Meco, que bien podría acoger al morlaco monumental entre la zona de Belvalle y la R-2, donde hay terreno de sobra y buena vista a la campiña. No me cabe duda de que más de un paisano aplaudiría la idea, y concretamente los de la Peña Taurina Villa de Meco, que estos días ya andan preparando las fiestas patronales de septiembre con su aportación más esperada: Gravillito, su toro para este 2025. Un ejemplar de la ganadería de Juan Barriopedro, que pasta en Jadraque (Guadalajara), con el número 12 y guarismo del 2, que ya impone con sólo mirarlo y promete dar juego.
Claro que, igual que algunos lo celebrarían con vítores y un tinto de verano en la mano, no faltaría quien afeara la cosa con gesto grave y ceño torcido. Porque en España somos así: capaces de discutir por un toro, un himno o una tapa de ensaladilla. Y bendita sea esa discrepancia, que al menos demuestra que aquí, a pesar del calor y de los telediarios, todavía hay sangre en las venas y criterio propio en la cabeza.
El toro, al fin y al cabo, no es sólo animal ni sólo símbolo: es una metáfora viva. Representa la fuerza, la bravura, el carácter indómito que a veces —cuando nos da por ahí— también nos define como país. Es cierto que no todos comparten esa visión, y es comprensible. Los hay que ven en este monumento una exaltación innecesaria, una provocación incluso. Y también tienen parte de razón. Vivimos en tiempos de trincheras ideológicas donde cualquier propuesta, por bienintencionada que sea, acaba convertida en arma arrojadiza.
Pero si uno se quita las gafas del prejuicio y se pone las del urbanista —o del poeta, incluso—, el monumento empieza a tomar otra forma. Imagínense subir en ascensor por el lomo del toro, llegar a los cuernos y asomarse desde un mirador que domine toda la llanura castellana. Imaginen el efecto de ver esa figura al atardecer, recortada contra un cielo anaranjado, como una catedral pagana dedicada no a un dios, sino a una idea. No me digan que no tiene su aquel.
Hay algo profundamente español en este tipo de proyectos imposibles, quijotescos
Y luego está el asunto económico, que no es menor. La Academia insiste en que no habrá dinero público de por medio, y que todo lo financiarán inversores privados. El municipio sólo tiene que ceder el terreno, que no es poco. Se calcula que se necesitarán al menos 650 metros de largo para plantar al animal. Un señor solar, vamos. Pero también una inversión que puede revitalizar una comarca entera, atraer visitantes, generar empleo, dar vida a negocios locales. ¿Es eso malo? No necesariamente.
Los políticos, como siempre, se reparten en bandos. Desde Vox, lo ven como un símbolo nacional de primer orden, y desde el PSOE, algunos lo califican de “disparatado”, mientras los animalistas alzan la voz alertando de una posible glorificación del maltrato. Hay opiniones para todos los gustos, como en todo lo que toca a la tauromaquia. Pero no conviene olvidar que la Fiesta está reconocida como patrimonio cultural desde 2013, y que sigue teniendo millones de seguidores dentro y fuera de nuestras fronteras.
Quizá el secreto esté en encontrar un equilibrio. Que el toro gigante no sea una provocación, sino una invitación al diálogo. Que no se levante contra nadie, sino a favor de algo. Que no sea sólo cemento y hierro, sino también pedagogía y cultura. Que en sus entrañas quepan exposiciones, archivos, debates. Que se respete a quien lo rechace, pero también se dignifique a quienes lo veneran.
Al fin y al cabo, hay algo profundamente español en este tipo de proyectos imposibles, quijotescos. Levantar un toro de 300 metros no es sólo una cuestión de arquitectura: es un acto de fe, de afirmación, de identidad. Nos puede parecer exagerado, excesivo, incluso cómico… pero también puede convertirse en un nuevo faro, un hito, una declaración de principios. Que estamos aquí, que no renegamos de lo que somos, y que podemos plantarnos ante el mundo con la frente erguida, el morro altivo y la dignidad por montera.
Y si no sale adelante, tampoco pasa nada. Nos quedará el debate, la discusión encendida bajo la sombrilla, el chiste de bar y la portada del Jueves. Pero si sale… pues quizá dentro de unos años veamos autobuses de turistas japoneses y estadounidenses desembarcando en mitad de Castilla para fotografiarse bajo el vientre del toro, mientras compran imanes, abanicos, y prueban embutido. Y entonces surgirán esos restaurantes que sabrán estar a la altura del morlaco, con carta seria y sin concesiones: rabo de toro guisado como Dios manda, regado con un tinto con cuerpo —no ese vino peleón que se les da a los guiris junto a la paella veraniega—, y que aprendan lo que es sentarse a la mesa de verdad. Cocido madrileño con su pringá, tortilla con callos, judiones de La Granja, migas con torreznos, bacalao al pil-pil, fabes con almejas, gachas manchegas, zarajos, ajoarriero, alubias de El Barco con chorizo… platos de los que se pegan al alma, no al cartón del menú turístico. Y entonces alguien dirá, con la boca llena y una servilleta al cuello: “¿Ves? Al final, no era tan mala idea”.
Yo, por mi parte, seguiré leyendo el periódico bajo la sombra —no de un toro gigante, sino de un granado—, esperando la próxima ocurrencia del verano. Que esto, amigos, apenas empieza. Agosto es largo, la imaginación nacional inagotable, y cuando el calor aprieta y el aire huele a serrín y aceituna, España se convierte en el país más surrealista —y entrañable— del mundo. Y eso, créanme, también es parte de nuestra grandeza.


















